Opinión

De sin sentidos y falacias: errores divinos


Quiero responder a las críticas a mi artículo sobre el Código Da Vinci (END 1-06-06) expresadas por Guillermo Gómez Santibáñez en su escrito “Los sin sentidos y falacias de Pérez Baltodano” (END 15/06/06). Evitaré, sin embargo, seguir hablando de la novela de Dan Brown, y trataré de profundizar la discusión sobre la Iglesia Católica y sus problemas (que también son míos).
Gómez Santibáñez defiende los dogmas de la Iglesia Católica (en adelante la Iglesia) y argumenta que no existe ninguna contradicción entre los mismos y el desarrollo de la razón. Sugiere, además, que los dogmas solamente pueden ser discutidos competentemente por teólogos profesionales como él.
Yo argumento que los dogmas que sirven de fundamento al poder ideológico de la Iglesia han sido un freno al desarrollo intelectual y espiritual de la humanidad. Pienso, además, que la visión de la teología como un campo vedado a las ciencias sociales es errónea y desfasada. La teología crítica siempre ha hecho uso de las ciencias humanas. La cristología simbólica de Roger Haight, la cristología feminista de Rosemary Radford Ruether y la cristología liberacionista de Jon Sobrino son algunos ejemplos que contradicen a Gómez Santibáñez.
Por otra parte, las ciencias sociales han empezado a entender el papel que juegan las visiones de Dios en el pensamiento social de la humanidad. La aclamada reedición del libro del teólogo inglés John Milibank, Teología y Teoría Social (2006) es, precisamente, una celebración de esta tendencia.
La naturaleza de los dogmas
Los dogmas son doctrinas oficiales que la Iglesia defiende como revelaciones de Dios. En realidad, los dogmas son definiciones normativas elaboradas por hombres de carne y hueso --algunos como nuestro Cardenal-- a partir de sus propias interpretaciones de Dios y de los intereses de la Iglesia. Es imposible hacer sentido de la proclamación de los dogmas si no se tienen en cuenta estas dos cosas.
El Papa Pío IX, por ejemplo, proclamó el dogma de la infalibilidad papal en medio de la crisis causada por la pérdida de los estados pontificios que redujo la base política-territorial controlada por el Papa a lo que hoy se conoce como ciudad del Vaticano. La proclamación de ese dogma fue un vano intento de solidificar una autoridad papal en franca decadencia.
La naturaleza esencialmente política de la aprobación del dogma de la infalibilidad papal puede apreciarse en la narración que ofrece la Enciclopedia Católica de lo sucedido en el seno del Concilio que lo discutió. El 13 de julio de 1870 se hizo una votación en la que participaron 601 obispos. Una mayoría de 451 votaron a favor, 62 dieron un voto afirmativo condicionado y 88 votaron en contra. Para una decisión tan trascendental, ese resultado reflejaba demasiada ambigüedad. Después de todo, ¿cómo justificar la incapacidad de Dios para doblegar la mente de 150 hombres que parecían rechazar su voluntad?
Lo que sucedió después no fue ni milagroso ni celestial. Poco antes de la última votación un gran número de obispos, que por diferentes razones no estaban de acuerdo con la proclamación del dogma de la infalibilidad papal, abandonaron el Concilio. La Enciclopedia Católica señala que el estallido de la guerra franco-alemana fue la razón que motivó la partida de esos “Padres de la Iglesia”.
En esas nuevas circunstancias se reunieron 435 obispos en presencia del Papa Pío IX. La nueva votación registró 433 votos a favor y sólo dos en contra. Pío IX le atribuyó ese resultado a Dios y anunció que el Papa “posee, por la asistencia divina… aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres”.
Apelaciones a Dios
Gómez Santibáñez dice que la infalibilidad es “un don de Dios que el Papa lo ejerce in docendo y eminente”. No ofrece razones o evidencias para apoyar su fenomenal aserción. Simplemente pontifica como si él tuviese acceso a la mismísima mente de Dios.
La posición de Gómez Santibáñez haría más sentido si él la presentara como una creencia personal. Al fin y al cabo, todos tenemos el derecho a creer lo que se nos antoje. Lo que Gómez no debe hacer es mezclar el cebo de los dogmas eclesiásticos con la manteca del razonamiento lógico. Cuando lo hace, incurre en la “falacia de la autoridad reverenda: ofrece argumentos que pretenden ser lógicos, pero que sólo puede justificar apelando a una autoridad divina que no pueden ser cuestionada.
Sin sentidos y medias verdades
Gómez Santibáñez recurre a cualquier cosa para construir la romántica imagen de una Iglesia que en su imaginación es democrática y amiga de la razón. Veamos algunos ejemplos.
Dice mi crítico: “La Iglesia no controla la voluntad de las personas”. Y yo le digo: Seamos precisos. No usa la coerción para controlar la conducta de la gente, porque ya no cuenta con los medios para hacerlo. No puede quemar en la hoguera a Dan Brown, como lo hizo con Giordano Bruno el 17 de febrero de 1600 para castigar sus “errores teológicos”. Lo único que pudo hacer el recién nombrado secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Tarcisio Bertone, fue tratar de convencer a los católicos que no leyeran el Código Da Vinci.
Sigue diciendo: “El poder de la Iglesia se rompió al concluir la Edad Media”. Y yo le digo: No se rompió, “lo rompieron”. El poder del Vaticano fue reducido por el desarrollo de la razón. La Iglesia se opuso a ese desarrollo hasta que no pudo resistirlo. Todavía en 1869, muchísimo después de concluida la Edad Media, la Iglesia condenó el “progreso” “el liberalismo” y la “civilización moderna” en el mismo Concilio que proclamó la infalibilidad papal. Y en la “Encíclica Sobre la Constitución Cristiana de la Sociedad Civil” (1885) el Papa León XIII condenó “la libertad desenfrenada de pensar”. En pleno siglo XXI la Iglesia insiste en obstaculizar el desarrollo de la democracia oponiéndose a los derechos de las mujeres, los homosexuales y las lesbianas.
Dice Gómez: “Mi propia experiencia como teólogo me hace afirmar que en mis aproximaciones al misterio de Dios, de Cristo y de la Iglesia no he encontrado censuras ni engaños”. ¡Qué maravillosa suerte! Ni Giordano Bruno, ni Teilhard de Chardin, ni Ramon Llull, ni Miguel de Molinos, ni Girolamo Savonarola, ni Teresa de Jesús, ni Hans Küng, ni Leonardo Boff, para mencionar algunos, lo acompañan en su dicha. ¿Por qué será?
La Iglesia tampoco molestó, dice Gómez, a “filósofos de la sospecha” como Sartre. Ésta es otra media verdad. La Iglesia no lo achicharró. En 1948, sin embargo, Sartre fue incluido en el Index Librorum Prohibitorum, el registro de autores y libros condenados por la Iglesia. Más de 4,000 autores fueron registrados en ese índice. Muchos de los principales teóricos de la democracia, --Rousseau, Montesquieu, Locke, Hobbes, Kant, etc.-- fueron incluidos en esa lista.
El “índice” fue eliminado en 1966, como parte de la apertura que experimentó la Iglesia a raíz del Concilio Vaticano II. Ese proceso, como sabemos, fue revertido por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger.
Dos caminos
Hans Küng --castigado por el Vaticano por cuestionar algunos dogmas de la Iglesia-- ha señalado los dos caminos que tiene la Iglesia para enfrentar su futuro: o se aferra a su mentalidad premoderna, o se abre a la construcción de una fe fundada en la razón. Es decir, o desarrolla una legitimidad fundamentada en el pensamiento crítico --para el que se necesita la democratización de sus estructu-
ras--, o se aferra al verticalismo y a los dogmas que utiliza para reproducir su poder.
Ésos son también los caminos que debería sopesar Gómez Santibáñez. Por el momento, mi crítico se aferra a los dogmas y reprocha que yo diga que la resurrección corporal de Jesús no es, no debería ser, una condición para ser cristiano. Dice Gómez: “Nadie puede poner su proyecto de vida y la trascendencia de ella en un muerto, ni en un hombre cualquiera, eso sería pura ideología, pura inmanencia”.
Yo le respondo: Don Guillermo, hable por usted. No diga “nadie”. Cada quien es dueño de su propio miedo. Y cada quien establece los límites de su propia fe. Usted tiene el derecho a pensar que de no haber resucitado, Jesús hubiese sido un “hombre cualquiera”. Para millones de católicos, sin embargo, la trascendental importancia de Jesús radica en su vida y su mensaje.
La madre de todas las falacias
Ni Gómez Santibáñez, ni doña Élida Solórzano, ni el Gran Comendador Orden San Gregorio Magno Rafael Cabrera, ni el insufrible Ministro Laico Católico Adolfo Miranda, ni Benedicto XVI, ni yo tenemos palabras para discutir la impronunciable idea de Dios. Lo que tenemos las personas de cualquier religión del mundo son representaciones imperfectas de esa idea. Usemos esas representaciones con humildad, tolerancia y responsabilidad; o evitemos ser falaces y prestemos atención a la advertencia que hace Ludwig Wittgenstein cuando señala: “De lo que no se puede hablar más, vale guardar silencio.”