Opinión

Latinoamérica, integración y segunda descolonización


La recién pasada Cumbre entre la UE y Latinoamérica puso de manifiesto, entre otras cuestiones, la hondura de la división que existe hoy entre los países de América Latina. No es que la región haya sido, salvo momentos puntuales, ejemplo de unidad, pero la división que vive en el presente presenta características singulares. Quizás la principal de ellas sea la fragmentación económica y comercial que, a su vez, se traduce en posiciones políticas divergentes, que han provocado incluso crisis diplomáticas.
Hay un grupo “libremercadista” (en el siglo XIX lo llamarían librecambista), que encabeza México, al que pertenecen también los países centroamericanos, Perú y Colombia, partidarios de los Tratados de Libre Comercio (TLC), especialmente con EU. La balanza comercial y el fenómeno migratorio expresan la política y viceversa. Respecto al comercio, casi el 90% de las exportaciones mexicanas y el 57% de las colombianas se realizan a EU. Centroamérica, por su parte, importa lo mismo que exporta (39%). Las remesas de la emigración se han convertido en una fuente esencial de divisas para las economías. En el caso de México, las remesas de los emigrantes en 2004 (16.612 millones de dólares) fueron mayores que la Inversión Extranjera Directa (16.601 mdd) y superaron de lejos los ingresos por turismo (10.753 mdd). Según la Cepal, las remesas suponen el 14% del PIB de El Salvador y el 11% del de Nicaragua. EU, por tanto, dispone de poderosos medios de presión sobre estos países. Todos los países de este grupo tienen gobiernos afines a Washington y son los únicos que considera sus aliados.
Un grupo intermedio tiene su epicentro en el Mercosur, liderados por Brasil y Argentina, donde se hizo firme resistencia a la propuesta estadounidense del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Las exportaciones de esta subregión explican su posición, pues apenas el 18% de sus exportaciones y el 17% de importaciones se realizan con EU. La emigración, por su parte, opta mayoritariamente por Europa, lo que es especialmente evidente en el caso de Argentina y Uruguay. Esta subregión, con la excepción de Paraguay, está gobernada por alianzas de centro-izquierda, que apuestan por la integración, una mayor autonomía y un papel más beligerante para el Estado, aunque con visiones particulares cada una de ellas. La Argentina de Kirchner asume posiciones más firmes respecto al papel estatal en la economía que el Brasil de Lula.
El tercer grupo lo integran países heterogéneos, unidos por su voluntad de defender los recursos del país de la voracidad extranjera y de emplearlos en beneficio de su población. Se oponen a los TLC, por considerarlos mecanismos para perpetuar el subdesarrollo y el atraso. Frente a los “libremercadistas”, proponen la nacionalización de los recursos naturales, la integración regional y la protección de los mercados nacionales. Lo forman Cuba, Venezuela y Bolivia, países que han firmado un Tratado de Comercio de los Pueblos, y promueven un fortalecimiento de sus relaciones políticas y económicas con el Mercosur, por integración o asociación.
Las cuestiones en juego no son puramente formales. El primer grupo asume un modelo que implica, de forma inevitable, la perpetuación del modelo de intercambio desigual que impuso Inglaterra desde la independencia formal de Latinoamérica. El tercer grupo retoma los escasos intentos hechos en la región por establecer modelos autónomos de desarrollo. El grupo intermedio oscila entre una posición y otra, aunque, dado la influencia que ejercen en ellos los países desarrollados (y las oligarquías nacionales), sus oscilaciones lo aproximan más al primer grupo que al tercero.
Lo cierto es que, en Latinoamérica, se ha abierto un debate de fondo sobre su futuro, que ha puesto otra vez en primer plano una cuestión olvidada tras la implosión de la Unión Soviética y la aplicación sin criterio del modelo neoliberal. Se trata, aunque no se le llame así, de poner en marcha una segunda descolonización, que ponga fin al sistema de imperialismo informal establecido por Inglaterra a lo largo del siglo XIX, bajo el nombre de librecambio, y mantenido luego por EU, con el nombre de libre comercio. Un modelo que asignó a Latinoamérica el papel de exportador de materias primas y consumidor de manufacturas, que ha sido una de las principales causas de su atraso y dependencia. Esta segunda descolonización lleva a retomar el control de los recursos naturales y de la economía, para ponerla al servicio del país, como ocurre en Bolivia. Esto es lo que está sobre la mesa. Un tema que lleva casi 200 años esperando.
* Profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid. Su última obra es LA PAZ BURLADA, LOS PROCESOS DE PAZ EN CENTROAMÉRICA (Editorial Sepha, Madrid, 2006)