Opinión

La injerencia nuestra de cada día


Este comentario ya estaba escrito cuando supe de la sentida muerte de Herty Lewites. Al momento, pensé cambiarlo, porque menciono su visita a la embajada estadounidense para entrevistarse con Thomas Shannon. Sin embargo, para ser fiel a su memoria y, de paso, para honrar de mejor forma lo que me unió a él en términos políticos sinceramente, también quise ser fiel a mi objetividad, y no lo cambié.
Mi identificación con Herty no nació con su candidatura, sino desde cuando, en 1994, coincidimos en la lucha por la renovación del Frente. Consecuente, no vacilé en defender su derecho a ser el candidato presidencial del FSLN, y cuando Dionisio Marenco ganó las elecciones, lo dije claro en el titular de mi artículo: “Triunfó Nicho, ganó Herty”, significando con ello que sin la buena herencia de Herty, Marenco no hubiera ganado la Alcaldía. Nunca confundí la identidad con Herty con la propaganda política a su candidatura y nunca escribí comentario meloso a su favor. Siempre objetivo, en mi artículo anterior defendí a Herty frente a uno de sus detractores, como sincero pretendo ser ahora con el siguiente artículo.
En Nicaragua muchísimas generaciones han sido privadas del derecho de poder contar sus días pretéritos y actuales --y quién sabe hasta cuándo los futuros-- sin la presencia estadounidense marcándoles las horas, los minutos y los segundos. Los Estados Unidos son omnipresentes en la vida nacional, como el mecanismo que le marca incesante y puntualmente su tictac a un reloj que, como el de nuestra historia, no detiene su marcha, aunque, a veces, parezca descomponerse.
Por eso no iba a ser este proceso electoral el que se librara de su injerencia. Nuestro país está atrapado fatalmente bajo esta sombra, lo cual no quiere decir que haya sido igualmente fatal la resignación de los nicaragüenses. El pueblo no siempre ha actuado signado por este fatalismo, de lo cual no necesitamos recordar ni precisar los momentos culminantes de su rechazo a la injerencia estadounidense.
Acción imperial y reacción patriótica ha sido binomio inseparable en nuestra historia. El hecho de que no haya habido consecuencia nacionalista total ante cada intervención ni todas las generaciones hayan sido consecuentes patriotas frente a los interventores constituye el problema básico de nuestra identidad como nación. La disputa electoral entre quienes desean alcanzar el poder presidencial no es lo fundamental, sino la cobertura, la parte escénica de la lucha por el rescate de la dignidad nacional o la continuidad de la dependencia.
Es dentro de este panorama que veo las “visitas” de los procónsules gringos, y que mido la actitud de cada partido o candidato ante las visitas de los emisarios del imperio. Tengo una visión de dependencia de las romerías de los candidatos a los pasillos del Departamento de Estado. Sin embargo, unas y otras visitas no siempre se producen bajo el esquema de la relación imperio-cipayos, porque existe el ámbito de la diplomacia, aunque ésta tampoco esté descontaminada de las políticas imperiales.
Son muy tenues las fronteras entre diplomacia e injerencia, y es frecuente que la diplomacia sirva como alcahuete a las políticas injerencistas. Por eso no existe ambivalencia entre diplomacia e injerencia durante las visitas de los funcionarios del gobierno y en la actuación de los diplomáticos gringos destacados en nuestro país. Y es normal ver a los políticos de la derecha tratando de escudar estas incursiones tras la inocente actividad diplomática.
No hallan el equilibrio para moverse entre la diplomacia y la injerencia, tal vez por la pasión que despierta toda lucha electoral, aunque el apasionamiento de los nicaragüenses no justifica la injerencia que practican los estadounidenses bajo el disfraz diplomático. Y como esto no es posible evitarlo, entonces, son los políticos adversarios de la injerencia quienes están obligados a ser consecuentes y no permitir que sus actitudes les abran margen a las dudas. Es decir, que si procuran no ser confundidos con los adeptos a la injerencia, sólo pueden hacerlo distinguiendo las fronteras entre la diplomacia y la injerencia.
Estoy pensando en la última incursión gringa en la política nacional, que correspondió hacer al señor Thomas Shannon. La única diferencia con la de los otros funcionarios fue su estilo moderado, aunque las intenciones fueron las mismas: unir a la derecha. Shannon hizo omisión del arnoldista José Rizo y no atacó a Daniel Ortega. Pero hizo algo nuevo y, para mí, nada inocente: “Reconocer a Herty Lewites como parte del paquete democrático”, según la visión de Emilio Álvarez Montalván.
Descontado que no es Shanonn, ni ningún otro estadounidense, quien tiene derecho a calificar o descalificar a un político nicaragüense de izquierda que aspire a gobernar nuestro país, es normal que un gobierno extranjero se interese por el curso del proceso electoral, pero sin tratar de incidir en la opinión de los electores. Y no es el gobierno gringo el que se va a abstener de hacerlo. En este caso, fue Herty quien debió abstenerse de atender la invitación de la embajada gringa a reunirse con Shannon en su sede, porque, si como político no debe rehuir una plática con políticos extranjeros, lo diplomático y respetuoso hubiese sido que ese encuentro se hiciera en cualquier otro lugar.
Es que la imagen de un político entrando y saliendo del local en donde el procónsul lo espera en actitud imperial no cae bien, porque ha sido lo que los políticos entreguistas y cortesanos han venido haciendo ante los diplomáticos gringos desde los tiempos iniciales del imperio con míster Ephraim G. Squier hasta el presente con míster Paul Trivelli, sin excepciones ni recesos. Además de las razones expuestas, Herty está obligado a no dar espacio a las dudas, pretextos a los adversarios ni a causar mala impresión a sus partidarios.
Esta opinión, que posiblemente no sea compartida por todos los partidarios de Herty, no es posible emparentarla ni confundirla con la actitud antiinjerencista de ocasión y de resentimiento de los arnoldistas, quienes han reaccionado contra la exclusión de su candidato del encuentro en la embajada con Thomas Shannon, haciendo declaraciones “nacionalistas”. Ellos ya estuvieron bajo la égida de gobiernos gringos y lo seguirían estando, si no fuera por la circunstancia de que Arnoldo Alemán se excedió con sus procedimientos corruptos para apropiarse de los recursos del Estado. Es claro que los gringos no descartaron al PLC de Alemán por escrúpulos éticos, sino por conveniencia política, pues no iban a poner en riesgo su influencia sobre el resto de la derecha por hacerse de la vista gorda con su corrupción.
Entre los partidarios de Herty no hay dudas respecto de su honestidad personal y sus convicciones sandinistas, y no las habrá por la visita señalada. En todo caso, no es la persona de Herty la que debe ponerse en dudas, sino las ulteriores intenciones que un representante del gobierno de George Bush tiene cuando expresa sus preferencias por candidatura de izquierda. Y estas intenciones son las de provocar la desconfianza entre los sandinistas y la izquierda en su conjunto en torno a Herty, porque buscan la dispersión de su voto y, a la vez, limpiarle de obstáculos el camino a Montealegre.