Opinión

Herty Lewites y el fin de la palabra II


Cuando se publicó mi artículo Herty Lewites y el fin de la palabra recibí en mi correo electrónico una serie de mensajes de la misma estirpe en lo que refiere al objetivo de mi escrito. Es decir, eran mensajes hartamente vulgares, mal escritos, vacíos, surreales y me atrevo decir mal hablados, pues como bien lo ha dicho el mismo Mallarmé, la palabra que está mal escrita está mal hablada y viceversa. Lo peor aún fue que la mayoría y los más soeces mensajes eran firmados bajo un seudónimo que confesaba una honda represión, serios complejos, frustraciones profundas y hasta paranoias severas en el escribiente. Pero bien, ése es otro asunto.
Hoy, varios meses después, somos testigos nuevamente de la vacuedad, de la insulsez y la necedad del candidato en cuestión. Sin embargo, se le agrega un nuevo hecho, pues hoy el sujeto no sólo sigue siendo hueco en su perorata, sino que ha entrado a la dimensión de la chocarrería, es más, me atrevo a decir que se tornó pedestre, grosero, chocante y sicalíptico. Y lo más grave del asunto es que el engendro de propaganda que ha surgido en acompañamiento del señor Lewites ultraja al destinatario.
Es como cuando Mijaíl Bajtin analiza la obra de Rabelais y dice textualmente que la grosería medieval humillaba y agraviaba al público debido al cinismo que se le imprimía a ésta. En este sentido, los spot publicitarios que últimamente está lanzando al aire el partido de este señor, no sólo ultrajan al público, sino que lo insultan, debido a que ellos son el destinatario fijo que tiene dicha estrategia. Dicho de otra manera, hay una fijación en lo que respecta a quién está dirigido el mensaje, debido a que se piensa que se le está imprimiendo la coloquialidad del mismo.
¿O es que acaso piensan los ideólogos de este partido que estos mensajes son los que amerita el votante? Y no me vengan a decir que los poetas malditos desde el siglo pasado y antes el mismo Rabelais desde el medioevo se dirigían a sus lectores con estallidos y piroctenias verbales que incluían mierda, culo, nalgas, pedos, putas, pues los espacios y los formatos son ampliamente distintos, pues mientras el poeta tiene toda la libertad y el lector igual, en este caso el votante espera otra cosa del sujeto, al menos iluminaciones precisas y no expresiones debilitadas.
¿O es que apenas es una estrategia sensacionalista en la que se piensa ganar puntos o tratar de demostrar camaradería con el pueblo cuando bien se sabe que éste se crea otras expectativas en lo que refiere a quienes desean representarlos? Acaso Alemán no dejó un lastre de obscenidad en el uso y abuso de la decadencia y la vulgaridad (se usa esta palabra en sentido de obsceno y no de vulgo) como bien lo dice el cantautor Enrique Bunbury en uno de sus temas más famosos.
Con el señor Lewites, el lenguaje público ya perdió en su totalidad su capacidad tanto de verdad, como de imaginación, pues en ambas condiciones retrotrae la palabra a significaciones agonizantes y de insulto puro, que a la postre, se quedan en concupiscencia que, como bien lo dije anteriormente, deben obtener apenas el filo de la sordina.
De ahí que sus nuevas performatividades estén repletas de insultos sin sentido, de sistemas significantes y de valores fragmentados y desviados en lo que respecta a la búsqueda de un consenso y de un ordenamiento verdadero de la cosa pública. Por ello, estos spot son una especie de seno corporal, un campo cuyos retoños llegaron a su senectud antes de nacer. Y no es que éstas no sean palabras comunes que se usan cotidianamente y que, incluso, denominan algo consubstancial al ser humano como lo deja claro Milán Kundera en uno de sus textos, sino que un proyecto cuando se quiere construir se debe abordar desde otra perspectiva y no petrificando en el pueblo aquel concepto de güegecismo que deviene de la Vanguardia granadina, en el que se afirma arbitrariamente que somos mal hablados y mal educados.
Excelente concepción tiene de su gente este candidato que se dice luchar por ella, cuando en verdad trata de entorpecer y mantener subsumida a las personas en el círculo vicioso de los bordes profundos. ¿Cómo pudiera crear proyectos de educación alguien que ofende a la gente cuando les trata de decir que se comunica con ellos en su lenguaje, y en verdad lo que hace es desnaturalizar el mensaje, el canal, la palabra, el contexto y hasta al destinatario? Simple y llanamente mero funcional/estructuralismo.
No me queda más que citar el final de mi artículo anterior: con el señor Lewites, asistimos a la muerte de la gramática profunda, al fin de la palabra pública y entramos al inicio de una gramática vilipendiada, vacía, insulsa, obscena, chocarrera, algo así como si la palabra se hubiera roto en el interior de su boca.
Licenciada en Relaciones Internacionales
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