Opinión

Vivir en pareja


Andaba Sergei dándole vueltas en la cabeza el tema de vivir en pareja. Había oído decir que así se estilaba en algunas sociedades evolucionadas. Pero él comprendía que la grandeza de la civilización china reposaba en una estructura familiar organizada.
-Sergei, --le dijo un día el Maestro, mientras paseaban junto al río--, a ti lo que te ocupa es cómo desahogar esa fuerza que sientes contenida, y no tanto el deseo de fundar una familia.
-Maestro, ¿cómo voy a ocultarte las contradicciones que siento? Por una parte, esto del celibato que imponen algunas sectas está claro que es una estructura de poder, aparte de encaminar respetables tendencias que no en todas partes son admitidas.
-Lo malo, --dijo pensativo el Maestro--, es que, por no admitirlas dentro de un orden, a veces, se convierten en abusos de los que son víctimas los más débiles.
-Tú dices que cada persona es dueña y responsable de su cuerpo.
-Exacto. Pero ser dueño no significa hacer cualquier cosa. Como en el matrimonio, uno se puede casar con quienquiera, pero no con cualquiera. Si fuera para aliviarse, aquí o allá, hay que guiarse sobre todo por los sentidos; respetando el no hacer daño a otro. Pero, para el matrimonio es menester utilizar la cabeza tanto como los sentimientos. Uno se casa para crear un hogar, fundar una familia, construir una comunidad de afectos. Es decir, para facilitar la mutua autorrealización, que libera, y no la ego realización, que encadena.
-¡Lo ponen tan difícil que a ver quién se casa!
-Por eso, el Rabí Jesús dijo aquella expresión hiperbólica que luego sus secuaces tomaron como norma e instituyeron el celibato obligatorio. (¿No has leído el delicioso libro de Uta Ranke Heineman Eunucos por el Reino de los Cielos?)
-Algo nos has contado, pero yo sigo con lo de formar pareja. Es que, veo a algunas que te echan para atrás.
-Escucha este cuento, liebre corredora: Había una pareja de intelectuales que se habían casado hacía unos meses, ambos trabajaban y eran muy autosuficientes. Para ellos era como prolongar la relación de camaradería y de intercambio de fluidos que llevaban practicando. Pero, al poco de vivir juntos, no paraban de discutir y de distanciarse. Vivían como encadenados agresivos. Por eso decidieron visitar a un consejero con una fama acorde con sus elevados honorarios.
-¡Menudo consejero! --exclamó Sergei, a quien no se le escapaba ninguna.
-¡Escucha!, liebre testosterónica, --prosiguió el Maestro--, el terapeuta les dijo que “la pareja perfecta es aquella en la que dos se convierten en uno”. Cuando oyeron aquellas palabras, exclamaron aterrados y al unísono: “¡Convertirse en uno! Pero, ¿en cuál de los dos?”