Opinión

Herty, Mundo, Carlos


Herty Lewites ha trascendido a las páginas de la historia como uno de esos hombres excepcionales que predicó con el ejemplo hasta el final de su vida. Sin lugar a dudas, tuvo la sensibilidad, la agudeza y la visión que le permitieron encender la llama moribunda de la esperanza en quienes quieren volver a creer en un futuro mejor para todos los nicaragüenses, sin exclusiones por egoísmos e intrigas políticas, ideológicas, religiosas, culturales o de otra índole. Como refiere Edwin Sánchez en su última entrevista a Herty, el soñador ha muerto, sus sueños viven.
¿Cuál es aquel proyecto que no comienza con un sueño? No se puede crear sin antes soñar. El que no sueña, no vive, vegeta. Se convierte en fósil. Sin embargo, no basta con soñar. Hay que poner los pies en la tierra para que los castillos no queden en el aire. Herty era de ese tipo especial de gente soñadora con los pies bien puestos sobre la tierra. Sus obras son la mejor carta de presentación de este gran soñador e inspirador de esperanzas.
Herty es también de los que supieron hacer camino al andar. Su reconocido carisma personal ejerció el magnetismo suficiente para ganarse el respeto de sus adversarios, pero sobre todo para recuperar algo que ya se creía perdido en la sociedad nicaragüense, a la sombra de un retorcido sistema político en el cual ya no se sabía a ciencia cierta quién era el malo y quién el más malo de la película (un prolongado período dominado por los villanos y sus villanías).
Cuando al fin comenzaba la alborada con el sol que por múltiples razones tanto admiró e inspiró a Herty, cuando la noche oscura comenzaba a rasgarse una vez más, quiso el destino cortar el hilo de su vida en un momento crucial. Pero quiso también el destino que su ejemplo personal cautivara el corazón y la conciencia de un vasto y creciente sector de la sociedad que hoy se ha desbordado, más que para decir el último adiós a un líder querido, para reafirmar su compromiso con ese camino del sol que tanto prodigó.
Corresponde ahora a otros dos históricos luchadores por la democracia y la equidad social dar continuidad a los sueños más preciados de Herty, los sueños de progreso, prosperidad y bienestar para todos los nicaragüenses. Son esas dos relevantes y prístinas figuras de la vida nacional: Edmundo (Mundo) Jarquín y Carlos Mejía Godoy.
Mundo pasó entre sus primeras pruebas de fuego al lado del “Mártir de las Libertades Públicas”, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en las filas de UDEL, en lucha por la democracia contra la férrea dictadura de la familia Somoza. Es alguien que, además de su trayectoria política, cuenta con un amplio currículum en otro no menos duro escenario de lucha, como es la de lidiar en el complejo mundo de la economía internacional en el mundo globalizado de hoy en día.
Carlos Mejía es el querido cantautor del movimiento político que en los años 70 y 80 agitó genialmente el corazón y la conciencia de los jóvenes que hicieron realidad el sueño de cambiar el sistema político y anclar las bases de un proceso democrático. Un proceso que hoy más que nunca necesita afianzarse y escalar una nueva etapa en la cual no tengan más cabida los entuertos políticos del pasado que tantas veces han cegado las esperanzas, el presente y el futuro de generaciones enteras.
Confluyen aquí experiencia y trayectoria política; experiencia y capacidad en la gestión pública e internacional; experiencia y habilidad para sensibilizar y movilizar a la sociedad hacia la consecución de sus tantas veces denegadas metas estratégicas de paz y progreso con equidad social. Es lo que resume este singular dúo de soñadores a quienes les corresponde ahora asumir el reto de cristalizar los sueños de Herty.
Enjugadas las lágrimas por el deceso del “Hombre del Sol”, no tengo la menor duda en que Mundo y Carlos son la fórmula perfecta para encauzar las energías de una sociedad que ansía un cambio radical en Nicaragua. Un cambio profundo e irreversible que fortalezca la democracia y la institucionalidad del país; un cambio que ponga fin a los entronizados males devenidos de una cultura política maloliente donde la corrupción y el caudillismo han truncado el derecho de los nicaragüenses a una vida mejor.
El mejor homenaje a Herty es, pues, apropiarse de sus sueños. Y Mundo y Carlos tienen ante sí ahora la enorme responsabilidad de seguir sus pasos, sembrando conciencias; de continuar conquistando corazones para renovar la esperanza marchita por los inescrupulosos que a fin de mantener sus privilegios no les ha importado colocar al país en un callejón sin salida.
Desde hace 12 años me prometí a mí mismo no volver siquiera a opinar sobre asuntos políticos; decidí pasar la vida a la espera utópica de un cambio por inercia. Desdichadamente en la sociedad no hay más instrumento que la política, los partidos y los movimientos políticos para poder incidir en los cambios de rumbo o bien para la conservación del status quo. Creo que ésa había venido siendo un tanto la posición de Mundo y de Carlos, al igual que la actitud de miles y miles de nicaragüenses, la cual ha venido cambiado drásticamente con la motivación movilizadora que le imprimió Herty.
Como ciudadano que desde los años 70 siempre ha tratado de poner su grano de arena para que las cosas cambien para bien de todos, lo menos que hoy puedo hacer para retomar mi compromiso social es brindarle mi total apoyo a Mundo y a Carlos en su reto por culminar con éxito la última obra de Herty. Ellos, hoy más que nunca, están predestinados a catalizar el renacer de la conciencia de Nicaragua y el reverdecer de la esperanza entre los nicaragüenses, de que sí hay una salida y un sol al final del túnel.
Managua, 07 de julio de 2006.
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