Opinión

El legado de Ethan Hunt


Moisés Elías Fuentes
Creada como serie para la televisión por Bruce Geller en la década de 1960, Misión: Imposible fue uno de los vehículos de propaganda anticomunista más efectivos que tuvo la Guerra Fría, con un grupo creativo profesional, directores solventes, actores fogueados y un staff técnico sólido. La primera versión de la teleserie duró siete temporadas, de 1966 a 1973, a diferencia de la segunda versión, que mostró los deterioros provocados por la demasiado larga confrontación entre las superpotencias, y se mantuvo únicamente de 1988 a 1990.
Para reactivar la otrora exitosa franquicia y transformarla en una saga cinematográfica, Tom Cruise y sus coproductores reclutaron a un equipo de guionistas, técnicos, músicos, actores y directores de primer orden, con los que limpiaron la serie de la vetustez y las telarañas ideológicas heredadas de la Guerra Fría, y no sólo la actualizaron, sino que le dieron la oportunidad de volverse auto-referencial, irónica, contestataria e incluso auto-paródica.
En efecto, la primera entrega de la saga, dirigida por el legendario Brian De Palma en 1996, reseña el “desempleo” de los agentes secretos a raíz de la caída del muro de Berlín, mientras que la segunda entrega, dirigida por John Woo (para muchos un autor de culto del cine hongkonés), aborda el asunto de las armas biológicas, cintas en las que los directores se permitieron excesos delirantemente deliciosos que han hecho que la saga tenga un nuevo público cautivo y contemporáneo.
Se barajaron los nombres de David Fincher y Joe Carnaham para dirigir la tercera y última entrega de la saga, pero al fin Misión: Imposible III (Mission: Impossible III, EU 2006) ha sido realizada por el debutante J(effrey) J(acob) Abrams, realizador procedente del medio original de la franquicia, la televisión (Abrams es uno de los creadores, coproductor y ocasional guionista y director de teleseries exitosas, compactas, aunque fascistas y maniqueas como Alias y Lost), que le aporta a la saga esta nueva concepción de los agentes secretos como personas que deben estar lidiando permanentemente con su doble vida, la de “terroristas” autorizados y la de gente de familia, a contracorriente de los agentes de antaño, que vivían en una eterna fiesta, con mucha acción, mujeres hermosas y dispuestas, y mucho glamour (no es gratuito que buena parte de la acción de la cinta transcurra en sótanos, fábricas abandonadas, departamentos oscuros y cuarterías de mala muerte).
Misión: Imposible III es el cumplido homenaje-tributo que hace el debutante Abrams al cine que se ha nutrido de la televisión que se ha nutrido del cine. Abrams atinó al no violentar la estructura básica de la saga tal y como lo establecieran De Palma y Woo, inclinándose mejor por el desarrollo de un discurso vertiginoso apoyado en una excelente recuperación de efectos de sonido, de luces y de edición, que remiten a la televisión y el cine de espías de las décadas de 1960 y 1970. Como si fuera poco, Abrams y su equipo decidieron incluir el tema musical original compuesto y dirigido por el maestro argentino Lalo Schiffrin, en lugar de invitar a músicos contemporáneos a que realizaran su performance del mítico tema (en la primera cinta fueron Adam Clayton y Larry Mullen, de U2; en la segunda, Metallica).
Un acierto que debe atribuírsele a Tom Cruise es el equilibrio en la elección de actores: las cintas de la saga M: I ha contado con actores espléndidos como Jon Voight, Jean Reno, Kristtie Scott Thomas o Anthony Hopkins, y la tercera entrega se puso de lujo con la presencia de Ving Rhames, Laurence Fishburne y Philip Seymour Hoffman, score de lujo para sacar avanti una cinta donde, como debe de ser, la anécdota es lo de más y lo de menos: lo de más porque sostiene el interés del público y le da coherencia a la narración, lo de menos porque sus resoluciones están resueltas de antemano por la cantidad de citas al cine de espías, de El beso mortal de Robert Aldrich al Ronin de John Frankheimer, y aun Colateral de Michael Mann (filme esencial porque se asoma a la vida de un “Ethan Hunt” retirado).
Abrams se revela aquí un artesano cumplidor, que equilibra la acción acelerada (la persecución automovilística por Shangai es un alarde de virtuosismo), con la angustia del thriller puro (el prólogo es de antología), y logra en ese sentido un cinta de espionaje trepidante influida por igual del xbox que del tour de forcé a la historia presente, incorporada a través de la breve pero contundente declaración de uno de los criminales, que no es terrorista ni renegado, sino un agente de la Impossible Mission Force que tranquilamente declara que venderá la “pata de conejo” (maravilloso McGuffin en la tradición hitchkcokiana) para justificar la invasión de algún país del mundo islámico, y continuar la tradición estadounidense de destruir para reconstruir. Esa simple y llana declaración hace girar la cinta, la convierte en algo presente, visible, verificable más allá de lo cinematográfico. La realidad también invade a la ficción.