Opinión

Punta de flecha


- Y bien, así se morían nuestros antepasados hace seis mil quinientos años - dice el guía de las huellas de Acahualinca: restos arqueológicos junto al lago, en medio de uno de los barrios más pobres de Managua. Huellas de una muchedumbre que huía de una erupción volcánica, cuyas pisadas quedaron marcadas cuando la lava se solidificó sobre ellas. Nadie supo si al fin la lava les alcanzó en la carrera. Algunas huellas más hondas que otras, de gente que cargaba niños o enseres; algunas pequeñas, de niños que podían correr junto a animales que también huían.
- Oiga, pero según he leído, parece que se ha demostrado que era gente que caminaba buscando comida solamente. Todo eso que usted dice son viejas teorías sin ningún fundamento- Éste era el visitante ilustrado que se sabía de memoria todos lo datos de Acahualinca, salvo los que el guía les explicaba, que no los había encontrado en ningún folleto o libro serio sobre el tema.
-Y acá, al lado –prosiguió el guía-, el último hallazgo del profesor Handerbilt: esta punta de flecha que, además de instrumento de caza, servía como ornamento funerario, una especie de compañía del hombre hacia el más allá. Surcar lo desconocido con las armas de lo conocido. ¿Vano intento verdad? Y ahora, si ustedes miran en perpendicular, hallarán el lugar donde el profesor encontró un mazacote que parecía una pequeña vasija o un resto de armas. Sin embargo, las radiografías a las que se sometió el objeto mostraron algo sorprendente: se trataba de un órgano humano: un corazón extraído de su cuerpo y recubierto con una capa de arcilla que se había mantenido necrosado, pero intacto, oculto en la masa de tierra. Luego se le hicieron otras pruebas para saber más acerca de aquello que era la primera vez que se veía. El profesor buscaba cómo confirmar si se trataba de una costumbre de la época.
Mientras realizaban los estudios del corazón, se dieron cuenta de algo más grande que yacía un poco más al lado, casi en paralelo al lugar del corazón. Unos fragmentos óseos. Se los llevaron en un saco a un laboratorio de México y ensamblaron nuevamente el cuerpo sobre una camilla. Se trataba del esqueleto de una mujer. Dos costillas del pulmón izquierdo presentaban sendas fracturas exactamente en la misma dirección del corazón. Se concluyó que el corazón recubierto de arcilla había pertenecido a la mujer indígena. Seguramente, se lo habían arrancado después de que ella estuviese muerta. Unas semanas más tarde, llegaron los resultados del análisis al viejo corazón de tierra. Tenía en su aurícula derecha una hendidura leve, pero suficientemente aguda para dejarle señal para siempre. Por el tamaño y la profundidad de la misma, se dedujo que se trataba de una herida producida por una punta de flecha, y se dedujo sin necesidad de más estudios que era la misma punta de flecha enterrada la que le había causado la herida a esa mujer. La imaginación de los arqueólogos no tiene límites, y el profesor Handerbilt tenía la corazonada de que si seguía excavando en la zona aledaña al costado de la mujer, hallaría los restos del cuerpo del hombre, y más que probablemente su asesino.
-Disculpe la pregunta – interrumpió otra vez el visitante ilustrado -. ¿De qué fuente ha sacado usted semejante historia? ¿Está seguro de que todo eso que cuenta es verdad?
-Señor, yo creo en lo que digo –respondió el guía con seriedad-. ¿Seguro? Tan seguro como se pueda estar de algo que sucedió hace más de seis mil años. El cuerpo del hombre no lo encontraron. Desgraciadamente, las obras se dieron por terminadas, ya que a ese lado, las tuberías en mal estado que se conectaban al edificio de telecomunicaciones le cerraban el paso a la sagacidad del profesor, y había un riesgo enorme de perder las huellas de nuestros antepasados.
Como ven, no hay momento de la historia en que no quede algún crimen sin resolver –concluyó el guía, con una frase acostumbrada.
Otro de los visitantes, que no había hablado antes, agregó espontáneamente:
-Ni tampoco una historia de amor-. Y se quedó mirando hipnotizado aquella punta de flecha.
Barcelona, agosto 2005
franciscosancho@hotmail.com