Opinión

El hablador y sus escuchas - CULTURA

“La maleable división entre vivos y muertos, la transición política, económica y cultural, está representada por un habla. Los guías iluminados hablan ‘como los santos’”

En el período dictatorial, las imágenes territoriales y geográficas de una tierra que no existe, o que existe de manera impura, se metaforizan en los individuos. Como neurosis, fantasmas del pasado, cautividad y viaje al territorio prometido. Las subjetividades aparecen alienadas con respecto al paisaje, al que hay que “inventar”. (Ver, por ejemplo, ¿Te dio miedo la sangre? de Sergio Ramírez).
Por un lado, las subjetividades aparecen atormentadas por la memoria; por otro lado, hay una división épica bastante evidente, entre héroes y cautivos, Moisés y pueblo. La épica implica también una escatología. “Descubrí que para entender a los vivos había que comenzar con los muertos. El país está lleno de fantasmas”, explica Salman Rushdie en su crónica sobre la Revolución Sandinista.
Y, por sobre la maleable división entre vivos y muertos, la transición política, económica y cultural está representada por un habla. Los guías iluminados hablan “como los santos”. En su famoso poema, Leonel Rugama convoca a los marginales de la ciudad, conjunto bastante heterogéneo de pueblo, y expresa su deseo de hablar con ellos, y de narrar las vidas de santos o héroes revolucionarios. No es fácil hablar en condiciones de tanta heterogeneidad, se necesita silencio también. “Cállense todos/ y síganme oyendo”, se ve obligado a pedir el poeta.
Esta batalla de control sobre el discurso, se hace evidente también, dando un salto de 30 años, en las memorias de Ernesto Cardenal, modeladas asimismo por un “hablar como los santos”. Dice Cardenal, narrando su descubrimiento de los textos de Santa Teresa: “Y es que Santa Teresa no está escribiendo el español sino que lo habla, es un lenguaje oral; es como si en aquel tiempo ya hubieran inventado la grabadora y a ella la estuvieran grabando. Sus escritos tienen las incorrecciones del lenguaje hablado; a veces se atropella, interrumpe una frase y pasa a decir otra… Por eso ante la obra del guerrillero sandinista comandante Omar Cabezas, José Coronel Urtecho comparó su prosa con la de Santa Teresa”. (Vida perdida, 58)
Hablar/ narrar, estrategias discursivas de la poesía exteriorista (Rugama, Cardenal) y del testimonio “a lo nica” (Omar Cabezas), se articulan en la fisura entre el sujeto mesiánico y el pueblo heterogéneo. El pueblo siempre escucha, es el oyente deseado, la presencia indiscutible, la elipsis significativa. Con otros oyentes el discurso fracasa; una disciplina secular (por ejemplo, el psicoanálisis) vuelve vano el discurso; éste se autovalida constantemente en base a ese pueblo que escucha.
El hablar vaciado de sentido irrumpe en las memorias de Cardenal, durante el divertido recuento de su propio psicoanálisis. “Yo hablaba y hablaba y hablaba…”, dice Cardenal (Vida perdida 349). Pero el discurso no marcha hacia ninguna parte. El psicoanalista interrumpe demasiado, la armonía entre voz y oído se rompe. Como resultará evidente, este “hablar” no parece referir a un concepto secularizado de lo narrativo / novelístico; más bien, proclama la similitud de, para recurrir a Foucault, los “códigos fundamentales de una cultura”. Sentado en el umbral de la tierra prometida, el marginal imantado por la cultura, escucha a los iluminados de la tribu.
Hay que enfatizar que no es posible analizar el reciente desarrollo de la narrativa nicaragüense sin entender esta operación discursiva. El hablar y el territorio se codifican en el deseo narrativo, y el deseo narrativo implica un individuo más o menos completado, libre de la alienación de los relatos estatales sin territorio, de hecho, el Estado somocista es visto como un proyecto “exógeno”. El hablar es una incorporación de lo heterogéneo, y un silencio que representa la armonía perdida: la revalidación constante del “Mapa de la Poesía”. En este momento, el deseo narrativo está por sobre el territorio y el género narrativo / novelístico como tal.