Opinión

Comparaciones y desviaciones en las críticas al Código Da Vinci


A estas alturas, las críticas al Código Da Vinci (en adelante el Código) constituyen una mina de falacias. Analizaremos algunas de las más útiles para los propósitos de esta columna.
Leí el libro, vi la película y disfruté de ambas cosas. La vida es un inmenso rompecabezas, y quienes arman rompecabezas saben que no hay piezas irrelevantes en ese juego. Desde esta perspectiva, el trabajo de quienes buscan participar en el “armado” intelectual del rompecabezas de la historia no es presumir de “elevado” y despreciar la cultura de masas, sino dejarse intrigar por cualquier cosa que pueda ser una pista para encontrar o crear el sentido de la realidad. Y la reacción popular a la novela de Dan Brown puede ayudarnos a entender algunas de las necesidades de la humanidad en el fascinante siglo en que vivimos.
Comparaciones equivocadas
Una de las falacias más comunes en la evaluación de libros, composiciones musicales y obras de arte consiste en utilizar estándares de medición de calidad que no corresponden a la naturaleza del trabajo que se evalúa. Un ejemplo: decir que la música de Carlos Mejía Godoy es mala porque no suena como la de Mozart.
Sergio Ramírez hace una evaluación del Código basada en una desacertada comparación cuando concluye que la novela es “un acto fallido de imaginación que desprecia toda sutileza y toma cuerpo de patraña”. A esta conclusión llega Ramírez después de comparar a Dan Brown nada más y nada menos que con Víctor Hugo. Dice Ramírez: “Novela espléndida la de Hugo, mientras esta otra de Dan Brown apenas alcanza a llegar al quicio de lo que llamamos literatura” (LP, 20/04/06). Equivalente: la música de Camilo Zapata es mala porque no suena como la de Bach.
Otros critican a Dan Brown y su novela utilizando estándares propios de la evaluación de un tratado histórico. El Código es una obra de ficción y, más concretamente, un “thriller”. Un “thriller” es un género de literatura popular o de entretenimiento que simplemente busca generar tensión y suspenso en los lectores, casi siempre mediante la narración de un crimen.
Humberto Belli utiliza estándares de evaluación equivocados cuando critica al Código como si se tratara de un libro de historia: “La novela mezcla realidad y ficción, y al final no se sabe dónde están las fronteras entre los hechos verídicos y los hechos inventados, de manera que un lector que conozca poco la historia puede llegar a conclusiones falsas” (LP, 17/05/06). Miguel Obando Bravo --quien confesó que se ha desvelado leyendo el Código--, comete el mismo error cuando se queja de Brown porque su libro contiene “puras medias verdades que son peores que las mentiras completas” (END, 12/05/06). Lo mismo hace Roberto Rosales, el Director de Opus Dei en Nicaragua, cuando lamenta que el Código está lleno de “verdades a medias” (END, 10/05/06). Y para salir de Nicaragua, anotemos las declaraciones del Cardenal Tarcisio Bertone, Arzobispo de Génova y segunda persona en orden de importancia de la Congregación para la Doctrina de la Fe antiguo Santo Oficio: “Es una gran y absurda deformación de la historia, repleta de mentiras baratas” (http://www.opusdei.es/). ¿Baratas? Casi 250 millones de dólares fueron recaudados el día del estreno de la película basada en la novela.
Aclaremos el embrollo creado por los críticos del Código y repitamos lo que con justificada exasperación señalan los voceros de la Editorial Umbriel, distribuidora de la edición castellana del Código, ante la hemorragia de comparaciones equivocadas desatadas por la novela: “No se trata de alta literatura y no se pretende tampoco que se considere como tal. Es un “thriller” comercial. Y como tal tiene que ser valorado. En este sentido, es verdaderamente brillante, con el suspenso bien llevado, los temas bien escogidos y los personajes aún mejor. Y así lo demuestran las ventas”
(http://www.elmundo.es).
Desviaciones y desplazamientos
Otras críticas al Código constituyen falacias de “desplazamiento”. Son críticas mal dirigidas que consciente o inconscientemente evitan atacar la verdadera causa del malestar que en muchos provoca la novela.
Fuera del campo de la lógica (ciencia del buen razonamiento), los sociólogos hablan del “desplazamiento del objeto del conflicto” para describir un fenómeno similar al que analizamos: el empleado que es maltratado por su jefe en una reunión regresa a su oficina y le da una patada a su escritorio porque no puede, o no quiere, patear a su patrón. Los críticos del Código --sobre todo los religiosos-- atacan a su autor y a la novela cuando en realidad lo que quisieran hacer es patear a los lectores que no sólo la compran y leen, sino que después pagan para verla en la pantalla. Algunos hasta están dispuestos a tomar un avión, viajar en masa a Europa y visitar los lugares mencionados por la novela.
El problema de la Iglesia Católica no es Dan Brown ni lo que dice su novela. Hay libros que son mucho más sofisticados e infinitamente más explosivos que el Código. El problema de la Iglesia es que el libro de Brown capturó la imaginación del mundo. Es decir, lo que enfrenta la Iglesia no es un problema académico provocado por las “imprecisiones” históricas de Brown, sino un problema sociológico y político que se refleja en la decisión voluntaria y consciente de 45 millones de personas de comprar y leer una novela que invita a los lectores a dudar de los dogmas sobre los que se sostiene el poder del Vaticano. Lo que teme la Iglesia, en las palabras del maestro Onofre Guevara, es que “la gente conozca su contenido [el de la novela] y lo discuta; temen que la gente ejercite su pensamiento crítico e investigador” (END, 23/05/06).
Si el problema de la Iglesia fuera el Código y no la compra masiva de esa novela, los jerarcas del Vaticano tendrían que haber organizado ya una cruzada para quemar todos los ejemplares del magnífico libro de James D. Tabor publicado hace pocos meses en inglés con el título The Jesus Dynasty. Esta obra, escrita por un experto en estudios bíblicos, arqueólogo y director del Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de Carolina del Norte, ofrece una seria, respetuosa y audaz interpretación del Jesús histórico que incluye: posibles explicaciones sobre quién pudo haber sido el padre de Jesús; el papel político-religioso de los hermanos de Jesús; el judaísmo de Jesús; la desaparición del cadáver de Jesús; la construcción de la divinidad de Jesús y otros temas.
La Iglesia no protestará contra el libro de Tabor, porque sabe que se trata de un trabajo académico que será leído por centenares o, con suerte, unos cuantos miles de lectores; no cincuenta millones. Y que nadie lo dude: Benedicto XVI será uno de esos lectores.
Un acto masivo de imaginación
Detrás de la respuesta del mundo al Código se oculta un esperanzador y brillante acto de imaginación colectiva; un raro desborde de curiosidad sociológica y teológica; una masiva disposición a dudar, pensar y explorar la identidad de Jesús y los orígenes de la Iglesia Católica. Esta nueva “rebelión de las masas” horroriza al Vaticano.
Si las masas desarrollaran su capacidad crítica y su imaginación descubrirían la posibilidad de vivir una fe que no está reñida con la inteligencia; una fe adulta; una fe que puede crecer con el conocimiento que día a día adquirimos sobre la identidad de Jesús y la construcción del cristianismo.
Y si las masas salieran de su letargo encontrarían que la fe razonada no es enemiga de la verdad histórica. La verdad histórica solamente es enemiga de las manipulaciones de la fe que se expresan en disparates como el principio de la infalibilidad papal o los dogmas de María (María madre de Dios, año 432; la Virginidad Perpetua de María, año 649; la Inmaculada Concepción, año 1854; la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, año 1950). Resulta irónico que quienes imponen estas increíbles ideas sobre la humanidad se horroricen frente a las fantasías de Dan Brown.
La verdadera fe es antidogmática y se enriquece con la verdad que día a día crece y se alimenta del desarrollo de la ciencia, la tecnología y descubrimientos como el de los rollos del Mar Muerto o, más recientemente, del Evangelio de Judas. Mañana podríamos descubrir la tumba de Jesús y sus restos. Si eso pasara, el cristianismo dogmático llegaría a su fin. Pero el cristianismo fundamentado en una fe viva y razonada sabría asimilar ese nuevo conocimiento y celebrarlo para seguir construyendo un mundo fundamentado en el amor a ese Dios que Jesús nos enseñó a buscar en el prójimo.
La verdadera fe, entonces, no necesita del Jesús mago que camina sobre las aguas. Ni siquiera lo necesita resucitado, porque su mensaje es eterno. Un cristianismo vivo celebraría la humanidad de un Jesús enloquecidamente enamorado de su María de Magdala. Porque Jesús, como dice el brillante teólogo católico Hans Küng, nos ofrece dos cosas esenciales: un modelo de vida y una manera de entender la idea de Dios. El resto son detalles.