Opinión

Los dinosaurios de Chococente


Increíble pero cierto: no sólo en el Parque Jurásico, sino también en Chococente puede usted, estimado lector, encontrar medrando dinosaurios. Durante mucho tiempo efectivamente asumí como la mayoría, que los dinosaurios se habían extinguido, pero ahora estoy más convencido que nunca de que ahí, en esa área protegida del Pacífico nicaragüense, sobrevivió transgrediendo las leyes de la evolución, la singularísima especie Deinos oportunistissimum.
Desde que los pioneros de la ecología como Rachel Carson iniciaran una marcha forzada a contracorriente en los años 30, hasta la culminación de su obra cimera con Silent Spring (Primavera Silenciosa) en los 60, mucha agua ha corrido bajo el puente. Pese a sus advertencias sobre la necesidad de renovarse continuamente y a que hace ya cerca de dos y medio milenios Heráclito nos ilustró sobre la mutabilidad de la materia como constante --“nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”--, en pleno siglo XXI asistimos al anquilosamiento, a la fosilización de buena parte del pensamiento y de la práctica ecologista.
El mundo moderno hoy es ferozmente disputado entre los tradicionales --y nuevos--depredadores del ambiente… y los dinosaurios de la ecología, quedando en el medio una sociedad generalmente expectante, desorientada y desinformada, potencial presa de unos u otros. Algo de eso es lo que vemos hoy en el espejo de Chococente, escenario poco conocido sobre el cual se ha puesto de moda tejer diablos de zacate alrededor de un idílico como inexistente paraíso terrenal, reino real de basura y miseria humana.
Llegó a Chococente la manzana de la discordia con los vientos del turismo. Y mucho antes, con la intención del “reo” más rico y poderoso de Nicaragua de construir a todo tren una carretera pavimentada paralela a la costa. Varios kilómetros de esa vía se pavimentaron, sin que nadie diera cuenta de su existencia, ni siquiera los medios de comunicación. Con la carretera se dinamizó el mercado de la tierra y con ello, también llegaron los inversionistas, dispuestos a hacer del Macondo local un destino turístico más allá de los estereotipos de las Pilar Ternera y los José Arcadio Buendía.
Por supuesto, me refiero a la Comunidad de El Astillero, donde los Buendía viven como hace años, de la pesca artesanal, del pequeño comercio, de la caza y la extracción furtiva de leña de Chococente, de la recolección --y con frecuencia del saqueo-- de los huevos de tortuga, que en más de una ocasión ha redundado en saldos trágicos de muertos y heridos. Aquí, en un paisaje idílico para quien no vive en carne propia los rigores de la pobreza extrema y comparte el baño de mar y la playa con los cerdos, las vacas y la basura que arrastra el contaminado río Escalante, es donde tercos inversionistas han cometido la grave osadía de invertir su capital.
El Plan de Manejo del Refugio de Vida Silvestre Escalante-Chococente incorporó como parte de la zona núcleo vastas zonas de pastizales, tierras agrícolas e incluso comunidades humanas enteras que viven y crecen ahí en condiciones no muy humanas que digamos. El límite sur de la zona núcleo del refugio es el mismísimo poblado de El Astillero. Pero bueno, así quedó en el decreto creador del área protegida. Igual quedó en el referido Plan de Manejo. Lo que vale para la ley es lo que está en el papel, así sea que nuestros ojos, oídos, nariz y demás sentidos --incluido el sentido común-- nos digan lo contrario. Dura lex, sed lex, reza la sentencia latina.
En esa porción de la zona núcleo del área protegida, campea pues la pobreza. Campean la basura y los cerdos marinos. Las pocas tortugas desorientadas que esporádicamente arriban a estas playas nunca tendrán descendencia. La comunidad, los cerdos, los perros, los zopilotes no perdonan aquí un solo huevo de tortuga. Por eso, en época de arribada, para el poblador local, bien vale la pena el riesgo de cruzar el río Escalante y hacerse de su morral de huevos en Chococente, desafiando a los guardaparques y a la autoridad armada.
Bien dice el proverbio que la necesidad tiene cara de perro, pero… ¿Este orden de cosas tiene que seguir así? ¿La gente de Chococente, para comer, como decía un amigo, está condenada a depender de la cloaca de la tortuga? ¿Qué compra la gente con los pírricos ingresos que le reportan la venta de huevos de tortuga, o será que esos días pasa desayunando, almorzando y cenando huevos de tortuga?
La experiencia de otros países pobres, como Nicaragua, demuestra que el valor de una sola tortuga puesto en el mercado del turismo, donde el consumidor no mata a la tortuga, no se come sus huevos, y sencillamente se da por realizado con el solo hecho de dispararle un par de fotografías, fácilmente alcanza los veinticinco mil dólares a lo largo del ciclo vital de un solo quelonio. Es el reto de revolucionar Macondo.
Los depredadores del ambiente dicen que comiendo hoy, qué importa el mañana. Que las nuevas generaciones se las arreglen como puedan. Los dinosaurios de la ecología dicen que no hay que tocar nada, que las cosas de la naturaleza son para la contemplación, para admirar sus bondades desde una urna de cristal. El desarrollo sostenible y, particularmente el turismo sustentable, por el contrario, nos enseñan que podemos conservar y al mismo tiempo aprovechar hasta un máximo determinado por la capacidad de carga de cada ecosistema.
¿Quién ha dicho que no se puede comer huevos de tortuga? ¿Acaso en la Costa Caribe, el filete de tortuga no es el equivalente a la carne de vaca del Pacífico? ¿Quién anda de hipócrita diciendo, “pobrecito el pollo, mejor hubiéramos almorzado sólo papas fritas”? El fiel de la balanza es conservar y aprovechar (y así lo consigna la legislación ambiental nicaragüense); poder comer hoy y que también no le falte el sustento diario a quienes vienen detrás; y que las especies animales y vegetales de las que nos alimentamos, como máximos depredadores en la cadena alimenticia que somos, puedan vivir y reproducirse indefinidamente para continuidad de su especie y de la nuestra.
La sociedad humana ha creado mecanismos sofisticados para satisfacer sus necesidades básicas como esa del pan nuestro de cada día. La superestructura económica, política y social es la que determina la equidad o la inequidad en la distribución y disponibilidad de los recursos. La inversión bien orientada, sobre bases de sostenibilidad económica y ambiental, de seguridad jurídica, capaz de permear sus beneficios directos e indirectos a la comunidad es, ciertamente, la peor amenaza que puede enfrentar la pobreza y la vida valetudinaria de los numerosos Macondos que, como en Chococente, medran en el limbo de las inequidades sociales en Nicaragua.
Los dinosaurios de la ecología, como la entronizada pobreza histórica en que viven estas depauperadas comunidades, encuentran en iniciativas reales y realistas como la inversión en turismo sustentable por igual --la práctica, sostiene el filósofo, es la última condición de verdad-- un gratuito enemigo, al tener que enfrentar la fortuita disyuntiva de evolucionar o extinguirse.
Por eso, también, el Chacocente donde por ahora forrajean nuestros curiosos Deinos oportunistissimum, debe también evolucionar a su legítima raíz náhuatl de Chococente. Y aunque en principio les agríe algo más que el almuerzo, tengan la certeza de que si nuestros chacos amigos Deinos que por ahora andan chocos, deciden abandonar su estado fósil, podremos gratificarles con algún fresco y genuino chocolate ecológico que les ayude a evolucionar sus ideas y sus prácticas, para que no sigan anquilosándose en su malhadado oportunistissimum chacolate.

Managua, 12 de mayo de 2006.
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