Opinión

El ruido, enemigo mortal de la salud


Es bueno saber que no se ara en el desierto y que el artículo sobre el Tabernáculo del ruido (END, 24-06-006) encontró eco entre numerosos lectores que son víctimas cotidianas del ruido y los ruidosos. También hoy me hago eco de las numerosas notas que he recibido para proporcionar a los estimados lectores las herramientas técnicas, legales y procedimientos para que hagan valer sus derechos y exijan a las autoridades pertinentes el cumplimiento de la ley.
Para comenzar, la Ley General del Medio Ambiente y los Recursos Naturales (Ley No.217) caracteriza al ruido como un contaminante. Al respecto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que “en comparación con otros contaminantes, el control del ruido ambiental se ha limitado por la falta de conocimiento de sus efectos sobre los seres humanos, la escasa información sobre la relación dosis-respuesta y la falta de criterios definidos”.
El ruido es definido como un sonido no deseado. Ese sonido no deseado se mide bajo tres parámetros: 1) la frecuencia (cada cuánto); 2) la presión sonora (energía transmitida en forma de vibración en el aire); y 3) la variación de esos niveles en el tiempo. Por eso el ruido tiene un efecto acumulativo con el transcurso del tiempo; de ahí que no se trata de sobreponerse al impacto momentáneo de un ruido aislado y esperar que las células ciliadas del oído se recuperen.
La unidad de medición del ruido es el decibel (dB). Una persona al respirar emite 10 decibeles. La OMS registra que 55 dB de ruido en la noche perturban el sueño de las personas. Aparentemente, no hay mucha diferencia entre 10 dB y 55 dB, pero no es ésta una escala aritmética, sino logarítmica. Eso significa que unas cuantas décimas de diferencia pueden representar el doble, triple, cuádruple, quíntuple de energía liberada, como sucede por ejemplo cuando hablamos de eventos sísmicos de magnitud 5 o magnitud 6, no es un simple dígito el que se ha incrementado. Por eso tampoco pueden obtenerse medias aritméticas.

La frecuencia es el número de vibraciones por segundo que provoca el sonido en el aire y se mide en Hertz (Hz). Una persona Joven, con buena audición, logra captar los sonidos comprendidos en la banda de frecuencia de 20 Hz a 20,000 Hz.
Una de las consecuencias principales de la exposición al ruido es la disminución de la capacidad auditiva. Según los estudios de la OMS, “La deficiencia auditiva causada por ruido se produce predominantemente en una banda de frecuencia de 3,000 a 6,000 Hz; el efecto más grande ocurre a 4,000 Hz”; pero si el tiempo de exposición aumenta, la deficiencia auditiva puede ocurrir con frecuencias tan bajas como de 2,000 Hz.
A manera de referencia, la OMS establece que la mayor parte de energía acústica del habla se ubica en la banda de frecuencia de 100 a 6,000 Hz y la señal más constante es de 300 a 3,000 Hz. En niveles tan bajos, como son los valores mínimos de deficiencia auditiva (10 dB en una frecuencia de 2,000 y 4,000 Hz y en ambos oídos), refiere la OMS que pueden perjudicar la comprensión del habla con las implicaciones sociales que conlleva este hecho.
El habla normal suele tener una frecuencia sonora de 50 dB, y para que pueda ser entendida por nuestros interlocutores el máximo ruido ambiental debe marcar una diferencia de 15 dB con respecto del habla, es decir, no debe igualar o exceder los 35 dB. Para que el lector tenga una idea, 50 decibeles equivalen a la voz casual de un hombre o mujer hablando a un metro de distancia.
Adicionalmente, el ruido afecta el rendimiento de los trabajadores y de los niños, especialmente al interferir con el proceso cognitivo. Los estudios sobre niños con exposición continua al ruido revelan dificultades en la comprensión de la lectura y en el desarrollo del lenguaje, afectaciones a la motivación y a la capacidad para resolver rompecabezas, incremento en la presión sanguínea en condiciones de reposo a causa de altos niveles de liberación de la hormona del estrés. La falta de concentración también repercute en el nivel de accidentabilidad de los trabajadores.
Por encima de los 80 dB el ruido puede disminuir la actitud cooperativa y desencadenar una actitud agresiva entre las personas; y entre los escolares provoca sentimientos de desamparo. Adicionalmente existen subgrupos vulnerables, como los pacientes de hospitales, convalecientes en los hogares, ancianos, personas bajo tratamientos médicos específicos como la hipertensión, individuos que realizan actividades cognitivas complejas, niños y fetos, seres humanos que estando en gestación son particularmente sensibles al ruido.
En los hospitales el nivel de ruido no debe exceder los 35 dB. En los centros recretativos, festivales, eventos deportivos, salas de cine, vídeos entre otros (tabernáculos incluidos), el nivel de ruido no debe exceder los 100 dB durante un máximo de cuatro horas, cuatro veces al año. Lo contrario provoca deficiencias auditivas permanentes. En términos prácticos las células ciliadas se van adormeciendo para siempre, o lo que es lo mismo, el individuo se va quedando sordo.
La legislación nicaragüense, como lo prescribe el Arto.9 de la Ley 559 (Ley de Delitos Ambientales), asume como propias las normas y recomendaciones de la OMS. Y en la “Guías para el Ruido Urbano” de la Organización Mundial de la Salud se establece, por ejemplo, un nivel máximo de 30 dB en los dormitorios con ventana abierta durante la noche. La propia Ley 559 en su Arto. 40 establece un nivel máximo de 45 dB medido a un metro de la fachada de la vivienda.
Los causantes del ruido que perturba la tranquilidad y afecta progresiva y sostenidamente la salud de las personas pueden ser objeto de sanciones que implican multas que van desde los US$500 a US$3,000 (Arto.9) hasta la clausura definitiva de la fuente del ruido.
Debo agregar que en el curso de la semana recibí comunicación de varios ciudadanos de diferentes partes del país clamando justicia por el imperio de la ley para con los idólatras del ruido. En sus denuncias figuran discos e iglesias escandalosas al estilo del Tabernáculo del ruido vecino de Onofre Guevara; denuncias como las de Gerd Schepel, de La Montañita, Nueva Guinea; Álvaro Arroyo, de Altamira, Cleire Delune, todos bajo el denominador común de ser víctimas de la hermandad del ruido.
A ellos y a todos los estimables lectores debo decirles que después de referirme a los parámetros para la medición del ruido y los aspectos relacionados con el impacto del ruido sobre la salud, en una próxima entrega les estaré presentando un resumen sobre la legislación nicaragüense y el ruido. Desde ya puedo adelantarles que instituciones como Marena, Minsa, alcaldías, Policía Nacional, Mitrab, Procuraduría del Ambiente y los tribunales de justicia tienen competencia y obligaciones de ley para conocer y tomar cartas en el asunto a partir de las denuncias de la ciudadanía sobre el ruido y sus graves repercusiones en la salud humana.