Opinión

El éxtasis de Santa Teresa y la violencia de cupido


Santa Teresa de Jesús, española y monja de una época lejana. Vivía España sus días de gloria. Tiempos de transición entre la Reforma Protestante y la Contrarreforma católica, expulsión de judíos y moros, conquista y colonización de América, inquisición y genocidio indígena, creación de nuevas órdenes religiosas, las Carmelitas Descalzas y la Compañía de Jesús, entre otras.
Murió en 1582, fue canonizada pocos años después de su muerte, el mismo año que canonizaron al rector de los jesuitas, San Ignacio de Loyola (1614). Mística y poetisa, irreverente silenciosa, hasta que el arte, ese felino husmeador de misterios humanos, la presentara públicamente, vestida de santa belleza y ejemplo de sensualidad disculpada.
Entre los años de 1645 y 1652, un arquitecto, escultor y pintor italiano llamado Gian Lorenzo Bernini, se atrevió a descodificar la vida interior de la Santa de Ávila; representación y revelación, arte y psicología, un verdadero milagro artístico. Siete años le tomaron a Bernini levantar una estatua de mármol y bronce, techada de pintura, en la misma capilla de la iglesia de Santa María de la Victoria en Roma. Quién sino el arte, además de la experiencia, nos podría entregar la imagen del éxtasis de una mujer y el violento talante masculino, todo en un mismo escenario teatral.
Si no viéramos esta obra, al menos en foto, difícilmente adivinaríamos, ni con ayuda literaria, el significado del éxtasis de Santa Teresa, mezcla de misticismo y erotismo, placer y dolor. Pasión en piedra, copiada de la poesía confesa de la bella carmelita: la transverberación hecha arte. La transverberación es la comunión espiritual, psicosomática, con el Cristo sufriente y ensangrentado, sentimiento gozado y padecido por Teresa.
¿Cómo surgió aquel milagro, cómo pudo aquella mujer levitar su cuerpo, cómo pudo aquel Cristo poseer su alma sin censura alguna de los conventos españoles? Vivían 140 monjas en el convento, recibían visitas, salían a pasear con algunos de aquellos masculinos visitantes. El Señor sintió celos --dice Teresa, aún no convertida en Santa-- por la coquetería de aquellas mujeres condenadas a sublimar sus instintos más queridos. Desde aquel momento el milagro se hizo posible, vivirían el uno para el otro: Cristo y ella.
La presencia de Cristo en la vida interior de Teresa, rompió sus primerizos enamoramientos con sus confesores espirituales. Era demasiado para una joven y mortal muchacha campesina, aquella presencia y aquellas divinas caricias, primero con la mirada, después con las manos, hasta entrar de cuerpo entero en sus entrañas. Sentía los mismos escalofríos que su santa preferida, la mismísima María Magdalena, y quiso revelarlo en sus cartas y poemas.
Un buen día bajó el mismo Dios hecho carne y vestido de querubín: “Veíale, dice Teresa, en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me pareció tener un poco de fuego. Éste me pareció meter por el corazón algunas veces, y me llegaba hasta las entrañas, al sacarle, me pareció las llevaba consigo, y me dejaba toda abrazada de un aura grande de Dios”.
La sorpresa que la escultura de Bernini ofrece a quien la contempla, es la sensación conocida de la mera gratificación carnal y espiritual de una escena erótica y mística a la vez. Un ángel, recién vestido después de cometer su desvestida fechoría. Cupido mismo, apuntando no al corazón, sino, como lo denunciaran posteriormente los sorprendidos funcionarios de la Iglesia Católica, al mismo pubis de aquella imagen moribunda, apenas resucitada de un reciente y abrumador arrebato sublime.
Unos párpados pesados, decididos a no ver al autor de aquella estocada imprevista. Una boca voluntariamente indefensa, como esperando que caigan del mismo cielo, gotas de hierro derretido, ansias prestas para avalar la esperanza misericordiosa que limpia los pecados del mundo, trasgresión de un tabú que la abundancia de ropa sobre su cuerpo no logró ocultar el mensaje de Bernini. De repente, uno se queda sin aliento consciente, reconociendo, y/o, mejor dicho, sintiendo los recuerdos sensualizados de nuestra imprudente memoria. Una belleza enmudecida, no por ser de piedra, sino porque se halla exhausta y desgajada sobre sí misma, un pie descalzo descendiendo de unas rodillas desfallecidas y envueltas en barrocas enaguas, un cuerpo sin fuerza, como recién entregado al más trasgresor de los placeres. Él erguido, ella inclinada sobre el lecho; él con una sonrisa saciada, ella tibiamente gratificada; él blandiendo un arma mortal y pensando en su próxima víctima; ella fiel a su amante y su victimario a la vez.
Catarsis de una muerte momentánea, deseada y planeada. Conciencia de que el fruto nos acrecienta el deseo mientras más prohibido se presenta. Descansa, duerme o semeja su muerte prematura, Santa Teresa en la piedra, para mayor gloria del arte. Éxtasis inocente, pero no menos real por ello, orgasmo instantáneo retratado en la forma de un contenido que no mendiga explicación, al menos para sentirlo, como lo sintió el escultor, como lo experimentó Santa Teresa. Víctima del dardo fálico de Cupido, ese diocesillo vestido de ángel, mensajero masculino que acosa y viola en nombre de las creencias religiosas esculpidas en las tablas de la ley del hombre. Sonriente y orgulloso al blandir su flecha ensangrentada, deseante de la muerte que habla a través de los labios de la Santa.

“Vida, ¿qué puedo yo darte
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi amado quiero,
que muero porque no muero”.

Bernini fue desplazado de los favores de los jerarcas mecenas de aquella época, por atreverse a esculpir a una Santa en jadeante y prohibida sensación.
Todavía esperamos de los próximos jerarcas que descubran en la obra de Bernini al autor mortal disfrazado de un mancebo enamorado, presto a sacrificar a su presa hasta matarla después de haberla gozado (complejo de Cupido). Todavía esperamos que los artistas nos ayuden a revelar el misterio empoderado de la violencia masculina. Por ahora, mantengamos una devota posición por aquella mujer que nos heredó el mensaje redentor, esperado derecho femenino: el orgasmo de nuestras santas cotidianas, sin culpa y sin castigo.