Opinión

Aprendiendo a jugar


Si en los juegos se aprende, entonces yo recibí un curso intensivo de soledad el día en que el entrenador, para mi sorpresa, me indicó que empezase a hacer ejercicios de calentamiento porque era mi turno. Hasta entonces nunca me había puesto de portero titular y ese día, sin esperarlo, decidió cambiar de idea. El otro equipo estaba formado por chavalos que habían falsificado su edad para inscribirse en el torneo. Tenían dos años más que nosotros, y eso significaba que casi nos doblaban en estatura. Tengo que confesar que daban algo de miedo. Yo no había jugado mucho en campos de fútbol, así que cuando me vi tan pequeño en medio del área defendiendo nuestra puerta, que ante mis ojos medía más de lo normal, no sabía dónde ponerme y me entró la ansiedad. Después supe que a eso le llaman agorafobia, que es el miedo a los espacios abiertos y sin nada. El único privilegio que tenía estando solo en esa posición era verlo a él, y poder disfrutar desde el momento que llegaba el balón a sus pies. Todos estábamos tranquilos cuando él controlaba el juego. Nunca perdía la pelota. Si alguien trataba de arrebatársela, entonces él la subía en un toque y se la llevaba al aire con la suavidad de un ángel, después continuaba dibujando un pase imposible y abría huecos donde ningún otro los veía. Frente a las formaciones defensivas más cerradas él siempre encontraba un pase de gol. Tenía el pelo largo, era moreno, y vivía en uno de los barrios más pobres. Era el mejor jugador de fútbol que he visto en mi vida, y también el más elegante en la cancha.
Por otro lado, tenía el estigma de ser mal alumno y, además, los profesores, en aquel entonces, no supieron o no encontraron la forma de motivarlo, y lo regañaban tanto y por todo que terminaron por convertir en una costumbre señalarlo como culpable de todo lo que ocurriera y que no les gustara. Oliva era su apellido.
Años después, en una cárcel donde yo visitaba a uno de lo internos, lo volví a ver. Nos encontramos en el pasillo. Él estaba detrás de una verja que daba al patio. Mientras yo pasaba escuché que alguien me llamaba: “¡Sancho!”, por el apellido, como hacíamos cuando estábamos en el colegio. Era él. Estaba mucho más delgado, tenía la cara marcada por cicatrices, y los ojos más hundidos, pero me sonreía sin inquietarle mi gesto de sorpresa al encontrármelo allí, como si fuera en mitad de alguna calle. Hablamos poco, lo que permitían las circunstancias. Al principio creyó que no le reconocí por la impresión. “Soy Oliva... el colegio... ¿te acuerdas?” Me contó que aún jugaba fútbol. Entrenaba un pequeño equipo durante las horas del patio y eso le daba ciertas ventajas para una posible reducción de la pena. No pude resistirme a preguntarle por qué estaba allí. “Por tonterías, hombre”, me dijo. Era algo relacionado con la droga. Él no sólo la vendía, sino también acabó consumiéndola, lo que le convertía en un sujeto fácil de utilizar para los que manejaban el negocio desde otro lado mucho más lejano. Pero al final me preguntó si no le podía visitar a él también. “En realidad, no se pasa tan mal acá, el problema es estar solo hombre. Eso es lo que jode”.
De aquellos días en la cárcel lo que más recuerdo es la soledad en los ojos, el odio comiéndose solo, la rabia comiéndose sola y los recuerdos revueltos. Otro recluso me decía que los hombres muy solos son muy peligrosos. Pueden hacer cualquier cosa y nadie sabe lo que tienen en la cabeza. Creo que no hay una sola soledad, sino muchas soledades. La de una adolescente, por ejemplo, que de la noche a la mañana se encuentra hablando otro idioma en un mundo que no le entiende, la de los ancianos que van sobreviviendo y contando a los caídos de su vida, como llegando al final de un combate. Pero la soledad de los niños es algo que no se comprende fácilmente, como le ocurrió a ese niño que era un prodigio para el fútbol y al que nunca supieron qué palabra decirle dentro del aula. A la soledad de los niños casi nadie puede acercarse. Un buen día desaparece y nadie pregunta nada. Otras veces se queda en la mirada para siempre. Tampoco nadie pregunta.
A uno le es difícil ser como se es, cuando niño sobre todo. Cuando no hay que guardar la compostura, hay que elegir disfraz; y a veces hay que callar lo que se piensa, o peor aún lo que se siente. Casi sin darse cuenta, a veces hay que interpretar un papel, por respeto, o porque en ocasiones pensando en otros es mejor no actuar de cierta manera, y poco a poco uno se va rodeando de silencios, fabricando una imagen. Entonces el miedo a provocar la decepción empieza por aislarnos aún más, dejando menos espacio, ése que algún día nos dolerá recordar. Hay una frase rotunda de Saramago que anima a no olvidar nunca el niño que se ha sido. Por eso, de vez en cuando, y ahora que estamos en la fase final del Mundial de Fútbol, uno se recuerda de niño, para rescatar, para ordenar arriba y en el corazón algunas cosas que no vale la pena perder, y también para recordar dónde empezaba la soledad, dónde están los hilos que se nos rompen entre nosotros y alrededor. Ninguno estamos lejos de quedarnos completamente solos. Para mí la imagen de la soledad era aquella área enorme hacia la que veía venir a uno de aquellos gigantes del equipo contrario y al que debía atajarle el disparo. Lejos, muy lejos, el entrenador me gritaba el movimiento que debía hacer. Todo era demasiado grande, y esa jugada la tenía perdida. No había nadie, era inevitable. Tenía que demostrar que podía jugar de titular y estaba allí paralizado, de puro miedo a la decepción. Entonces, como una exhalación apareció él, Oliva, deslizándose sobre el suelo sin que el atacante lo advirtiera, y le robó la pelota sin darle opción a que anotara en esa ocasión. Luego se llevó el balón con su estilo inolvidable. Mi imagen de la soledad es un recuerdo infantil, lo sé, pero a mí me sirve al menos para recordarme los peligros de dejarse hundir en esa soledad, que no es más que quedarse quieto en medio de la vida. A veces se tiene la suerte de que venga alguien, como un ángel, y nos saque del apuro.
Después de un tiempo, no volvía a saber de Oliva, pero no he podido dejar de revisar las noticias, las malas noticias que suelen llenar las páginas de sucesos, con el temor de encontrarme su foto en ellas. Aún no lo he visto. A lo mejor le sale una jugada genial como aquellas y se abre espacio en la vida por donde nadie creía. Es difícil, tal y como le vi allí dentro tan solo, pero espero que así sea. Él me salvó aquel día cuando éramos niños, y ahora siento mucho no haberle dicho después cómo me acuerdo de aquella jugada.

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