Opinión

Deseo, prohibición y transgresión


Es evidente que anida en hombres y mujeres un impulso sexual entre ellos. Un deseo como no hay otro; tan fuerte como los instintos de sobrevivencia individual. Incluso podemos decir que el deseo sexual constituye el instinto social por antonomasia por el cual sobrevive la especie, biológica y socialmente hablando. La fuerza o energía la pone la naturaleza, el contenido y la forma le corresponde a la historia y la cultura.
Como todo deseo, su impulso es inversamente proporcional a su satisfacción, de tal manera que mientras menos se satisface más se enciende, y mientras más se satisface, más se apaga. Oscilando en los altibajos de los ritmos tensionamiento, distensionamiento y nuevo tensionamiento, hasta que la especie diga ¡basta! Sabemos asimismo que en tanto sea un deseo humano que ha logrado no descender a su antigua animalidad, el mismo está sometido a prohibiciones y regulaciones, precisamente para evitar sus excesos.
Ahora bien, siendo el impulso sexual parte de un deseo ineludible o difícilmente eludible, so pena de provocar infuncionalidades mayores, sus prohibiciones tienen el cometido de desarrollar el erotismo, por un lado, o de estimular las transgresiones, por otro. Algunos analistas dedicados al tema piensan que no hay prohibiciones sin transgresiones y que las transgresiones se alimentan precisamente de las prohibiciones (George Bataille).
Ciertamente que las relaciones sexuales se siguen prohibiendo de una forma u otra, de la misma manera que dichas prohibiciones se siguen transgrediendo de muchas maneras, incluyendo la violación y el asesinato sexual. Círculo perverso que se alimenta del ciclo de censura y estímulos administrados por la moral publicitaria (donde el erotismo es ofrecido culposamente), así como de la furia que asalta al macho ante la liberación sexual relativa de la hembra esclavizada o de la esclavitud sexualizada.
Dichosamente, tenemos en Nicaragua un buen estudio adelantado por Sofía Montenegro, donde el lector nicaragüense o extranjero, interesado sobre el tema y su especificidad en nuestro país, puede consultarlo (La cultura sexual en Nicaragua). En este trabajo Sofía confirma, igual que muchos especialistas, el protagonismo del poder y los celos en esta tortura cotidiana, tesis con la que estamos totalmente de acuerdo. Se sabe hasta la saciedad que los celos posesivos estimulan el miedo a perder no solamente el objeto amado, sino que adelantan en el amo la arrechura que significa la rebelión del esclavo, referente ancestral de todas las guerras preventivas. Pero lo que importa en todo esto es saber por qué, además de la rebelión del esclavo, la satisfacción del macho avanza por los senderos del sadismo. Habida cuenta de que el deseo del victimario sobre su víctima se acrecienta día a día, como no se encuentra parangón en otras relaciones de amo y esclavo.
¿Será como dicen algunos autores (Freud, Reich, Rank, Marcuse), que los más viejos, reptilianos y machistas instintos de comer, matar y violar han entrado en una total disfuncionalidad y mezcolanza caracterial? ¿Será que los machos no han podido olvidar sus instintos canibalescos? ¿Será que las guerras no son suficientes para que los machos satisfagan sus instintos de matar? ¿Será que la creciente permisibilidad de violar está liberando de los instintos más agresivos del ser humano?
Pareciera ser todo eso a la vez. Amar a fondo, excitado por la escasez que alimenta el deseo, provoca las ganas de comerse al otro. Y en el comer, la satisfacción pasa por la destrucción del alimento, triturarlo y engullirlo, morderlo y tragarlo, como simulan las madres cuando muerden la nalguita de su adorado tierno, como hacen los amantes cuando se desgarran los labios o muerden el pezón hasta sangrarlo. Pequeños gestos cotidianos que revelan en miniatura su inocente similitud con las espantosas escenas de descuartizamiento de las vaginas en las violaciones de guerra de nuestros civilizados soldados.
Desgraciadamente y para poca gloria de la especie humana, ciertos sentimientos o impulsos se realizan con sólo sentirlos o pensarlos, como el odio y la agresividad, antes incluso de descargar el hacha criminal o el fálico cuchillo. Y no hay mayor repugnancia que la presencia de un cadáver corporal o moral, es decir, un cuerpo que fue virgen y deja de serlo, un cuerpo que fue deseado y deja de serlo. ¿Será por eso quizás que aflora el desprecio que siente el macho por la hembra apuñalada y mancillada hasta dejarla sin la vida moral que necesita el ser humano para mantener su identidad, para sí y para el otro?
Hasta ahora, yo sigo apegado a lo que llamo el Complejo de Cupido (imitar al padre matando a la madre después de haberla gozado), un síndrome generado por la falta de resolución satisfactoria del Complejo de Edipo (matar al padre para acostarse con la madre). Veamos su recorrido. El niño desea a la mujer que más lo seduce y le satisface a la vez los deseos sexuales, particularmente en la etapa pregenital. El niño se educa en una escuela erótica familiar donde la relación amorosa-sexual se combina de caprichos y exclusividades que sólo la madre es capaz de satisfacer, es decir, aprende e interioriza una relación sexual llena de dominio y un dominio lleno de placeres caprichosos. El niño-adolescente se enfrenta posteriormente al rechazo de los favores de la madre, debido a que se encuentra ahora en la etapa genital, cosa que la madre y la prohibición social del incesto se lo impiden. Al rechazo le siguen la frustración, la rabia y una herida de macho en el órgano de su vanidad destrozada. Con suerte supera su complejo de Edipo y entra al mundo de la domesticación patriarcal, sin suerte y en medio de un ambiente machista quedará marcado por el fierro de la venganza, calentado por la represión sexual de un mundo que acelera sin límites la mercantilización, sometiéndolo a un círculo vicioso de deseos sobreestimulados, prohibiciones soñadas y transgresiones permitidas. Si insisto en llamar la atención sobre este manifiesto y desconocido complejo es porque el mismo ha madurado y hoy se encuentra en la etapa terminal, donde no solamente necesita matar para gozar, coger violentamente, sino que el goce sexual se transmuta hasta desaparecer, dejando como único goce el placer de matar, envuelto en un rito sexualizado. Si ayer el medio era la violencia y el fin era el placer de fusionarse con la hembra, ahora el deseo sexual y el coito es el medio para satisfacer el verdadero placer: matar a la madre, esperando que al hacerlo la castiga por el delito que le ha provocado la violencia desatada.

En el momento en que el Complejo de Edipo se convierte en el Complejo de Cupido, simbólico aquél, concreto éste, sobreviene la transgresión por excelencia, mezclada esta vez de todas las transgresiones y en todas sus manifestaciones. El deseo primitivo de la violencia, incubada en el impulso de la libertad absoluta, se convierte en la prohibición por excelencia de todas las civilizaciones. La moral es el control y el civismo es la paz, reza el orden para mantener la disciplina. En este caso, la transgresión de la prohibida violencia se desencadena mezclada de apetitos sexuales, presa del vacío de una hiena hambrienta, apurada por devorar una carne que pronto se convertirá en el más despreciable cadáver. La desgracia mayor para esta tragedia de Cupido es que el maltrato y los llantos de su víctima le revelan que el objeto sigue siendo un sujeto, lo que acrecienta la insatisfacción, la culpa y la rabia, el cuerpo sigue estando vivo, la muerte cuando no es real sigue siendo simbólica y, por lo tanto, artificial, llena por ende de mayor insatisfacción. No es por casualidad que Cupido se acerque cada vez más a construir destructivamente el orgasmo con la muerte de su presa deseada y odiada a la vez. Desea matar, desea comer, desea placer, deseos prohibidos que empujan al mayor de los deseos reprimidos, el deseo de la transgresión. A medida que la transgresión avanza, el deseo de la gratificación final (deseo espiritual por excelencia) se aleja, sumiendo al victimario en el círculo vicioso de una miseria sexual alimentada hoy por el sufrimiento de la hembra y la demencia delincuencial de la moral masculina.
Como muchos, mi esperanza está en la lucha de las mujeres, pero sobre todo en parar aquella fábrica de dictadorcitos donde las primeras cadenas se aceitan en el hogar cual semilla inocente, donde nuestra educación los programa para matar al llegar a la edad del coito.