Opinión

El Espíritu Santo


Residiendo en Las Peñitas, Poneloya, recibí unas visitas que me preguntaron para qué tenía un tronco de madera como centro de las sillas y mesa donde me siento a leer; la verdad es que un día me levanté antes del alba, y como guiado caminé por la playa, encontrándome el tronco de madera, cuando lo vi sentí que me lo tenía que llevar a la casa, los vecinos preguntaban: “¿Amigo, se mira buena esa leña?”; contestándole yo otra de mis ocurrencias: “Éste es mi amigo”. Llevándole a casa me dice Andrés (pescador y buen servidor de este servidor): “Se mira seco por fuera y grueso por dentro, ta’ bueno para la leña”; contestándole yo: “Éste es mi amigo, cuando me vaya guárdalo, que nadie lo maltrate, si acaso te preguntas cómo usarlo, puedes recostar tus pies sobre él cuando estés cansado, así como lo estoy haciendo ahora”. Incluso le escribí un poema. Ese tronco estaba ahí para mí, nunca lo dudé, porque eso fue lo que sentí, un regalo al cual no podía decir NO.
El método empírico del conocimiento se basa en la suspicaz observación de hechos (Ejemplo: Premisa1: “Está nublado”. Premisa 2: “Hemos aprendido que --regularmente-- después de nubes oscuras viene la lluvia”. Resultante: “Hey, lo más seguro es que llueva”). Las teorías científicas desarmaron un rompecabezas, para comprender mejor y luego volver a armar, lo mismo que hacemos por curiosidad algunos “ociosos” cuando queremos reparar un equipo electrónico con tan sólo el sentido común, cuando --por fin-- lo logramos, decimos: “Lo hice a mi manera, aunque se mira medio chueco, pero no se nota”. Así es la tecnología, pura magia de efectos, empezando por la clonación y terminando por la utilización del término “inteligencia artificial”. Es decir, imitar.
Parto a describir lo que los cristianos denominan el Espíritu Santo. Antes, un concepto: *Contemplar: Mirar con interés, atención y detenimiento. Reflexionar detenida e intensamente sobre Dios, sus atributos divinos y los misterios de la fe.
Como afirmé en el párrafo anterior, la cadena es inmensa, psicólogos le llamarían introspección conciente, los matemáticos “el estudio de la variable”, los artistas plásticos e intelectuales, la estética absoluta; los músicos, armonía absoluta, y los ateos, negatividad absoluta. La vida contemplativa es aquella practicada por personas que atentas siempre están a los acontecimientos de la naturaleza de las cosas, dándole un valor distinto a lo que ocasionalmente le dan las personas ordinarias. ¿Quién no ha tenido un momento de esos? Pudo ser la promoción del hijo, el casamiento de una hija, el parto del primer hijo, el beso de despedida del hijo al padre, las milésimas de segundos de una carrera de natación, el gol en un partido de soccer, en fin, todo lo que nuestra mente logre fotografiar, produciéndonos emociones que se quedan como cicatrices en forma de memorias, el placer mismo del vivir. El primer gran amor, la ocasión del sillón, aquella donde la esposa orinó en el bosque, la vez que quedaste varado en la madrugada, la muerte de la abuelita; es decir, todo puede ser cualquier cosa, sin embargo, la vida contemplativa se enfoca no sólo en el interior como se aparenta, sino el afuera, cargando el adentro un peso de conciencia emotivo activo en desarrollo espiritual constante.
El Espíritu Santo, por su parte, se entiende como una presencia que se ha querido explicar por medio de la parasicología e incluso por estudios paranormales (UFO´s). Fuego, aire, agua y tierra (con todo lo que hay en ella, incluyéndonos nosotros) constituyen el Espíritu Santo, material e ideológicamente hablando. Cuando hay un silencio absoluto decimos: “Va llover, o va temblar, o algo malo va a pasar”. Sabemos que la vida está compuesta de estos elementos químicos y espirituales; por lo que el conocimiento empírico puede absorber --por medio de los sentidos-- el mensaje. El aire avisa la aparición de la presencia, el agua manifiesta la renovación, el fuego consume, y la tierra contiene el resto.
Recordando al rey David en su travesía contra Goliat, lo más seguro es que haya sido la presencia del Espíritu Santo la que manifestara la Comunión para darle sentido a la balanza de aquella batalla. Los católicos --también-- le simbolizan por medio de una paloma, la misma que cuando ganó doña Violeta le prepararon para que soltase en signo de paz, y la misma que por sí sola se postró sobre el hombro de Fidel Castro cuando pronunciaba su discurso declarando a la revolución cubana triunfadora sobre el régimen de Batista.
Mateo 12, (30-32) explica sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo, donde una sentencia absoluta encontramos: “Al que diga una palabra contra el hijo del hombre se le perdonará; pero el que hable en contra del Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni el futuro”. Es decir, que la presencia de esta especie de ente, define el misterio mismo de la existencia. El mismo que puso en cinta a María. El meollo es ¿cuántas veces hemos sido testigos de este fenómeno y no nos damos cuenta?, a veces preferimos llamarle cosas del demonio por la extrañeza de la sensación, y sentimos miedo, cuando en verdad es la fuerza del Espíritu que logra estremecer nuestra mente vanidosa y egoísta, la cual rápidamente reacciona de la manera soberbia posible, nunca admitiendo los signos de los cuales nos hemos pasado quejando, que nunca llegan, y en verdad llegan. La Santa Trinidad, la imagen del Padre, el Hijo; pero más que nada el Espíritu Santo, es lo último que no podemos dejar morir, el Espíritu de la perfección, del orden y la justicia. El respeto. El amor. La comunión de los hombres. Desde la chispa al siniestro, de la gota al diluvio, del soplo al huracán y de una piedra a los planetas.