Opinión

Lenguaje, verdad y política

(Homage to Hannah Arendt)

Hannah Arendt escribió que la política es el lugar privilegiado de la mentira. Según Jacques Derrida, en una entrevista concedida a Antoine Spire para la televisión el 07-01-99, la célebre politóloga judía distinguía en una historia de la mentira dos etapas: aquella mentira parcial de las sociedades premodernas y la de las sociedades modernas, donde la mentira ha alcanzado un absoluto incontrolable. “A través de un análisis del totalitarismo vinculado con la comunicación de los mass media, con la estructura de esa comunicación de los instrumentos de información y propaganda, con los ojos fijos en esta mutación moderna, Hannah Arendt declara que la mentira política moderna ya no tiene límites, que ya no está circunscrita”, dice Derrida.
Estos absolutos incontrolables de la mentira son fácilmente observables durante los períodos electorales en cualquier país, independientemente de su latitud geográfica o de su posición en el ranking de la pobreza/riqueza. Tan mendaz y rapaz es Bush, como Berlusconi o Bolaños, solamente para mencionar a tres políticos paradigmáticos del grafema B; o Stalin, Pol Pot y Kim Il Sumg, para anotar a tres celebérrimos de la otra pandilla.
Pese al esfuerzo de los filósofos, desde los griegos a los alemanes pasando por franceses, italianos y americanos, quienes concibieron que la política y la ética originalmente nacieron de la misma raíz, hemos visto a lo largo de la historia del discurso, como el tallo a medida que crece se parte en dos para derivar en sentidos opuestos su bifurcación, esperando algún día encontrarse en la finitud del universo. Un apoteósico reencuentro de la ética y de la política que no alcanzaremos a ver nosotros ni nuestros nietos a pesar de las conquistas científicas logradas y por lograrse en nuestra “civilización” a partir de la teoría de la relatividad de Einstein y otros discursos científicos susceptibles de objetivarse.
En nuestra era de la información el soporte numérico del código digital, le ha abierto unas posibilidades de multiplicación prácticamente infinita al lenguaje, si tomamos en consideración su velocidad, ductibilidad, utilidad, comodidad, archividad y masividad, toda vez que éste (el lenguaje) más los códigos icónicos (imágenes) y sonoros (música y voz) son viabilizados por la cibernética. ¿De qué triunfo del número hablan algunos cuando sólo el lenguaje puede gozar, ufanarse y discursear sobre su particular capacidad de secundariedad lo que le confiere poderes infinitos?
Entre todos los códigos semióticos, el lenguaje humano es el único que posee la capacidad de secundariedad. Ésta hace que el lenguaje pueda generar discursos infinitos con un número finito de fonemas/grafemas. Cobren conciencia, queridos lectores, por ejemplo de las infinitas versiones que sobre un pasaje del Evangelio se puede generar desde los púlpitos de todas las iglesias católicas y evangélicas del mundo un domingo cualquiera. Es pavorosa la cantidad de énfasis e interpretaciones que sacerdotes y pastores(a) logran a partir de un mismo texto. Por supuesto que a esta virtualidad quizás le debamos --probablemente-- el sectarismo.
La secundariedad, piensan los lingüistas y semióticos, es la que posibilita que el lenguaje pueda hablar de él mismo (metalenguaje). Vuelvan sobre la frase anterior y notarán que lenguaje escrito sobre el lenguaje. Palabras que hablan sobre palabras. Más lingüísticas, gramáticas, poéticas, retóricas, en fin, semiosis.
También la secundariedad del lenguaje es la que estudia esa capacidad para mentir que tiene el lenguaje. Ningún código científico (las matemáticas, por ejemplo), ningún código icónico (las imágenes), ningún código animal (el de las abejas verbigracia), es capaz de mentir. Con el lenguaje nos instalamos en el tremendo y crítico reino de los discursos. Discursos maravillosos que posibilitan la creatividad, imaginación, fantasía, ciencia, filosofía, poesía, mística, fe, el arte y amor.
Por otro lado, también esa posibilidad lingüística nos instala en el discurso de la política. Política que está separándose cada día más de la ética del bien común, acercándose cada día más a las prácticas económicas de la apropiación de plusvalía, que se da por procesos y actores distintos en los países capitalistas corruptos, en las burocracias totalitarias corruptas y en las pequeñas economías dependientes corruptas. El sistema económico global es absolutamente corrupto.
Pero en realidad, el discurso de la política es el discurso del poder y su búsqueda. Poder que a partir de su esquizofrenia se miente a sí mismo creyendo mentirle a otro. Y es allí donde en el fango de tanta mentira de la política criolla, no sabemos si la mosca se levantó del supuesto vellocino de oro (el oro es el color de los tigres sean judíos o no) para ir a posarse a otros mojones dorados, disfrazados de vellocino, pero no menos corruptos ni menos fétidos que el de Jasón.