Opinión

Hoy también es el Día del Medio Ambiente


Hoy también es el Día del Medio Ambiente. Cada semana. Cada hora. Cada segundo. Cada una de nuestras acciones puede agredir o respetar el planeta en el que vivimos. Desde hace más de un siglo, los seres humanos estamos explotando, casi hasta el agotamiento, a la Tierra. Pequeños cambios en los hábitos de cada persona pueden ayudar a mejorar el medio ambiente.
El calentamiento global, la tala incontrolada de árboles, el avance de los desiertos, la explotación de mares y bosques, la construcción masiva de montañas y playas, el desgaste de las tierras de cultivo, el agujero de la capa de ozono… son peligros de los que los expertos nos alertan cada día, pero que ya no nos dan miedo. No nos terminamos de creer que la catástrofe medioambiental ya está aquí y que la responsabilidad no es sólo de los gobiernos y multinacionales, también de nuestra forma de actuar cada día.
Si pensamos en nuestra vida diaria, los centros de las ciudades se llenan cada mañana de coches en los que sólo viaja una persona. En muchas ocasiones, familias de cuatro miembros cuentan con cuatro coches o más. En países como Estados Unidos no existen normas que regulen el consumo de gasolina de los coches. ¿Por qué no crear un sistema de transporte público que ayude a paliar los efectos de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera? ¿Por qué no se investiga para construir transportes menos contaminantes o que funcionen con energías limpias? Estudiantes universitarios realizan proyectos donde los trenes se muevan por placas solares o los automóviles con baterías, ¿por qué esa línea de trabajo no se desarrolla para conseguir precios asequibles? El primer ordenador del mundo ocupaba toda una planta de un edificio, hoy los microchips son tan pequeños que se utilizan en teléfonos móviles o MP3. Querer es poder.
Y, ¿por qué tenemos que pasar frío en verano y calor en invierno? En las “ciudades desarrolladas” ya no existen las estaciones. Aires acondicionados y calefacciones están siendo mal utilizados. Tan sólo con bajar un grado la calefacción o el aire acondicionado la factura se reduciría un 7%. También disminuiríamos el consumo energético si apagamos las luces cuando no hay nadie en la habitación o si no dejamos en stand by nuestros aparatos. El 45% del consumo de una televisión, por ejemplo, se produce en esta fase. Si se dejara de utilizar esta función, se podría dar energía eléctrica a un país como Bélgica.
La reducción del uso del papel debería ser otro de nuestros retos. “Vamos al baño, papel higiénico; queremos secar una sartén, papel de cocina; nos sonamos la nariz, pañuelos de papel; y, por supuesto, en el trabajo, folios para informes, para hacer un borrador, para escribir el recado telefónico…” El consumo de papel aumentó seis veces en menos de 50 años, y para 2010 consumiremos más de 300 millones de toneladas, advierten los expertos. En un año, el hombre es capaz de arrasar 18 millones de hectáreas de árboles. El Amazonas y los grandes bosques no nos sobrevivirán a este ritmo.
Otra pregunta: por qué en los países meridionales, como España, nos empeñamos en que nuestros jardines estén cubiertos de césped como si estuviésemos en Inglaterra. La cantidad de agua que necesita este tipo de jardines es enorme, y el agua es el nuevo oro. Muchas voces nos advierten de que la próxima guerra mundial tendrá como causa el “oro azul”. Para el año 2030 se estima que se necesitarán más de 2,000 kilómetros cúbicos de agua, el caudal anual de 24 ríos como el Nilo.
Tampoco le damos demasiada importancia al grifo que gotea o a que el agua siga corriendo mientras nos lavamos la cabeza o cepillamos los dientes. Sin embargo, más de mil millones de personas carecen de agua potable y más de dos mil millones no tienen acceso a redes de saneamiento.
Y, ¿por qué tenemos que comer naranjas en agosto y uvas en abril? La naturaleza, sabia, da sus frutos en determinadas temporadas. La agricultura agresiva es síntoma de nuestra codicia y una extraña necesidad de sentirnos dioses. Pero los textos antiguos ya nos advierten que el “retar a los dioses” no nos conviene: tempestades, sequías, glaciaciones, plagas, guerras… devastación.
Es hora de que la sociedad civil tome conciencia de su responsabilidad para con la tierra. Dejémonos de quejas y críticas a las empresas y administraciones y empecemos a mirar nuestros propios hábitos. Sólo así podremos exigir a nuestros gobernantes un desarrollo sostenible respetuoso con el medio ambiente.

Periodista
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