Opinión

Nicaragua desde el cielo


Los he oído muchas veces. Otra vez arriba. Sé que están, que son los mismos, los niños de la casa de al lado, sobre las ramas del palo de mango. Pronto empezará el bombardeo de mangos sobre el cinc. Todavía está el árbol en el patio, rodeado de muros. Resistiendo el asedio.
Pero en realidad les quería decir que he podido ver a Nicaragua desde el cielo durante varios años. Es como un privilegio de los santos y los pájaros: desde fuera y desde dentro. Añorando volver a verla cuando he pasado mucho tiempo fuera, y queriendo acariciarla, a pesar de las turbulencias de costa a costa, o de Managua a Siuna y de vuelta a Managua. He visto los tonos cambiantes de la tierra y los árboles, incluso del agua de los lagos y los ríos cuando el verano parece una mano vieja que se agarra sofocándolo todo, como si se fuera a provocar la combustión de la tierra y el aire. Pero también he visto, cuando llega mayo, que todo vuelve a ser posible, que la mano de algo parecido a un milagro extiende una alfombra verde de la noche a la mañana. En tan sólo veinticuatro horas he dudado de mi juicio, al ver cómo había crecido el monte en un campo que antes estaba yerto.
Nicaragua está llena de renacimientos. No necesita más que un impulso, una palabra de agua y todo crece, se vuelve de varios matices de verde, predominando el verde de montaña, o el esmeralda cuando el sol se refleja, o el más oscuro cuando se encuentra debajo de las sorpresas del Malinche, el árbol que se enciende hacia arriba con flores rojas. Un amigo me solía repetir de memoria los árboles comunes de Nicaragua: la ceiba, el palo de almendro, el de nancite, el mango, el chilamate, el de acacia. También se sabe las flores y los nombres de los animales. Algunos, según dice, ya no se encuentran, pero se siguen estudiando en los libros de la escuela donde se menciona la flora y fauna de Nicaragua. Alguien dijo alguna vez que la geografía es amor. Creo que puede ser una muestra de amor a Nicaragua quererla de memoria y cuidarla con pequeños gestos.
La emergencia decretada por el gobierno en relación al asunto de la madera, se dice que llega tarde, pero al menos llega. Lo que pasa es que el expolio ocurre en todo el país, y aquí y allá se elimina uno de los recursos, por no decir, el recurso que Nicaragua tiene para su futuro. Sin las riquezas naturales, estamos listos para entregarnos a la desesperación de depender exclusivamente de afuera. Con recursos naturales uno tiene un tesoro, y hasta sin explotarlo agotándolo, se le puede sacar partido, es un fondo de inversión y hasta un arma poderosa de negociación. En Costa Rica, las reservas naturales, similares a las muchísimas de que dispone Nicaragua, producen beneficios que se acompañan de una cierta calidad en infraestructuras y una legislación medioambiental más fuerte. En Bolivia, el gobierno de Morales está volviendo la vista y la mano hacia los propios recursos del país y reclamar así lo que es de Bolivia. Venezuela, mientras tenga petróleo, puede seguir el juego de la alternativa a las políticas de Estados Unidos.
En el otro lado, está el dolor de Haití. Desde República Dominicana uno puede cruzar la frontera de Haití sin salirse de la misma isla, pero entra en otro mundo, otra isla donde no queda ni un árbol, un paraíso deshojado y triste que costará mucho recuperar.
Para Nicaragua hay muchos espejos donde mirarse y muchas opciones. La situación es crítica. En los últimos años lo he visto desde el aire, aunque no hacía falta irse tan lejos para poder comprobarlo. Se están llevando Nicaragua desguazada a otra parte. Y después de la madera y otros recursos, se va nuestra gente, si no a Costa Rica, a Estados Unidos, donde ahora les espera a muchos la Guardia Nacional en la frontera de Bush. Se están llevando la madera, desde hace muchos años, con el permiso de Managua. Se están llevando nuestras energías, en esas empresas de un día para otro que toman grandes extensiones, las zonas francas, y que cuando quieran se irán, después de haber ganado doscientas veces más y aún más de lo que aquí dejaron, de lo que se gastaron en salarios de hambre, unas fábricas que no han traído prosperidad ni desarrollo a ningún país y al que nos aferramos como lo único que nos puede tener empleados a decenas de miles de nicaragüenses sin que se vayan para siempre o para mucho tiempo.
Algo parecido ocurre con las inversiones turísticas. Si las zonas francas no pueden ser una opción de trabajo para el futuro de Nicaragua, tampoco lo pueden ser ciertos proyectos turísticos que se están poniendo en marcha. En Nicaragua, sólo pueden ser posibles si se aprovecha su fortaleza y su debilidad natural, es decir, sólo es posible respetando el medio ambiente. Si se permite otro tipo de inversión turística es migaja para hoy y muerte para mañana, porque a nadie le será atractivo venir a un país que se vende como un paraíso en la foto y una mentira en la realidad. Y en esto no puede haber medianías. Es lo que tenemos, o lo conservamos o nos lo quitan por unas monedas hoy. En septiembre de 2005, el Marena autorizó la construcción de un hotel-condominio dentro de los límites del Refugio de Vida Silvestre Río Escalante-Chococente. El Marena, uno de los ministerios más precarios y con el presupuesto peor distribuido, debe demostrar que el impacto natural del proyecto que incluye más construcciones y áreas para diversas actividades no será el que se señala por algunos estudios, incluyendo algunos realizados por personas que no viven en el país ni son nicaragüenses, y que muestran su preocupación desde donde están. El progreso sólo queda en manos de quien hace las obras, no de quien se deja vapulear. Nicaragua no puede dejarse caer al primer asalto de una negociación. Mostrarse duro y firme en la protección de los recursos naturales, de los derechos de los trabajadores para empresas transnacionales, de la salud y de los servicios públicos en negociaciones internacionales no nos cierra la puerta a la ayuda y a la inversión extranjera, sino que nos otorga respeto como país. Al contrario, algunos de nuestros representantes han creído durante mucho tiempo que Nicaragua no se podía permitir semejante osadía a nivel internacional. Cuando un país defiende lo que tiene con uñas y dientes, sea poco o mucho, obliga a sentarse a negociar a quienes creían que iba a ser más fácil. Los resultados suelen ser mejores para el país que muestra una dignidad no negociable. El Cafta ha sido un triste ejemplo, mostrado en general por los países centroamericanos. Hace poco, Carlos Pellas, uno de los grandes defensores del Cafta, confesaba que creía que se iban a generar muchos perdedores, en especial entre los pequeños y medianos empresarios. En Nicaragua son la mayoría, más mayoría que en otros países. Sólo ganarán los de siempre, y cuando ganan los pequeños, es tan poco, tan escaso, que otra vez volvemos a lo mismo.
Nuestros recursos, nuestra riqueza más importante está en nuestra juventud y en nuestra naturaleza, y en nuestros sueños, en nuestros viejos sueños sembrados de pesadillas como las del canal del río San Juan.
El país es bello, como se cuenta en el Estrecho Dudoso que dijeron los primeros conquistadores. Y sigue siendo bello, pero necesitamos que quienes lo representan, lo defiendan con dignidad, sin irse a dormir apagando la conciencia de un pueblo entero. Cada vez más, los foros internacionales y las negociaciones determinan el presente y el futuro de nuestra gente, de los jóvenes, y de nuestros árboles, incluyendo éste de mango que tengo en mente, al que se suben de vez en cuando los chavalos de la casa de al lado y con una vara bajan los frutos que caen como malos pensamientos sobre el techo, alborotándolo todo. Les regaño y además me enoja que no se den cuenta de que pueden caerse. A lo mejor es que los niños se protegen con los árboles, se atraen, como si se defendieran unos a otros peligrosamente. También es un aprendizaje el de los niños sobre los árboles, jugando a ver Nicaragua desde el cielo.

franciscosancho@hotmail.com