Opinión

Un presidente débil y sin futuro


Cuando la ciudadanía da la espalda a la política, la ignora, o simplemente se margina de participar, estamos frente a un fenómeno conocido como desafecto. Se trata de una expresión amplia que tiene múltiples facetas, las cuales van desde la abstención, la molestia pasiva o la reprobación silenciosa de los gobernantes. Nuestra incipiente democracia ha empezado a padecer estos síntomas.
Por otro lado, el escenario de la política nacional comienza a vestirse de elecciones, y noviembre 2006 está ya en la mira de los políticos. La vida política nacional está cada día más impregnada por esta contienda. La ciudadanía está molesta porque no se cumplen las promesas de la campaña electoral pasada: “Más empleo sí se puede”.
El desafecto ciudadano tiene que ver con un sistema político que no está dando los resultados prometidos y con muchas expectativas aún sin cumplir. Lo peor que puede pasarle a una democracia en construcción es el desafecto de una ciudadanía que no encuentra respuesta satisfactoria a sus problemas económicos-sociales cotidianos, y sobre todo que vive una democracia que no le ofrece un futuro con certidumbre.
La ciudadanía se encuentra frustrada por las promesas incumplidas del presidente Bolaños; también es probable que esta no participación sea producto del desencanto creciente que produce el incremento de la pobreza, pero, de cualquier modo, es un signo preocupante. También, la carga de paternalismo con un dejo autoritario que han tenido los mensajes del presidente Bolaños, ampliaron la brecha del descontento de la población.
La desafección política tiene distintas explicaciones. Éstas varían según la óptica de quienes están pendientes de la evolución del acontecer político nacional. Para los ciudadanos comunes y corrientes, falta la voluntad del gobierno Bolaños para castigar la impunidad de todos los funcionarios actuales y pasados. Para quienes priorizan una reforma de Estado, falta un pacto amplio, en el cual hacer descansar los nuevos equilibrios institucionales de la democracia.
Para quienes están pendientes del desarrollo económico del país, se ha dejado ir la oportunidad de llevar a cabo las reformas estructurales que habrían dado mayor dinamismo al crecimiento de la productividad y de la economía. Ni reforma fiscal. Ni verdaderas oportunidades para el desarrollo científico y tecnológico. Ni revolución educativa. Ni apoyo a la producción agrícola para el mercado interno ha impulsado este gobierno a lo largo de su gestión gubernamental.
Para quienes han luchado en contra de la exclusión social, la política del gobierno Bolaños es una prolongación de los anteriores gobiernos neoliberales, en la que no caben ni los derechos de las comunidades del Caribe ni las oportunidades para los pobres. El aparato del Estado no tiene ninguna capacidad de orientación sobre el curso social, la tentativa de armar una política de consenso multisectorial (Conpes) languidece casi desde sus comienzos.
El resultado es decepcionante para muchos. Es decepcionante para quienes veían en la impunidad el mayor problema del país. Para quienes querían una transición institucional completa. Para quienes juzgaban como urgentes las reformas estructurales. Para quienes pensaban que podría haber una mejor respuesta frente a la pobreza y a la exclusión social.
El balance que se hace desde las distintas ópticas es severo, pero corresponde con la realidad. A pesar de ello, todos los días se repite el discurso del cambio y de la “nueva era”. Todos los días se siguen ofreciendo grandes transformaciones. Pero el enorme capital político que había para llevarlas a cabo se redujo porque no se utilizó en los puntos y en los tiempos que marcaba un análisis riguroso de las experiencias del país y de la circunstancia política de Nicaragua.
No son, sin embargo, los errores derivados de la falta de eficacia y de experiencia política del gobierno los que están generando el rechazo. Lo que más está lastimando al gobierno son sus descuidos, contradicciones y falta de un juicio crítico respecto de sus errores. Para el gobierno, el mayor de los peligros era el debilitamiento de la autoridad política del Presidente.
Su autoridad política era el cemento del cambio y de la gobernabilidad. Esa autoridad se desgastó, tanto porque los resultados de la acción pública fueron magros, como por los muchos pequeños o grandes descuidos que erosionaron la credibilidad del gobierno y del presidente. Su autoridad radicaba en su palabra empeñada, expresión de su pensamiento ético y reflejo de su voluntad. La falta de congruencia entre la ética y los hechos, al recibir doble cheque fiscal, lo cual le minó su autoridad.
Estamos ante el reinicio de viejos círculos viciosos, donde la democracia conquistada se muestra frágil e incapaz de llevar a la población a obtener los mínimos humanos de bienestar, seguridad y libertad, haciendo que reaparezcan los fantasmas de la ingobernabilidad y de las soluciones de fuerza, que al final no resuelven nada. La lógica del gobierno ha sido llevarnos de crisis en crisis sin saber cómo solucionar los problemas cotidianos del ejercicio del poder.
En un momento determinado, la descomposición del gobierno Bolaños llegó a un punto muy peligroso y significó altos riesgos para la gobernabilidad. Bolaños es un Presidente débil y sin futuro. Su fracaso como Presidente es innegable. A la distancia, su gobierno será, en más de un sentido, un quinquenio perdido.
Al final de su gobierno, los analistas señalan que el Presidente vive una orfandad política inusitada. En esta coyuntura, la acción política del dinero predominará en la etapa terminal del gobierno Bolaños. Bolaños recibirá más presión de los grupos económicos que lo apoyaron y que se sienten dueños del statu quo.
Esos grupos financieros intentarán evitar, por todos los medios a su alcance, una nueva alternancia en el poder. Hay muchas cosas que Bolaños no les cumplió, pero demandarán que otro gobierno subordinado a sus intereses económicos les pague. Por lo mismo, y contrario a lo que se podría esperar para estos grupos financieros, su apoyo a Bolaños no es más que un plan de negocios a mediano plazo. Así, antes que seguir alimentando el rechazo social al Presidente, apoyarán a los candidatos de la derecha, con todo, para mantener las políticas neoliberales que los benefician.