Opinión

La consagración de los marginales - CULTURA

“He tratado de emocionarme y de emocionar”, afirma sobre su trabajo este director de cine que se ha hecho merecedor de un galardón de gran prestigio en el que figuraban ya nombres como los de Luis García Berlanga, Fernando Fernán-Gómez, Vittorio Gassmann y Woody Allen

MADRID /EL PAIS

El jurado del premio justificó su decisión “tanto por la maestría y sinceridad de sus realizaciones, como por la alegría y vitalidad de sus textos”. El premio está dotado con 50.000 euros y una escultura de Joan Miró. La noticia cogió a Almodóvar preparando por enésima vez las maletas para acudir en esta ocasión al festival de Cannes. Y es que el hombre no para: hace unas semanas estrenó en España Volver, su película número 16. Después, París le rindió un espectacular homenaje con una gran exposición en el nuevo edificio de la Filmoteca, una institución que para los cinéfilos tiene la misma significación que el Vaticano para los católicos.
Esta semana se proyectó en Cannes su filme. Ese mismo día se estrenó en Francia, Italia y Suiza: el desembarco europeo. Luego le esperaba Londres, en donde se está a punto de estrenar una adaptación teatral de Todo sobre mi madre. Y a finales de agosto, la promoción en Estados Unidos.
Ahora le dan un premio que, como refleja el acta del jurado, se le concede “tanto por la maestría y sinceridad de sus realizaciones, como por la alegría y vitalidad de sus textos, y, sobre todo, por la integración de sus raíces, en la sociedad de un planeta al borde de un ataque de nervios y a caballo entre dos siglos”.
“En este momento todos los tópicos son ciertos”, comenta el realizador. “Me siento abrumado, pienso que no me lo merezco y que no estoy a la altura del prestigio que este premio se ha ganado con el tiempo. Lo digo con el corazón. Estoy agradecidísimo al jurado y a los Príncipes de Asturias por permitir que un cineasta que nace en las alcantarillas de los primeros ochenta forme parte del olimpo de personalidades que tan justamente han sido distinguidas con este premio, en especial con los otros dos directores españoles, Luis García Berlanga y Fernando Fernán Gómez”.

-Berlanga, Fernán Gómez y, ahora, usted: un buen trío…
“No puedo sentirme en mejor compañía. Más de una vez he confesado que ambos suponen mis raíces cinematográficas. Nací para el cine en pleno estallido de la democracia española, creo que soy una demostración viva de que esa democracia era real. Cuando empecé, hace 26 años, no hubiera podido hacer las películas que hice en ningún otro lugar que no fuera España. Si bien soy hijo de nuestra democracia, mis raíces como director están en los dos directores antes citados, además de Buñuel y Edgar Neville, el teatro de Mihura y Jardiel Poncela, los sainetes de Arniches, todo ello mezclado con Warhol, Divine, Chavela Vargas, Lola Flores, la estética del Caribe y el pop de los 60, 70 y 80”.
Es el Almodóvar de la apoteosis del mestizaje, el abanderado del eclecticismo. En uno de sus cuadernos de rodaje lo explicó espléndidamente: “Me gustan todos los géneros cinematográficos, y siempre digo que me gustaría tocarlos todos (sin comprometerme con las reglas de ninguno), pero hay algún género que ya sé que no abordaré. Una superproducción bélica, por ejemplo, con batallas y escenas de masas”.
Es el realizador que sorprendió con su primera película Pepi, Luci y Bom…, rodada en 1980 con colas de 16 mm, con un grupo de amigos, con cuadros de ciervos abrevando, sexo, drogas y rock and roll, una historia provocadora y divertida que ya apuntaba el esplendor futuro.

-¿Cuál sería su aportación al cine?
“No sé si he aportado algo al Séptimo Arte, en cualquier caso no soy yo quien debe decirlo. Sólo puedo decir que he tratado de divertirme y de divertir, de emocionarme y de emocionar, de retratar con exuberancia y humanidad personajes marginales y marginados (desde el ama de casa al transexual, ambos héroes y víctimas del mundo en el que vivían) de los cuales formaba parte y a cuya clase social pertenezco. Y como autor, he dotado a todos mis personajes de una absoluta independencia moral. Todos, no importa su rango social, han sido libres para luchar contra los problemas que por el guión debían afrontar. Libres de sufrir, de amar, y de arriesgarse a veces a transitar por la zona más oscura de sí mismos. Y a todos ellos (psicópatas, actrices, amas de casa, toreros, escritoras, directores de cine, policías enamorados y corruptos) he tratado de explicarlos como seres humanos, sin juzgar sus actos, en ocasiones terribles”.
En el cine de Almodóvar sorprende, como él mismo señala, la ausencia de juicios y prejuicios morales. Por la pantalla desfilan monjas psicodélicas, hijos del Sha de Persia, taxistas-drugstores, homosexuales, drogadictos, violadores, asesinos y asesinas, pederastas, y lo hacen con una naturalidad apabullante. Igual de sorprendente es la aceptación popular de sus planteamientos. En muy pocas ocasiones encontró la animadversión de algunos sectores de la sociedad. Algún reproche de parte de la jerarquía eclesiástica a raíz de “La mala educación” y unos pequeños abucheos de simpatizantes de la derecha política en jornadas preelectorales.
“Tenemos que dejarlo ya”, pide Almodóvar. “El anuncio del premio ha desplazado de un bofetón los problemas de las maletas para viajar a Cannes, pero tengo que volver a ellas. Estoy muy contento, más contento que si me hubieran dado la Palma de Oro”.