Opinión

El final del gobierno


El próximo gobierno tendrá una carga muy pesada: reconstruir las líneas maestras de la política exterior, difuminadas durante el gobierno Bolaños, lleno de fantasías y magros resultados. El gobierno Bolaños creyó que la Casa Blanca recibiría con los brazos abiertos al Presidente de la “nueva era”, por añadidura ferviente promotor de los valores del “libre comercio” y adversario de una política nacionalista e independiente en la arena internacional. Pero se equivocó.
La política del presidente Bush demuestra que la “amistad” con Bolaños sí puede estar reñida con los intereses del más fuerte. A la pretensión de traducir la dependencia en una asociación virtuosa con la potencia del Norte, EU responde con recelo y desprecio, sin verdadera visión de largo plazo y desconociendo, los hechos esenciales del problema migratorio. Sin embargo, el gobierno Bolaños se aferra a las palabras edulcoradas de Bush, a las explicaciones pueriles sobre que todos ganamos con el Cafta, y de nuevo tratan de “explicar” a los nicaragüenses que el “libre comercio” no es tan malo como parece.
El Tratado de Libre Comercio (TLC) con EU no es bueno porque va a socavar la estructura productiva del país; no es justo para el país porque mantiene el subsidio de los productos agrícolas norteamericanos; no fue una negociación, fue más bien una imposición. Este tratado puede ser muy costoso para la soberanía nacional. El desnivel económico entre Centroamérica y EU se va a hacer más grande cada año que pase. Es necesario tener en cuenta la relación costo/beneficio. No tener un TLC es mejor que tener uno mal negociado.
Don Enrique prometió que crearía miles de empleos bien pagados; nunca dijo que necesariamente lo haría dentro de Nicaragua. A lo largo del quinquenio de don Enrique éstos fueron los mayores ingresos, en millones de dólares, que registró el país gracias al éxito de su programa de exportación de pobres. Entre el 2002 hasta el 2006, de acuerdo con las proyecciones internacionales, las remesas alcanzaron un monto de US$ 4,547 millones de dólares.
Las remesas de los emigrantes han beneficiado al mercado interno porque sus familias incrementan sus niveles de consumo, pero también porque muchas de ellas han optado por crear pequeños negocios con esos recursos, en su mayoría misceláneas y tiendas de abarrotes. Es relativamente fácil abrir una pulpería, gracias a las remesas que mandan los trabajadores nicaragüenses en el exterior, y porque es la inversión más rápida e inmediata que se puede hacer para un negocio, si la gente no tiene un empleo formal.
Sin embargo, muchos de estos negocios quiebran ante la competencia de tiendas de autoservicio y supermercados que llegan a ofrecer precios más baratos. Ya que se trata de negocios muy tradicionales que operan de manera empírica, carecen de métodos de administración y organización nuevos, o acceso tecnológico. Aunque los indicadores macroeconómicos nos digan que la economía se está fortaleciendo y creciendo, en el sector comercial detallista está disminuyendo.
El próximo gobierno debiera de buscar, como política pública, cómo reducir el costo promedio de las remesas de Estados Unidos, Costa Rica y El Salvador a Nicaragua y, de esa forma, permitir a los emigrados y sus familias un ahorro importante. Hasta la fecha, una mayoría de los trabajadores nicaragüenses y sus familias aún está excluida del sistema financiero normal y, como consecuencia, de los servicios y oportunidades a los que tienen acceso las personas de mayores ingresos.
Durante los últimos cinco años, Nicaragua recibió remesas por un monto superior a 4 mil millones de dólares, de los cuales casi el 100 por ciento llegó de Estados Unidos, Costa Rica y El Salvador. La mayoría de estos fondos fueron a hogares de escasos recursos para cubrir gastos diarios, pero algunas familias han logrado ahorrar o invertir algo de ese dinero.
El 54 por ciento de las remesas son distribuidas en bancos, cooperativas de crédito, instituciones micro financieras y otras entidades autorizadas para tomar depósitos. Esto significa que todos los meses unas 100 mil de personas concurren a agencias bancarias para buscar sus remesas, pero poco se hace por convertirlas en ahorradores.
Los bancos nicaragüenses se comportan casi como las bodegas. En la mayoría de los casos sólo fungen como agentes de las empresas de transferencias de dinero, en lugar de aprovechar la oportunidad para ofrecerles servicios de depósitos a los clientes de las remesas. En contraste, las cooperativas y las microfinancieras han logrado mejores resultados en reclutar a receptores de remesas como ahorradores. Además de esforzarse por atraer a esos clientes, estas instituciones financieras han adaptado sus servicios y productos a las necesidades de este segmento. En Nicaragua, sólo el 10 por ciento de las personas que reciben remesas tiene cuenta bancaria.
Se equivocaron, Chamorro primero, después Alemán y Bolaños ahora por su dogmatismo en cuestiones económicas, por la falta de adaptación de esta economía para competir con la más grande del mundo, porque los ajustes que provoca el mercado de manera “automática” no se distribuyen equitativamente entre los trabajadores y las empresas de ambos países.
La capacidad competitiva de esta economía se ha estancado y pierde terreno frente a muchos países. El Cafta no generará suficientes empleos, que son mínimos en este gobierno, mientras crece la informalidad, y la migración se convirtió en la válvula de escape. La falta de empleo y la continuidad de la política económica es un peligro para el país.
Y en este final del autodenominado gobierno de la “nueva era”, los golpes a la gente que protesta las políticas sociales y la expulsión de los trabajadores se combinan con la falsedad de una democracia que se proclama de la boca para afuera, pero en la que el presidente Bolaños se involucra sin reserva para alcanzar una sucesión a su conveniencia. Ésta es otra forma de violencia contra los ciudadanos, flaca herencia de quien se proclamó el presidente de la democracia y de la lucha contra la corrupción. Sin embargo, resultó ser un heredero de William Walker al querer asociarnos incondicionalmente al imperio.