Opinión

Memoria de mis putas tristes


Género: Novela. Título: Memoria de mis putas tristes.
Autor: Gabriel García Márquez.
Editorial: Diana-Mondadori.
Fiel a su filosofía escritural, Gabriel García Márquez continúa contando historias con la intención de mantener a sus lectores aferrados al libro desde la primera hasta la última página y con el atractivo esencial de su voz. Ahora, después de diez años callado con respecto de novelas --recordar que en 1994 presentó Del amor y otros demonios--, Gabo lanza Memoria de mis putas tristes, texto que bien podría calificarse de novela corta, por aquello de la extensión obviamente: alrededor de poco más de 100 páginas atestadas de palabras al modo especialísimo de García Márquez.
Memoria de mis putas tristes, al parecer, quiere atisbar en el asunto de la decadencia corporal del ser humano, y desde ahí conducir a la otra debacle: la espiritual; pero el colombiano entremete con creatividad el optimismo, cuya esencia se deja ver en lo que refiere: “No hay un anciano que olvide dónde escondió su tesoro” (frase atribuible a Cicerón, según Gabriel). La novela comienza con un cumpleaños, de suyo no tan común: llegar a los 90 años con tamaña lucidez es un estadio donde no cualquiera llega, entonces plantear la vivencia a partir de esa inquietante edad representa mantener una visión de los entornos, de las atmósferas, de los ambientes y, sobre todo, de la memoria y de la nostalgia muy bien definidos; es decir, mantenerse atento a esa manera de estar en el mundo con la carga de los años.
Confieso mi expectante atención en el aspecto del desarrollo vivencial del protagonista: profesor de castellano y latín, periodista de siempre en El Diario de la Paz, hijo de la italiana Doña Florina de Dios Cargamantos, solterón empedernido poco dado a las amistades, jubilado, afecto a la disciplina más como reacción contra su negligencia que por virtud, de espíritu conciliador para no sucumbir a su ira contenida cuando sabe que no puede enfrentarse, es decir, un hombre como podría ser cualquiera de nosotros: propietario de haberes y deberes, pensando en lo hecho y aquello que ha dejado de realizar, mantiene para sí un constante estarse preguntando y contestando: soliloquio del cual saca conclusiones y revalora o desecha, lo que considera gravitante, pero como es un individuo no muy dado a la protesta, muchas veces tiene que apechugar. Don profesor y periodista Cargamantos, confeso noventañero decide festejarse regalándose una noche de amor y sexo con una doncella, sí lo oyó usted bien, el anciano, que seremos todos si es que acaso llegamos, pretende desvirgar a una adolescente. Entremezclado con su hábitat, la relación con putas y/o damiselas sexoservidoras se da naturalmente en el ambiente pintado por García Márquez, de tal manera que se observa cual acontecer cotidiano, así las cosas, nuestro protagonista acuerda con Rosa Cabarcas, alcahueta --que le había hecho ya algunas gestiones-- la consecución de una nínfula (virgen) para ser su objeto sexual. Rosa logra conseguirle al nonagenario --con quien ya asistimos por medio de sus propias reflexiones y andares por el territorio delineado a la manera gabrielana: paisaje tropicaloso que hace eco a la voz colombiana-- su regalo, y le prepara el terreno para que el periodista haga de las suyas, sólo que él nunca percibirá los límites del deseo, ni su enamoramiento de la muchacha que lo aguarda en el dizque discreto cuarto dispuesto por Cabarcas.
Memoria de mis putas tristes hace un recuento quizá generoso de alguien que se tomó la molestia de resguardar sus aventuras sexuales con prostitutas, intercalando entre ellas el sentimiento que le ha sido conferido en su paso por este mundo. La narración de García Márquez no abandona en ningún momento al lector, quien es conducido por el viaje del enamoramiento con la sabrosa fraseología: rica en matices, colorida, desparpajada. Aquí Gabriel vuelve a la carga: refocilar la senectud, tal vez vejestud, con dosis de esperanza, como a sabiendas que se necesita un oasis en el largo --o corto-- camino que nos depara el destino. Los ejemplos de la ancianidad tratada por Márquez en su obra están referidos en otras novelas de su autoría, desde Cien años de soledad, pasando por El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera y El Coronel no tiene quien le escriba, tal pareciera una temática recurrente, sólo que cada una de dichas novelas posee un universo propio, distinta una de otra. En el caso de Memoria de mis putas tristes, el deseo siempre presente en el hombre, funciona a modo de dínamo: verificar cómo a los noventa años aún la vena carnal permanece activa, resulta vivificante, misoginias aparte que pudieran considerarse por lectoras lastimadas en el tratamiento de las mujeres que aquí se mueven, serían irrelevantes, por cuanto el asunto mencionado fue así consignado, porque de esa forma son las cosas y creo nadie puede negar, o sea, García Márquez cuenta, simple y llanamente, cómo debe contarse la vida, que ése es trabajo de la literatura.
Quien dijo que la novela está feneciendo, de seguro habrá echado una bravata, porque Memoria de mis putas tristes es ejemplo diáfano de su vitalidad. Literatura, pues, querida como accesible, reconocida y alcanzable, gozosa pieza que se lee como se come un mango: embadurnándose.