Opinión

Y llegó el Mundial


Para el aficionado al fútbol existen dos maneras de disfrutar un juego: en las gradas y en las transmisiones masivas por radio o televisión. Eso es así por el momento; quizás en el futuro ya no tengamos fútbol o los medios masivos tendrán la capacidad de situarnos en un campo de juego como si en realidad estuviésemos ahí gritándoles al oído a los jugadores.
En la grada, cuando la calidad del juego es decepcionante, es posible empujar a gritos a los jugadores hacia un buen desempeño. En la televisión eso no es posible; como no hay fanáticos a tu lado gritando en cada jugada, casi de forma inevitable uno se aburre, y es entonces cuando el narrador puede hacer de un partido mediocre algo memorable.
Comprendo que en mi país pedirles a los periodistas crear imágenes que perduren para siempre en la mente del teleespectador es como pedirle peras al olmo; en esta porción del espacio el deporte rey es otro, por lo tanto, uno tiene que sufrir, de tanto en tanto, las narraciones de nuestros cronistas deportivos nacionales.
Pero, ¿por qué es esto importante? Yo me enamoré del fútbol una tarde del 86. Estudiábamos de siete de la mañana a cinco de la tarde. Yo sé que no fue así, fue un domingo y quizás yo estaba en casa, pero recuerdo el juego de Argentina contra Inglaterra en el kiosko del colegio acompañado por mis compañeros de sexto grado; y recuerdo, porque quiero recordarlo así, que estábamos en los universales y eternos pupitres incómodos Carlos, Natalia, Geovany, Allison, Muriel, Alfredo, Mónica, Francisco, la chela, Leonardo y Ana muriéndonos de calor, comentando los goles desde ángulos imposibles de Brasil, que Maradona era un traidor por no jugar en un equipo de su patria, que Zico sería el mejor jugador del mundo, y entonces el gol de "La Mano de Dios", mano que nosotros no vemos a pesar de las constantes repeticiones, y luego, esa espectacular descolgada por la derecha, el Shilton que sale para achicar el ángulo, el Diego que sale por el costado, empuja la bola y gol, después 10 segundos de silencio, repasando en nuestra mente una y otra vez la jugada: ¡Gol muchachos! ¡Gooooooool! ¡Goooooooooollllllll!
Fuimos testigos impávidos de un sueño cumplido. ¿Quién no sueña con hacer ese gol? ¿Quién no ha querido cargarse el equipo al hombro, la patria sobre la espalda, evadir rivales y en un esfuerzo final hacer el gol de la victoria? Es por esa misma razón que odio el béisbol, porque el ídolo de mi infancia fue incapaz de atrapar un batazo de Ángel Zúñiga entre primera y segunda, que le costaría el partido a los Indios del Bóer; los verdaderos ídolos no fallan en el momento cumbre, y quien falla ya no es más un ídolo.
Quizás recuerdo ese momento con especial cariño por la edad, por la jugada, pero más importante por la descripción de toda la jugada. Yo me enamoré del fútbol por la narración de ese partido y ese gol cantado desde el fondo del alma por el uruguayo Víctor Hugo Morales. Debo decir que desde entonces el gol, la narración y mis lágrimas van de la mano. La narración va así:
"...la va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, le marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga... ¡Siempre Maradona! ¡Genio, genio, genio! ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... y Goooooool... Gooooool... Quiero llorar… ¡Dios Santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diegol! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... barrilete cósmico... ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 - Inglaterra 0... Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 – Inglaterra 0".
Desde ese día, yo amo el fútbol, tanto que tengo que sufrir cada cuatro años con las narraciones de mis connacionales, porque resuenan en mí estas palabras: “Gracias Dios por estas tardes de fútbol, por Maradona y por tantas alegrías”.