Opinión

La educación ciudadana es la verdadera educación básica


Ph.D.
IDEUCA

Una sólida educación básica y una buena formación general constituyen los pilares de una verdadera educación ciudadana.
En esta trayectoria reúno ideas muy bien hilvanadas por la educadora y pedagoga Rosa María Tórrez en “12 tesis para el cambio educativo”.
Fortalecer la sociedad civil y, específicamente, la participación y la demanda educativas, son temas y preocupaciones contemporáneos. En ese marco viene enfatizándose la necesidad de una educación en y para la ciudadanía, en y para el ejercicio de los derechos, que incluya al sistema escolar pero que lo trascienda. Múltiples iniciativas han surgido en los últimos años, en todos los países de la región, inspirados en estas premisas: programas y proyectos y hasta nuevas asignaturas de educación ciudadana, educación cívica, educación en valores, educación en derechos, etc. En este contexto, muchas veces se pierde de vista que la propia educación --sin calificativos-- es una herramienta clave de construcción de ciudadanía, y que una sólida educación básica es la puerta de entrada a la posibilidad de una ciudadanía plena. Necesitamos una población informada, consciente de sus derechos y obligaciones, solidaria y sensible con la sociedad políticamente activa, con conciencia a la vez local y global, que participa en la vida comunitaria, se siente co-responsable de los destinos de su país y vota de manera informada y consciente; que cuida su propia salud, la de su familia y la del medio que le rodea; que aprecia y usa de manera significativa la lectura y la escritura para informarse, conocer, comunicarse y actuar; personas seguras de sí mismas, que confían en sus propias capacidades y talentos, que saben identificar sus fortalezas y debilidades, que recurren al diálogo y son capaces de argumentar con propiedad; que piensan por sí mismas y de manera crítica; que saben enfrentar los problemas como desafíos, que están listas para seguir aprendiendo para y en el trabajo, para y en la vida.
Como es evidente, todo esto no se aprende sólo en la infancia ni sólo en el sistema escolar. Tampoco se asegura con un determinado número de años de escolaridad, que es como se viene entendiendo el término “educación básica” en la mayoría de países, como una escuela primaria extendida. La buena educación básica compete a muchos ámbitos. El mundo del trabajo, del deporte, de la economía, de la política, de los medios masivos de comunicación, son forjadores importantes de valores y anti-valores, de modelos y anti-modelos a seguir, y su impacto es mucho mayor y permanente que el de cualquier programa ad-hoc de “educación cívica” o de “educación en valores”. La buena escuela no puede sustituir a la familia maltratadora, ni la buena familia suplir a la mala escuela, ni ambas contrarrestar los efectos des-educadores de una sociedad que exhibe y tolera abiertamente la injusticia, la violencia, el abuso de poder y el machismo, el autoritarismo, el lucro sin límites, la corrupción, la impunidad. La buena familia y la buena escuela necesitan trabajar juntas para cambiar esa sociedad. Una obligación principal del buen gobierno con la educación no es sólo asegurar el presupuesto necesario, sino, también, dar ejemplo de aquellos valores y actitudes que pregonan y que se reiteran en los currículos escolares, pero que escasean cada vez más en la sociedad y en sus dirigentes: justicia, democracia, honestidad, esfuerzo, transparencia, diálogo, colaboración, respeto a la diversidad, no-discriminación.
La educación básica debe entenderse como educación esencial, fundacional para la vida personal, social, comunitaria, con capacidad de satisfacer las necesidades básicas de aprendizaje de todas las personas (niños, jóvenes y adultos). Porque las necesidades básicas de aprendizaje derivan de las necesidades básicas de las personas. Dichas necesidades no son sólo materiales, sino también identitarias, afectivas, espirituales. Así:
T El Desarrollo a Escala Humana (Max-Neff et.al. 1986) identifica nueve satisfactores humanos: 1. supervivencia, 2. identidad, 3. libertad, 4. comprensión, 5. afecto, 6. protección, 7. participación, 8. creación, y 9. ocio.
T El Desarrollo Humano (PNUD) identifica tres capacidades básicas para el desarrollo humano: 1. llevar una vida larga y saludable, 2. saber y 3. tener acceso a los recursos necesarios para un estándar digno de vida y participar en la vida comunitaria.
T La Conferencia Mundial sobre educación para todos (1990) identificó siete áreas de satisfacción de necesidades de aprendizaje: 1. sobrevivir, 2. desarrollar las propias capacidades, 3. vivir y trabajar en dignidad, 4. participar plenamente en el desarrollo, 5. mejorar la calidad de vida, 6. tomar decisiones informadas, y 7. continuar aprendiendo.
T El Informe de la Comisión Delors (Delors et.al. 1996) identificó cuatro pilares para la educación y el aprendizaje en el siglo XXI: 1. aprender a ser, 2. aprender a hacer, 3. aprender a conocer, y 4. aprender a vivir juntos.
Entendida de este modo amplio, la educación básica con la satisfacción de las necesidades básicas de aprendizaje pasa a ser educación ciudadana, una educación que prepara en y para el ejercicio activo de la ciudadanía, desde la infancia hasta la edad adulta. Ella integra las múltiples educaciones que suelen aparecer como temas aislados o “transversales”, educación para la salud, para la sexualidad, para el trabajo, para la paz, para la resolución de conflictos, para la convivencia, para la defensa del medio ambiente, para el desarrollo sustentable, para la participación, etc. Todas éstas son en verdad dimensiones constitutivas de una educación básica sólida e integral, la que es a su vez una verdadera educación ciudadana.