Opinión

Estado nacional y colonialismo


En el actual debate sobre la pertinencia del Estado nacional existe en el lenguaje liberal una enorme inconsistencia que revela bien cuáles son las verdaderas intenciones del discurso “moderno” según el cual el Estado nacional es una antigualla que la nueva realidad mundial y la globalización dan por superada.
En efecto, es difícil encontrar una exaltación más aguda del nacionalismo que la registrada en la cuna del actual movimiento liberal, los Estados Unidos. Un nacionalismo exagerado y agresivo que inspira las estrategias de Washington y que encuentra una expresión típica en la banderita que inunda los lugares públicos, los hogares y las solapas de los buenos patriotas americanos. Al mismo tiempo, los apologistas del neoliberalismo nos predican que el sentimiento nacional es por lo menos ridículo y de todos modos inconveniente en un mundo en el cual las naciones se diluyen a pasos agigantados y avanzamos hacia un planeta feliz habitado por ciudadanos del mundo.
El nacionalismo metropolitano es aceptable; el de los demás, en manera alguna.
Por supuesto, los países europeos no se quedan atrás. No sólo practican su nacionalismo tradicional frente a terceros, sino que lo hacen ahora con especial énfasis frente a sus propios colegas de la UE. Estancada la idea de una Europa social y enrumbado este proyecto hacia la consecución de un gran mercado, cada capitalista nacional defiende lo suyo y cada Estado nacional protege sus industrias nacionales claves frente a competencias hostiles.
No sorprende entonces que Europa haya terminado por hablar el mismo lenguaje de Washington y que los europeos cierren filas exigiendo a los demás la renuncia a su soberanía mientras ellos refuerzan la propia. Como en las mejores épocas del colonialismo, los países metropolitanos se sienten autorizados a imponer a los demás sus propias opiniones.
Desde esta perspectiva neocolonial resulta natural que sin la aprobación de Occidente ningún país pueda desarrollar la investigación atómica (caso de Irán); que sólo sea aceptable elegir en las urnas a los candidatos que Occidente considere adecuados (caso de Palestina); que los países pobres deban levantar todas las restricciones arancelarias y permitir el “libre comercio” mientras aceptan el proteccionismo de los países ricos (tratados de libre comercio, ALCA, etc.); que sólo los países metropolitanos estén autorizados para armarse (incluidas las armas de destrucción masiva), pero no los países pobres sin la debida autorización de las metrópolis.
La cultura propia es símbolo de atraso cuando se pondera en naciones periféricas, pero aparece como natural, moderna y señal de progreso cuando pertenece a los países metropolitanos. Manifestar indignación por una burla a la creencia religiosa de los musulmanes es una “prueba” del carácter primitivo, belicoso e intolerante de esa “cultura inferior”, pero denunciar los crímenes de Israel contra los palestinos será entendido automáticamente como la expresión de un antisemitismo absolutamente inaceptable.
En esta reedición del discurso colonial clásico el Estado nacional no significa lo mismo en la metrópoli que en la periferia. Los estados nacionales en la periferia del sistema sólo serán admisibles si aceptan su naturaleza colonial y si sus gobernantes colaboran estrechamente con los centros de poder metropolitano. Sólo entonces serán considerados “estados responsables”, aunque se trate de tiranías atroces, satrapías medievales, democracias de papel o sistemas de gobierno que navegan sobre mares de miseria y opresión. Hasta India se convierte ahora en “la democracia más grande del planeta” porque colabora con Occidente (¿también lo era antes como fiel aliada de la URSS?), aunque la inmensa mayoría de su población viva en la miseria más degradante (¿aún existe el servicio que recoge cada madrugada, además de la basura, los cadáveres de indigentes por las calle de Calcuta?). India es, además, un “aliado seguro” de los Estados Unidos a quien se puede dar tecnología nuclear, aunque no haya firmado el Tratado de No proliferación (cosa que si ha hecho Irán, para no ir más lejos) de la misma manera que el señor Musharraf --un golpista consumado-- se convierte en “presidente” y amigo como resultado de su probada fidelidad a Occidente.

En América Latina ocurre otro tanto. El nacionalismo de Chávez, Lula, Kirchner o Morales molesta mucho a nuestros liberales criollos (Vargas Llosa, Krause, Plinio Mendoza, Edward y Cía.), pero les parece muy adecuado cuando lo practica el Sharon de Los Andes, el presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez que acompaña su engolado discurso del nacionalismo más rancio y patriotero con la firma de un Tratado de Libre Comercio que sacrifica el agro a cambio de nada, hunde la poca industria nacional que queda en el país, entrega a los laboratorios extranjeros la política de medicamentos y hasta renuncia a la protección de la producción nacional en los programas de televisión (los “culebrones”, ya mundialmente famosos) que ahora sin protección tendrán que competir con la industria imperial de Hollywood (esa sí bien protegida y resguardada de todo riesgo).
El nacionalismo de los pobres se convierte entonces en un estorbo para los actuales planes de reedición del colonialismo. No debe resultar extraño que, al igual que hicieron antes los británicos, Occidente recurra ahora a la vieja táctica de “dividir para vencer”. Irak se hunde en el peligroso torbellino de una guerra civil cada día más inminente (si Alá no lo remedia), y a estas alturas es lógico preguntarse si más que un error de cálculo la agresión tenía como finalidad precisamente propiciar este enfrentamiento interno y hacer inviable Irak como Estado nacional para regocijo de los sionistas. ¿Buscan lo mismo en Siria? ¿Igual ocurrirá con Irán, en capilla para un bombardeo israelí y una intervención occidental en toda regla? ¿Será que el destino de estos países --en los planes coloniales modernos-- no es otro que dejar de existir como tales o mantenerse como estados títeres de Occidente? ¿No es eso precisamente lo que buscan los sionistas con el bantustan que desean crear para los palestinos?
Es sintomático que la prensa no mencione el movimiento separatista del Zulia en Venezuela, tras el cual apenas logra ocultarse la mano de Washington. Se trataría de separar Zulia para construir un “Estado responsable” que --por extraña coincidencia-- se asienta sobre un inmenso mar de petróleo. Lo mismo se está preparando en Santacruz, Bolivia, provincia que curiosamente posee la mayor parte del petróleo y del gas de este país andino. ¿Será también lo que buscan quienes hablan de la República de Guayaquil, exenta de población indígena pobre, pero de hecho el centro económico más importante de Ecuador? Los países latinoamericanos son, en su inmensa mayoría, suficientemente grandes como para que se propicien separatismos teledirigidos desde los cómodos bufetes de las grandes firmas internacionales. ¿No es acaso lo mismo que sucede con las guerras tribales y civiles en África? Separatismos y regionalismos “sanos” que se fomentan como respuesta al “insano” nacionalismo de los gobiernos opuestos a la nueva expansión colonial.
También es comprensible que la iniciativa de crear una enorme empresa petrolera en Sudamérica --Petrosur--, uno de cuyos proyectos más ambiciosos es precisamente el oleoducto que uniría todo el continente de norte a sur se vea con suspicacia y recelo por quienes han estado sacando gas y petróleo a precios de ganga con la complicidad de unas oligarquías criollas corruptas y extranjerizantes que en la actual ola nacionalista van perdiendo el poder a manos de movimientos populares.
Cuando míster Roosevelt dijo: “I took Panamá”, expresaba con toda crudeza el significado real que los gringos otorgan a la “política del buen vecino”.