Opinión

Montenegro, el doble rasero y la Europa tribal


La separación de Montenegro de Serbia cierra un capítulo más (con Kosovo de fondo) de unas de las páginas más negras de la historia europea reciente, como ha sido la disolución y muerte de la República Federal de Yugoslavia. Alentada por Alemania y el Vaticano y apoyada por los otros miembros de la UE, la República Federal se desgarró en sangrientas guerras étnicas como no se habían visto desde comienzos del siglo XX. La propaganda occidental demonizó convenientemente y hasta el extremo a Serbia, acusándola de todo aquello que, por debajo, atizaba y alimentaba con dinero y armas. El episodio culminante fue la guerra de agresión lanzada por la OTAN en 1999, con los mayores bombardeos sufridos por país alguno en Europa desde la II Guerra Mundial.
Unos bombardeos de los que fue excluido, perversa y deliberadamente, el territorio de Montenegro, con el propósito no declarado de utilizar ese factor para hacer ver a los montenegrinos que eran considerados distintos de los serbios y, por tanto, potenciales aliados de la OTAN. Desde entonces empezó a cobrar fuerza el separatismo, que la UE --a diferencia de otros casos--no ha querido desalentar. Por el contrario, la decisión de suspender las relaciones con Serbia, dos semanas antes del referéndum, lanzó una señal clara de que Serbia seguía siendo un “problema” en Europa. Si algo necesitaban los independentistas para mover a los indecisos era una señal de ese tipo.
No reconoce el Derecho Internacional un derecho indiscriminado a la libre determinación. Este principio fue acuñado, en Naciones Unidas, con el objetivo esencial de poner fin al colonialismo y permitir el acceso a la independencia de los países y pueblos en situación colonial. No había ni hay en este principio elementos que se sustenten en criterios étnicos o lingüísticos. La razón es simple. En este planeta se hablan más de 6,000 lenguas y dialectos que, si fueran sustento suficiente para pedir la independencia, llevarían a la destrucción de la casi totalidad de los estados del mundo. De ahí que, frente a las veleidades separatistas fundamentadas en el etnicismo, el Derecho Internacional opone el principio de la integridad territorial del Estado, mismo que esgrime Rusia frente a Chechenia y España frente a sus propios separatismos.
Pese a ello, Occidente no ha dudado en aplicar el criterio étnico para justificar la desintegración de Yugoslavia y continuar haciéndolo con su último Estado, guardando en la recámara a Kosovo como último cartucho. Pero ésa es una vía peligrosa, toda vez que la política de doble rasero de la UE abre las puertas a una Europa tribal, como prueba la emoción que ha despertado en los partidos separatistas de buena parte de Europa el referéndum en Montenegro. ¿Por qué contra Serbia sí y en la propia casa no? No hay, roto el Derecho Internacional, nada que impida, salvo la fuerza y la coacción política, abrir las puertas a procesos interminables de separatismo tribal.
¿Qué habría pasado en Montenegro si la UE hubiera seguido el ejemplo de Bill Clinton cuando, en octubre de 1999, advirtió en Montreal a los separatistas quebequeses que pensaran “dos veces antes de una ruptura en tiempos de globalización”? Dado que EU recibe el 90% de las exportaciones de Canadá (y Québec), la señal era clara. Si tal hubiera ocurrido con Montenegro, el resultado habría sido distinto. Sin embargo, la UE parece decidida a aplicar a Serbia el vae victis. ¿Actuará igual en los demás casos pendientes o en los que puedan surgir, siguiendo el modelo de Montenegro? ¿Lo haría en el artificial Estado de Bosnia-Herzegovina, si los serbios deciden separarse? Luego esperan Abjasia y Osetia del Norte, Nagorno-Karabaj, Escocia, África, los movimientos indígenas en Latinoamérica que hablan de libre determinación… ¿Dónde estará el fin?

* Profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid
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