Opinión

El nombre del candidato


Tal vez en las próximas elecciones en Nicaragua, el nombre del candidato sea más importante que en ocasiones anteriores. Por lo menos parece ser ahora más representativo que el mismo nombre del partido o la tendencia política que representa. Dentro de las dos principales fuerzas del país han surgido diferentes opciones que se originan en diferencias internas a su vez. Recuerdo que en un mercado, oí por primera vez aquello de: “Soy sandinista, pero no danielista”. Se trataba de una discusión entre un vendedor de quesos y un comprador. El hombre que compraba se quedó mirando el cartel de la foto del eterno candidato y expresó su opinión diciendo que él quería que ganaran los sandinistas, pero no Daniel, y parece que le dolía no tener otra opción. Eso fue en aquellas elecciones. Luego, a un taxista le oí decir, como si reclamara una dignidad que quisieran arrebatarle los titulares de corrupción en los periódicos: “Mire, yo soy liberal, pero no de Alemán”.
Ni el poder en la sombra de Daniel ni el dedo de Alemán han podido impedir que las diferentes vías empiecen a surgir a borbotones, sobre todo, animados por una nueva generación de jóvenes que quiere verse reflejada en otros rostros y con otros nombres. A algunos les parecerá que las tendencias distintas dentro de una misma opción son dañinas porque confunden. Pero yo creo que, cuando menos, es sano. Lo que no es de recibo es que se trate de ahogar cualquier corriente nueva por el mero hecho que cuestione un liderazgo enquistado. Otros recordarán que en la historia de las fuerzas políticas principales que se presentan a las elecciones, y en concreto, las del sandinismo, las diferentes tendencias han sido parte esencial de esa historia. Porque es una cuestión de libertad, de afán de libertad; lo importante se suponía que era un espíritu y un compromiso común. Al llegar a la plaza aquel primer diecinueve de julio, cuentan que nadie sabía quiénes eran, no identificaban los rostros, algunos sólo reconocían algún nombre. Pero allí estaban todos, no importaban los nombres, ni los rostros.
Después vino otra cosa. La utilización de la forma de ser liberal o sandinista en un solo bloque, como si no hubiera forma de serlo buscando nuevas opciones. Imagino que Rizo con el dedo de Alemán, quiera o no quiera reconocerlo, se encargará de hacer lo propio entre las filas liberales, y él que presume querer ser un presidente de Nicaragua que gobernará para el partido, patrocinará las frases del tipo “seré liberal hasta la muerte”. Montealegre se diferencia del resto de sus compañeros liberales en tratar de desmarcarse del ámbito de corrupción, y enfrentarlo ahora que ya no está a la sombra de Alemán. Herty también busca despegarse del pacto. Pero ambos estuvieron en su día bajo la sombra dudosa de los líderes del pacto. Montealegre, al igual que Bolaños, no habló cuando lo veía todo. A Montealegre le cuesta mucho la foto entre las gentes de las comunidades campesinas, aún no se ve entre ellas. Aún se le recuerda la sonrisa helada anunciando con toda tranquilidad el fin de la deuda externa y callando el sacrificio y la deuda interna con los nicaragüenses que sería el costo de estos años después.
Herty, controvertido e inesperado, aún tiene camino por delante para destacarse más aún antes de las elecciones. Ni Herty ni Montealegre, ni siquiera las tendencias más internas que no han salido de la estructura de los partidos tradicionales como en el caso de Martínez Cuenca, son nuevos. Todos ellos vienen salpicados por la historia de este país de los últimos años. A todos les ha afectado o beneficiado de distintas maneras. Tal vez en esta falta de novedad esté parte del problema. Pero en cualquier caso, más que el nombre del candidato o la tendencia política que representa está la enorme energía de fuerzas que están detrás, especialmente en las dos nuevas corrientes, aunque con viejos rostros renovados.
La gente que habla de esto, es decir, la que te encontrás en las esquinas de las cuadras, en las paradas del bus, con las que compartís el taxi, aunque te salga la vuelta más larga, la gente, esa cara, esa sonrisa, y ese dolor cuando se dice “la gente”, identifica fácil y directamente que uno de los males más grandes, y de las causas porque las cosas no están bien es la corrupción. A las dos fuerzas mayoritarias se les acusa de eso. Por eso la gente joven debe estar tan ilusionada por encontrarse unos años más limpios en gobierno y asamblea. No será inmediato, pero muchos estamos esperando con la mirada de los niños castigados en un cuarto oscuro que escuchan los pasos que se acercan y pueden abrir una puerta que levante al menos el castigo.
Al depositar el voto, habrá en muchos un último miedo, el de traicionar un ideal de toda la vida, o el de que no sirva para nada, o el de que las cosas nunca se cambian. En cualquier caso, no será mucho, pero será el principio de un cambio, y eso después de este castigo ya es algo. Ojalá que ese día no pese el fanatismo de las ideas de ser del PLC hasta la muerte o del FSLN hasta que uno muera. Entonces tendremos que recordar de nuevo a los que ya no están, a los que se dieron con todo para los cambios grandes, para abrir las puertas de la esperanza. Ojalá que escuchemos de nuevo sus pasos, a los que le tocó la bala, la bala con alma, a esos que pensaron que antes de cualquier nombre o de cualquier idea estaba la propia conciencia. Perdonen mi atrevimiento de hablar de política, pero pensando y sintiendo en Nicaragua es imposible no terminar hablando de ello, no soñar, no soñar con esa ilusión prevenida, con ese ambiente de jóvenes que empiezan a creer. Tenemos la ilusión escarmentada, pero es toda la ilusión de los principios. Una mujer me dijo una vez que después de cinco años los nombres de los candidatos que han salido elegidos se le vuelven odiosos. Será suficiente si no vuelve a pasar con el que venga. Luego nos decepcionarán en parte, nos sentiremos defraudados, pero padecemos esta testarudez generosa de brindar toda la ilusión nuestra, ciegamente, a sabiendas de que después nos golpea. Somos país de muchos sueños, pero de sueños de carne y hueso, por eso duelen tanto como si nos dejaran en el cuerpo, en los ojos, las huellas de los golpes.
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