Opinión

La encrucijada mexicana


Hasta principios de los años 90 México fue la gran frontera de Latinoamérica con EU. Frontera geográfica y también económica y cultural, aunque, con diferencia, lo era sobre todo política. Desde el triunfo de la revolución, en 1917, los gobiernos mexicanos hicieron de su independencia respecto de EU un santo y seña del país y no dudaron en enfrentarlo cuando lo consideraron menester. Fue así que México se convirtió en el país de referencia, una isla en las décadas de dictaduras y represión.
Pronto empezaron los conflictos. Desde los años 20 apoyó a las fuerzas sociales y a los partidos progresistas de la región del Caribe. Así, en 1926 armó y financió una expedición de fuerzas liberales nicaragüenses, con el fin de derrocar al gobierno conservador impuesto por EU, lo que provocó la primera campaña antimexicana lanzada por un gobierno estadounidense. Washington comparó a México con la Rusia bolchevique y lo señaló como la mayor amenaza a sus intereses en el Caribe.
En la VI Conferencia Internacional Americana, celebrada en La Habana en 1928, México encabezó con Argentina la lucha por el principio de no intervención, teniendo de fondo la lucha guerrillera de Sandino contra la ocupación de Nicaragua. Los intercambios verbales fueron tan violentos que el secretario de Estado de EU abandonó la reunión y las actas tuvieron que ser reescritas para borrar los insultos. Mexicana también fue la Doctrina Estrada, en honor del ministro de Exteriores de México, Genaro Estrada, opuesto a la posición de EU, de condicionar políticamente el reconocimiento de los gobierno de facto, por considerarla ofensiva e intervencionista.
El triunfo de la revolución cubana, en 1959, dio lugar a otra de sus decisiones más célebres. Mientras los gobiernos latinoamericanos, por presión de EU, rompían uno tras otro las relaciones con Cuba, México rechazó la imposición y mantuvo sus relaciones con el gobierno revolucionario. Los golpes de Estado que asolaron la región en la década de los 70, principalmente el que derrocó al presidente Salvador Allende, fueron la ocasión para otro gesto memorable de México, que acogió a una cantidad enorme de perseguidos y refugiados políticos de Argentina a Centroamérica (antes lo había hecho con los republicanos españoles). Fue también tierra de promisión para escritores y artistas que, como García Márquez, escogieron México como residencia.
La revolución sandinista marcó otro hito de la política mexicana frente a EU. Ante el riesgo de una intervención militar contra Nicaragua, los presidentes López Portillo, primero, y Miguel de la Madrid, después, convirtieron a México en el mayor oponente a la política imperial en Centroamérica. Con el Panamá de Omar Torrijos se sumó a Venezuela y Colombia y, los cuatro, formaron el Grupo de Contadora, proceso mediador que, aunque no pudo alcanzar su objetivo de lograr un acuerdo de paz, pudo neutralizar la política intervencionista de Washington e impedir una invasión.
Ése fue el México que enterró Carlos Salinas de Gortari con la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) con EU y Canadá, en 1992. Más allá de su dimensión económica y comercial, el TLC implicó la absorción de la economía mexicana por la estadounidense. Con el TLC llegó la política de privatizaciones, que entregó parcelas estratégicas de la economía a consorcios extranjeros, convirtiendo al país en un espacio dominado por empresas foráneas. El 86% del comercio mexicano se realiza con EU y --muchísimo menos-- con Canadá. La relación con la UE apenas alcanza al 6%, lo que se reduce al 4% con Latinoamérica. Peor es la situación financiera, pues el 93% de los activos bancarios está en manos del capital extranjero, de ello, 60% europeo. La pérdida del control de la economía conllevó el quebrantamiento de la independencia política. México desapareció de la escena política internacional. Con el triunfo de Vicente Fox y el PAN, se pasó de la independencia a la obediencia. La crisis de 2004 con Cuba fue el canto del cisne del país autónomo y latinoamericanista fundado en 1917.
México ha sido, históricamente, un país de profundas desigualdades, un rasgo, por demás, muy latinoamericano. Sin embargo, ningún país había mantenido una línea política tan independiente y coherente como el México que se enterró en 1992. De ese México es heredero no el actual PRI, sino el PRD. Ello explica por qué la izquierda en Latinoamérica, a la que el antiguo (y desfigurado) PRI ayudó tanto, se identifica más con López Obrador que con Madrazo, heredero, a fin de cuentas, de Salinas y Zedillo. También explica que una victoria del PRD daría otro impulso a las fuerzas de izquierda, sobre todo en Centroamérica. No es su cautiva economía, sino la política lo que está en juego en las próximas elecciones mexicanas. En las circunstancias de la región, la victoria de López Obrador daría otro puntillazo al creciente declive de EU y fortalecería la lucha por una segunda descolonización que vive Latinoamérica.

Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid a_zamora_r@terra.es