Opinión

Mordaza sin código ni Da Vinci


He tratado de situarme en el pellejo de un simple creyente para imaginar su sentir ante la avalancha herética que ha de significar para él la aparición del libro “El Código Da Vinci”, y su anatematizada versión cinematográfica. Para sentir también su desazón al saber cómo un Dan Brown, para él hace poco desconocido, cuestiona dogmas de su religión tenidos como verdades revestidas de sacra inmutabilidad. Y he fracasado en el intento.
En cambio, no necesito imaginar nada de lo que sienten quienes gozan de niveles superiores de economía y cultura, porque éstos expelen su arrogancia cuando presentan sus creencias religiosas como frutos de su “vocación divina”. Presentan con presuntuosidad, lo que en el creyente común no pasa de verse como expresión de fanatismo.
Es comprensible que la película esté siendo atacada más que el libro, porque, a pesar de que de éste se han vendido cincuenta millones de ejemplares en decenas de idiomas, es relativamente poco para una población de seis mil millones de seres humanos. Sin duda, su venta es un éxito extraordinario, pero un solo libro no saca el hábito de la lectura del sótano de las preferencias humanas. Millones de libros que, de variada temática y calidad, envejecen en las librerías, porque leer es un privilegio de minorías por sus precios y, aún más, por el desinterés de una amplia mayoría. Para la gente son más atrayentes las proyecciones visuales por los medios electrónicos que no exigen mucho esfuerzo intelectual si no el mínimo ejercicio de sentarse a ver.
Por eso, temen al cine más que al libro quienes se creen y actúan como guardianes de los mitos sacramentados. Pero su oficio no es tan fácil practicarlo como antes, pues deben mantener de por vida, por siglos de los siglos, una sostenida prédica de imponderables con razonamientos de tiempos oscuros en un mundo donde la ciencia y la tecnología están dejando sin velo todo lo que ha sido natural o ex profesamente ocultado. Debido a ello, individuos tenidos por cultos e ilustrados ven disminuido su radio de acción, y sólo les queda reafirmar sus creencias con dogmáticos razonamientos.
Cuando esto pasa, es inevitable ver reaparecer al hombre primitivo, con máscara de hombre culto, aterrorizado ante los fenómenos naturales --complejos o elementales--, como en un tiempo lo fueron la erupción de un volcán o el tropezarse con una piedra, buscando una explicación, imaginando la furia de un espíritu maligno e invocando con “vocación divina” al dios del fuego.
En el temor de ir a ver la película, con el pretexto de repudiar la herejía y la blasfemia, se refleja primitivismo. Reflejan al hombre con el saco y el título académico, ocultando al hombre en tapa rabo de una isla perdida en los espacios de la geografía del mundo y mentalmente viviendo en los rincones de pasados tiempos.
No tengo interés en ver el film “El Código Da Vinci”, por la razón de que no deseo ver en un resumen cinematográfico de unos ciento veinte minutos lo que en el libro leí en más de quinientas páginas, y durante varios días. Aunque el libro tampoco es una maravilla literaria, pues hasta cae en los lugares comunes de otros libros de misterio y espionaje (ni siquiera falta el mayordomo obediente y pacífico transmutándose de pronto en un sagaz bandido).
Pero --entre la realidad y la ficción-- hay cuestionamientos que dejan mal parado todo el andamiaje sobre el que se ha construido el poder espiritual de un poder terrenal que, junto a otros poderes, a la humanidad han atormentado en la historia con sus historias. “El Código Da Vinci” llegó tarde, no entró al índice de los libros prohibidos por el Santo Oficio, aunque tampoco se ha librado del fuego purificador de los fanáticos.
Entre el Siglo XIX y el Siglo XXI, pareciera que sólo han cambiado de lugar los números romanos I y X en las cifras de estos dos siglos, pero no el temor de las iglesias al pensamiento libre y liberador. ¿Ha sido diferente la reacción de las jerarquías eclesiásticas y los laicos camanduleros ante el libro y la película “El Código Da Vinci” de 2006, que contra la aparición de la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin, en 1859? No ha sido distinto el temor ni diferente la reacción del fanatismo religioso en ambas épocas, sino los medios para expresarlo.
Se supone que ahora hay menor ignorancia. Pero si comparamos los limitados medios de difusión del pensamiento de entonces (libros y periódicos de cortos tirajes), con la inconmensurable capacidad y variedad técnica de difusión que tienen los medios actuales, la reacción fanática de hoy es mucho mayor, más difundida, más amplia y mejor organizada que la de cualquier otro tiempo.
Aparte de la cuestión numérica y técnica, es más negativa y obscurantista la reacción actual de los jerarcas de las iglesias y de los sectores que les son afines en contra de “El Código Da Vinci”, que como lo fue contra la teoría de Darwin, pese a que ésta cuestiona mucho más las bases dogmáticas de las religiones por tratarse de una teoría nacida de una investigación científica (aún hoy, entre los sectores más recalcitrantes de la derecha del súper desarrollado Estados Unidos, censuran a Darwin). Pero se critica más la película porque el cine, la televisión y la computación son medios de difusión más penetrantes entre los sectores sociales sin hábito de lectura.
No es a la verdad o a la ficción lo que temen los sectores sociales y clericales más conservadores, sino que la gente conozca su contenido y lo discuta; temen que la gente ejercite su pensamiento crítico e investigador. No con otra finalidad es que el poder eclesiástico ha venido adoptando los medios de comunicación, en la medida en que éstos se desarrollan; si no les es posible detener la difusión de nuevas y refrescantes ideas, las combaten utilizando los mismos medios. Y salen ganando, porque la mayoría de los medios “laicos” se dedican a publicitar el comercio y no la cultura.
Las iglesias censuran la difusión de las ciencias o la ficción no complaciente con su dogma, utilizan el libro, el periódico, la telefonía, la radio, la televisión, la computación, todo lo que en sucesión histórica ha ido apareciendo, para difundir su religión. Ésta es una sui generis competición. En un país poco alfabetizado, como el nuestro, la radio sigue siendo el medio más eficaz para difundir ideas (o combatirlas), ¿y cuántas radios “cristianas” hay en el país en manos de las iglesias? Muchísimas, porque acaparan recursos y les vienen del exterior.
Y no es que no deben tenerlas, sino que mientras las iglesias tienen numerosas radios, sectores sociales mayoritarios tan importantes como los gremios, las organizaciones sindicales, comunitarias y universitarias no tienen ninguna o alguna. Entre los medios electrónicos comerciales y los religiosos, la mayoría de la sociedad trabajadora está amordazada.
A esta sociedad, que no tiene posibilidad de difundir sus propias ideas por sus propios medios, es que va dirigida la campaña contra libros y películas como “El Código Da Vinci”. Una sociedad receptora pasiva y, además, anulada como sociedad participativa y transmisora, no es la sociedad que necesitamos.