Opinión

La hoja de ruta de China


China está a punto de adoptar su undécimo plan quinquenal, fijando el escenario para la continuación de probablemente la más notable transformación económica de la historia, mientras mejora la situación material de casi un cuarto de la población mundial. Nunca antes el mundo había visto un crecimiento así de sostenido; nunca antes ha habido un nivel tal de reducción de la pobreza.
Parte del prolongado éxito de China ha sido su combinación casi única de pragmatismo y visión. Mientras gran parte del mundo en desarrollo, siguiendo las directrices del Consenso de Washington, se ha orientado a una quijotesca cruzada por un mayor PGB, una vez más China ha dejado en claro que busca aumentos sustentables y más equitativos en los estándares de vida reales.
China se da cuenta de que ha entrado en una fase de desarrollo económico que está significando enormes --e insostenibles-- exigencias sobre el medio ambiente. A menos que haya un cambio de rumbo, los estándares de vida terminarán viéndose afectados. Por esta razón, el nuevo plan de cinco años pone gran énfasis en el medio ambiente.
Varias de las zonas más atrasadas de China han estado creciendo a un ritmo que sería prodigioso, si no fuera por el hecho de que algunas partes del país están creciendo, incluso, más rápido. Si bien esto ha reducido la pobreza, ha aumentado la desigualdad, con cada vez mayores disparidades entre las áreas rurales y urbanas, y entre las zonas costeras y el interior.
El Informe de Desarrollo del Banco Mundial de este año explica por qué la desigualdad --y no sólo la pobreza-- debe ser una preocupación, y el undécimo plan quinquenal de China ataca el problema de frente. Por varios años el gobierno ha hablado de una sociedad más armoniosa, y el plan describe ambiciosos programas para lograrlo.
Además, China reconoce que lo que separa a los países menos desarrollados de los desarrollados no es sólo una brecha en los ingresos, sino también una brecha en el conocimiento. De modo que ha diseñado un audaz plan no sólo para reducirla, sino además para crear una base para la innovación independiente.
El papel de China en el mundo y en la economía mundial ha cambiado, y el plan también lo refleja. Su crecimiento futuro tendrá que estar basado más en la demanda interna que en las exportaciones, lo que exigirá un aumento del consumo. De hecho, China tiene un problema poco común: un nivel de ahorro excesivo. La gente ahorra, en parte, debido a la debilidad de los programas de seguridad social del gobierno; el fortalecimiento de la seguridad social (pensiones) y la salud pública simultáneamente reducirá las desigualdades sociales, aumentará la sensación de bienestar de los ciudadanos y promoverá el consumo actual.
Si tienen éxito (y hasta ahora China ha superado incluso sus propias expectativas), estos ajustes pueden significar enormes presiones sobre un sistema económico global que ya se encuentra descompensado debido a los enormes desequilibrios fiscales y comerciales de EU. Si China ahorra menos --y si, como han anunciado sus autoridades, busca llevar a cabo una política más diversificada de inversión de sus reservas--, ¿quién financiará los más de $2 mil millones diarios de déficit comercial de EU? Se trata de un tema para otra ocasión, pero puede que ese día no esté muy lejos.
Con una visión así de clara sobre el futuro, el reto será implementarla. China es un país grande, y no podría haber logrado el éxito que ha tenido sin una descentralización generalizada. Pero las descentralizaciones plantean sus propios problemas.
Por ejemplo, los gases de invernadero son problemas globales. Mientras EU dice que no se puede permitir hacer nada al respecto, las altas autoridades de China han actuado de manera más responsable. Dentro del mes posterior a la adopción del plan se impusieron nuevos impuestos ambientales sobre los automóviles, la gasolina y los productos forestales. China utilizó mecanismos basados en el mercado para abordar los problemas medioambientales suyos y globales. Sin embargo, las presiones sobre las autoridades de los gobiernos locales para que creen crecimiento económico y empleos serán enormes. Se verán muy tentados a aducir que si EU no puede producir de un modo que preserve el planeta, ¿cómo podrían hacerlo ellos? Para traducir su visión a acciones, el gobierno chino necesitará sólidas políticas, como los impuestos medioambientales que acaba de aplicar.
Al avanzar hacia una economía de mercado, China ha desarrollado algunos de los problemas que han afectado repetidamente a los países desarrollados: intereses particulares que disfrazan sus argumentos egoístas tras un tenue velo de ideología de mercado.
Algunos argumentarán a favor de la economía del chorreo: no nos preocupemos por los pobres, ya que finalmente todos terminarán beneficiándose del crecimiento. Y algunos se opondrán a las políticas sobre competencia y a la existencia de sólidas leyes sobre el manejo de las corporaciones: dejemos actuar la ley de la supervivencia darwiniana. Se plantearán argumentos centrados en el crecimiento para oponerse a la existencia de políticas sociales y medioambientales sólidas, por ejemplo, se dirá que “si suben los impuestos a la gasolina, eso significará la asfixia de nuestra naciente industria automotriz”.
Estas supuestas políticas pro-crecimiento no sólo no lo crearían, sino que pueden amenazar la visión misma del futuro de China. Hay una sola manera de evitarlo: un debate abierto de las políticas económicas, con el fin de poner al descubierto las falacias y dar espacio para que surjan soluciones creativas a los muchos retos que enfrenta China hoy en día. George W. Bush ha demostrado los peligros de un secretismo excesivo y de limitar la toma de decisiones a un estrecho círculo de adeptos. La mayoría de la gente fuera de China no aprecia hasta qué grado sus líderes, en contraste, se han involucrado en largas deliberaciones y amplias consultas (incluso con extranjeros) en sus esfuerzos por solucionar los enormes problemas que enfrentan.
Las economías de mercado no se regulan por sí mismas. No se pueden simplemente dejar en piloto automático, sobretodo si uno quiere asegurarse de que todos disfruten de los beneficios. Sin embargo, no es fácil administrar una economía de mercado. Como un malabarista se debe responder constantemente para equilibrar los cambios económicos. El undécimo plan quinquenal de China da una hoja de ruta para esa respuesta. El mundo observa con asombro y esperanza a medida que las vidas de 1,3 mil millones de personas continúan transformándose.

Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía, es profesor de Economía en la Universidad de Columbia y fue presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Clinton y economista en jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial.
Copyright: Project Syndicate, 2006.
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