Opinión

La doble moral ambiental


Campean en nuestra sociedad el mito, la hipocresía y la irresponsabilidad en asuntos del medio ambiente y la naturaleza. Hay que ser francos y llamar a las cosas por su nombre. No hace mucho escribí un artículo sobre los dinosaurios de Chococente y, aunque ninguno se ha dignado a sostener un debate público de altura con base en criterios científicos, es tiempo de que el ambientalismo conservador ocupe su lugar definitivo en el museo del pensamiento anacrónico, junto a otros muchos dinosaurios en muchos otros lugares del territorio nacional y fuera de aquí.
Suele decirse que Nicaragua es un país privilegiado por la naturaleza, muy rico en recursos naturales. Al mismo tiempo reafirman las estadísticas que Nicaragua continúa siendo el segundo país más pobre del continente americano. ¿A quién le creemos? ¿Será cierto, entonces, y no simple metáfora, que los nicas somos, en consecuencia, una suerte de mendigo sentado sobre una mina de oro?
Desde los albores de la humanidad, no se concibe la llegada a este mundo de un ser humano sin que éste, para existir, necesite de un espacio físico y de recursos que necesariamente toma de la naturaleza para satisfacer sus necesidades. Y en el camino de la evolución del homo sapiens y de la civilización que le acompaña, éste ha desarrollado la ciencia y la tecnología para transformar las condiciones del medio ambiente según sus necesidades y no al revés, como hacen los demás seres vivos.
Resueltas las necesidades básicas de la alimentación, el vestuario, la vivienda, la salud, el ser humano es un insaciable generador de nuevas necesidades, según la teoría por la cual la satisfacción de las necesidades presentes crea a su vez nuevas necesidades con el resultado de que el ser humano jamás encuentra una satisfacción total y plena de sus necesidades.
No obstante, la satisfacción de estas crecientes necesidades se realiza a través de la única vía por la cual es posible hacerlo: la actividad económica o lo que es lo mismo, de la transformación de los recursos de la naturaleza. Las prácticas económicas tradicionales, en las cuales el medio ambiente y los recursos naturales son considerados como inagotables, como una mera externalidad, son hoy cosa del pasado. La rama o actividad económica que no internaliza costos, quiéralo o no, como en el caso de los dinosaurios, está condenada a la extinción.
Pero igual están condenados a extinguirse los mendigos sentados contemplativamente sobre minas de oro. Justamente es el trabajo del hombre, al transformar los recursos de la naturaleza, lo que genera riqueza y lo que le confiere un valor al producto transformado. El árbol en la profundidad del bosque y el oro en las entrañas de la tierra no tienen ningún valor hasta tanto no aparece alguien con la capacidad para transformarlos y conferirles un valor de uso, llámese madera, mueble, techo, artesanía o valiosa joya.
La figura del mendigo en Nicaragua está condenada a desaparecer por dos vías alternas: o se muere de hambre, sentado sobre una supuesta gran fortuna que no fue capaz de aprovechar; o desaparece el mendigo al cambiar su condición socioeconómica. Creo que debiéramos optar por la segunda y más sana alternativa.
Y aunque no es cierto, como refiere el mito, que los nicas seamos precisamente mendigos sentados sobre una mina de oro, porque no es mucho lo que nos queda ya, sí puede hacerse mucho todavía para que la gran mayoría de nuestros connacionales sean liberados del pantano histórico de la pobreza, para que rompan con el entronizado círculo vicioso entre la pobreza y la degradación ambiental, y puedan entrar al círculo virtuoso del desarrollo y del bienestar con sostenibilidad económica y ambiental.
Por supuesto, toda actividad económica genera impactos sobre la naturaleza, pero la internalización de costos a la que hemos hecho referencia anteriormente es la medida compensatoria para prevenir en primer lugar, mitigar o remediar en última instancia los impactos negativos provocados. Si nos gusta la comodidad y el confort de la vida moderna, no podemos andar de hipócritas rasgándonos las vestiduras, jugando a ser inmaculados ángeles celestiales que no comen, no beben, no se visten ni necesitan un techo ni de otras cosas materiales para cumplir con su agenda celestial.

Producir alimentos demanda tierras agrícolas y pecuarias (léase deforestación); vestirse y tener un techo requiere de actividades agrícolas e industriales (léase cambio de uso de la tierra); transportarse requiere de más cambio de usos de la tierra, al construir carreteras, fábricas, establecer cultivos energéticos o explotar yacimientos de hidrocarburos. La recreación misma, el uso del tiempo libre, al que todo ser humano tiene derecho, también demanda de recursos de la naturaleza y es la razón de ser de la industria turística.
Es ésta una reflexión obligada con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente sobre la necesidad de transformar el pensamiento ortodoxo y las prácticas al estilo de los caballeros templarios del ambientalismo, para que nuestros miles de mendigos sentados sobre una mina de oro no desaparezcan a causa de la inanición, sino de transformar su condición de menesterosos por la de ciudadanos que lleven una vida digna.

La doble moral de quienes gustan lucir un anillo o un dije de oro, pero condenan la minería aurífera; la doble moral de quienes cuestionan indiscriminadamente la tala de árboles sin distinguir entre lo legal o lo ilegal, pero gustan descansar en una mecedora, escribir en una hoja de papel y utilizar más papel (el papel procede de los árboles) para asistir a los diarios menesteres fisiológicos; la doble moral del fundamentalismo ambiental es tan nociva como la moral descarnada de los depredadores del medio ambiente, al pretender condenar a miles y miles de ciudadanos a vivir en la época de las cavernas, bajo el mito de que la naturaleza y sus recursos, de la cual formamos parte, están dados únicamente para la contemplación celestial.