Opinión

Un hombre feliz que ha muerto


Le había dado la mano algunas veces. Nos habíamos encontrado en una celebración, una reunión de amigos comunes. Intercambiábamos la información básica de dos personas que coinciden y poco más, pero yo me sabía su historia. La sabía por otros. Como dice una amiga, en Managua todo el mundo se conoce, y nadie conoce a nadie. Todo lo sabemos por boca de otros, pero de alguna manera, nos conocíamos. Era un tipo noble.
Él no lo sabía, pero yo le descubrí en su faceta más romántica. Una noche en un lugar de ésos que prestan el micrófono a enamorados para que anuncien sus amores a los cuatro vientos. Él le cantaba una canción a ella, de la que había estado enamorado un montón de años, sin ser correspondido. No sé si fue en esa misma noche o no, pero al final ella consintió. A él le había costado una batalla. Después, cuando lo encontré en las reuniones, no podía ocultar que era el hombre más feliz del mundo.
También supe que le había costado otra batalla encontrar trabajo, como a todo el mundo en Managua, y después de mucho esfuerzo había encontrado éste de agente de venta de vehículos. El martes 6 de junio tres hombres llegaron a la empresa donde él trabajaba, a primeras horas de la tarde. Dijeron que querían comprar una camioneta y pidieron probarla. Él se fue con ellos. La Policía está investigando lo que ocurrió después, pero no es difícil imaginar que cuando los tres hombres descubrieron sus verdaderas intenciones él mostró resistencia. Debió de pensar en todo, en su trabajo, en lo que cuesta asegurarlo, pero imagino que lo primero que vio fue la imagen de su esposa embarazada y la borrosa imagen del niño que va a nacer dentro de dos meses. Era un tipo noble, ya lo he dicho, así que no es difícil deducir que es de los que luchan, porque tenía muchas cosas que defender. A lo mejor, la intención de los tres hombres era arrojarlo y llevarse la camioneta, pero al oponerse, le asestaron tres puñaladas y lo sacaron del vehículo en la pista suburbana. Un testigo lo vio incorporarse todavía, con el instinto por la vida, como para seguir defendiéndose, hasta que ya no pudo más y cayó de nuevo, entregándose con todo. La foto en el periódico me lo mostró así: una mamá pasando con su hijo apresurada a la orilla del cadáver. El niño vuelve a ver la sábana que lo cubre y la mamá parece apurarle como prohibiéndole la imagen de la muerte. Yo me quedé helado. Se me vino enseguida a la mente su mirada noble, el cariño, su timidez, así como lo recordaba brevemente. Además, había logrado alcanzar una de las cosas más difíciles de la vida: encontrarse junto a la persona que más se quiere en el mundo. Era una manera de amortiguar el horror de la imagen, para no escaparme de ella, como la mujer y el niño, para quedarme acompañándolo aún.
Desde hace años viene instaurándose esta clase de violencia organizada que se mete entre todos los sectores sociales. Hace mucho tiempo yo consideraba exagerado el miedo que había en Managua a los robos, los asesinatos. Ahora, Managua está tomando su camino hacia la violencia sorda de Guatemala o San Salvador o Tegucigalpa. Aún nos queda lejos, pero lo que sí se muestra claramente es que hay dos Nicaraguas muy distantes, esas dos que se encontraron el día que mataron a Marlon. Y está esa otra que no arriesga tanto, que no pierde tanto. Cerrar las puertas, enjaular las casas por todas las puertas, y hasta el cielo abierto de los patios, vivir como en cárceles, mirando a todos lados a la defensiva, sin espacios abiertos donde encontrarse tranquilo, donde no sentir miedo, sospechar de todo el mundo, agarrarse fuertemente el bolso, no exponerse de noche, vivir para adentro: es esta especie de locura en que hemos convertido la ciudad. En nuestros países cualquier intención común, cualquier empresa entre todos disipa algo la violencia, pero hay más Nicaraguas y Managuas cada vez más lejos las unas de las otras. La violencia, en ocasiones, hace que se choquen entre sí.
Una parte del país se juega la vida cada día, y si no se va en la enfermedad, se va en la mala muerte. Pero todas las partes están más cercas de lo que podemos imaginar. Convivimos con ello, y cualquier plan de gobierno debe tomar muy en serio, prioritariamente, amortiguar por todos los cauces esta violencia que sufren mayoritariamente los más inocentes. Está en juego la vida de la gente que queremos, incluso la de aquellos que tienen la felicidad grabada en el rostro, que la habían sudado, que la habían peleado, ésos también son víctimas, también mueren, y se llevan una parte de aquí dentro en un pellizco que no se olvida.
El dolor no tiene amigos, ni compañía, ni sombras. Sólo un tiempo que pasa, que acolcha el corazón. La ausencia corta es algo helado. No hay creación que pueda amortiguarlo y por más que lo desee ni siquiera me aproximaría a armar con palabras un abrazo que no se puede dar en la distancia. Si no fuera por la memoria, a veces no nos creeríamos que la felicidad sencilla es posible; si no fuera por la vida nueva como la de los niños, no creeríamos que el amor tiene más alcance que la muerte, que puede más que toda la violencia sorda que sufrimos.

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