Opinión

El modelo sueco de desarrollo y bienestar


Usualmente se dice que el desarrollo, en tanto que es modelo de crecimiento económico y democracia electoral, tiene su mejor expediente en países industriales que hasta ahora se han beneficiado de una relación de intercambio comercial desigual con los países del tercer mundo y de un creciente drenaje de excedentes financieros a través de la banca, la especulación y el endeudamiento. De tal manera que países desarrollados y subdesarrollados mantienen una relación de suma cero, donde el bienestar de unos crece a medida que disminuye el de otros.
Sin embargo, existen países que no habiendo sido ni colonialistas ni colonizados y habiendo mantenido relaciones comerciales principalmente con países desarrollados, han alcanzado un nivel de crecimiento y bienestar como ningún país capitalista o socialista en toda su historia: me refiero particularmente a Suecia. En las últimas décadas parece ser que las cosas están cambiando aceleradamente en Suecia a medida que avanza la ofensiva neoliberal. Algunos analistas internacionales, incluso, predicen que el modelo sueco será pronto una reliquia del pasado. En todo caso, quisiera entregarles, aunque sea a modo de testimonio, mi apreciación del famoso modelo sueco.
Desde mis años juveniles me interesé por este modelo. La necesidad de recoger dinero para el invierno me llevó a trabajar durante el verano en astilleros, hospitales, restaurantes o escuelas de secundaria, en diversas ciudades suecas, tales como Estocolmo, Gotemburgo o Upsala. A decir verdad, mi primer contacto con Suecia fue más bien frívolo que académico. Supe de Suecia después de conocer a una amiga cortando fresas en una cooperativa de verano del norte de Inglaterra.
Por ser estudiantes extranjeros, casi no pagábamos impuestos por trabajar en Suecia. No tenía conocimiento de mi cotización hasta que un año después de regresar al sur, me enviaron un cheque de USA de 120 dólares, con una nota explicativa por parte del fisco sueco: “Debido a su corta estancia en nuestro país, la sociedad no ha tenido tiempo de regresarle en servicios sociales lo que usted cotizó”. Los siguientes veranos me interesé más por aquella sociedad que no solamente no se parecía en nada a Nicaragua, sino que tampoco se parecía al resto de países europeos.
No había desempleo, tampoco pobreza, los niños comían en la escuela, gran parte de la gente salía de vacaciones al extranjero, la mayor parte de los jóvenes hablaban inglés, la salud y la pensión estaba garantizada para todo mundo, los jóvenes de la ciudad y del campo tenían acceso a libros y discos prestados por las casas comunales. Las ciudades suecas eran tan limpias que al regresar a clases encontraba sucias las ciudades alemanas, ya no digamos las francesas. Confieso que como ciudadano de rasgos indígenas bien marcados nunca sentí menos discriminación que durante mis veranos en Suecia.
Comenzaba a meterme en política y como mis estudios estaban relacionados con las constituciones de los diferentes sistemas políticos, me propuse estudiar la Constitución Política sueca. Como todos los jóvenes de aquella época, nuestra cultura política estaba más motivada por los problemas del cuestionamiento al poder que de la estrategia para administrarlo. El socialismo de estado nos decepcionaba por la falta de democracia, pero lo que llamábamos socialismo color de rosa, refiriéndonos al modelo sueco, nos parecía lejos de lo que entendíamos por socialismo. La gran diferencia entre el socialismo de Estado y el modelo socialdemócrata sueco se basaba en que el primero se proponía un cambio a través de la nacionalización de la propiedad, mientras que el segundo lo hacía a través de la distribución social de los excedentes. La verdad es que ni el radicalismo situacionista de origen anarquista que respirábamos en el parisino mayo del 68 pudo impedirnos juzgar las cosas con ojos tercermundistas.
En todo caso, la solidaridad internacionalista de los gobiernos socialdemócratas y de los ciudadanos suecos en general era digna de respeto, a juzgar por su comportamiento solidario con la lucha contra el Apartheid en Sudáfrica, contra la intervención y bombardeo norteamericano en Vietnam o contra la represión pinochetista en Chile después del golpe de Estado a Salvador Allende; esto último lo corrobora un texto sobre la solidaridad con Chile, escrito por la actual embajadora de Suecia en Nicaragua.
Hoy recuerdo todas esas cosas, porque he estado recibiendo mensajes sobre la inminente desaparición del modelo sueco por parte de críticos neoliberales. Críticas que arrancan con la crisis de ganancia de las empresas capitalistas y con el mayor peso que adquieren los grandes consorcios transnacionales, en fin con la arremetida de la globalización capitalista de carácter neoliberal, aun en los países escandinavos.
En todo caso, pase lo que pase, llama la atención que un país de ocho millones de habitantes y del tamaño un poco más de tres veces que el nuestro haya alcanzado un nivel de vida tan impresionante, hasta situarse entre los más desarrollados, equitativos y participativos del mundo, situación que no era evidente a comienzos del siglo pasado. Todavía en el período entre las dos guerras mundiales Suecia era un país atrasado, dependiendo de exportaciones primarias, con una gran población rural y con bastante pobreza, habiendo tenido que desprenderse de la cuarta parte de su población que migró hacia los Estados Unidos.
En Suecia la mayor parte de la fuerza laboral está constituida por obreros y obreras, mientras que los trabajadores por cuenta propia son una minoría insignificante, es decir, todo lo contrario o inversamente a lo que sucede en América Latina. Además, el 90% de los trabajadores se encuentran organizados en sindicatos, el desempleo no pasa del 2% y una buena parte de los pequeños productores está organizada en cooperativas. Más del 80% de las personas entre 16 y 65 años pertenece a la población activa. Los convenios colectivos y la legislación laboral garantizan la participación de los trabajadores en la dirección de las empresas a través de los consejos de empresas, el derecho a salud y pensión alcanza a empleados y desempleados. Los trabajadores tienen derecho a cinco semanas de vacaciones pagadas y la jornada laboral es de 40 horas por semana. Los salarios de las mujeres alcanzan más del 85% del promedio del salario masculino.
El Estado controla las empresas o instituciones de servicios públicos, como agua, gas, electricidad, hospitales, farmacias, centros de educación, ferrocarriles, ron, tabaco, correo, teléfono, radio y televisión. Por su parte, las cooperativas, empresas comunales y de los trabajadores ocupan un lugar relevante en la construcción de viviendas y en el comercio y consumo al detalle. La carga tributaria alcanza el 56% del Producto Nacional Bruto (PNB) y el impuesto a la ganancia sobrepasa el 50%, aunque hay muchas exenciones concedidas a las empresas para estimular la inversión.
El gasto público sobrepasa el 60% del PIB, una tercera parte en asignaciones sociales, otra tercera parte a servicios públicos y el resto a actividades de defensa, administración e infraestructura. A pesar de todo lo dicho, la empresa privada controla el 90% de la actividad productiva, incluyendo el sector cooperativo.
De acuerdo con los estudiosos del modelo sueco, la explicación de tanto éxito estriba en la fuerza de los sindicatos obreros, la intervención del Estado (en la distribución de la riqueza, la educación laboral y la participación de los trabajadores en la vida pública y empresarial) y la concertación entre las diferentes fuerzas políticas, particularmente entre socialistas y liberales. Habría que agregar como un rasgo muy virtuoso del modelo sueco la democratización de las relaciones de género en todos los aspectos.
Los socialistas han estado la mayor parte del siglo XX en el gobierno, y la política exterior sueca ha sido de un estricto no alineamiento internacional, habiéndose mantenido neutral en las principales conflagraciones internacionales. En los últimos 500 años Suecia nunca fue un país ocupado ni colonizado; puede decirse asimismo que tampoco se enriqueció con sus posesiones coloniales, efímeras e insignificantes, como es el caso de la pequeña isla de San Bartolomé en el Caribe.
Pienso que no es ocioso debatir por qué este país ha podido lograr tal nivel de bienestar social, independientemente que dicho modelo comience a debilitarse, como lo dicen algunos agoreros (nuestros datos son de la década del 90), e independientemente de las particularidades y condiciones que existen en países como Nicaragua y Suecia.