Opinión

La democracia de los banqueros


EL NUEVO DIARIO y su periodista Eloísa Ibarra han puesto sobre la mesa de la opinión pública y del conocimiento general del hombre común, una verdad que todos presentíamos, pero cuyos perfiles y contornos no conocíamos con propiedad: los ciudadanos hemos sido asaltados por los banqueros de este país.
El capítulo de las quiebras bancarias y las increíbles operaciones realizadas en su contexto, constituyen una expresión absoluta de la indefensión política, económica y legal en la que vive sumido el pueblo trabajador de nuestra nación, frente a la maquinaria institucional de un Estado y un Gobierno que ha faltado a su elemental responsabilidad de preservar y defender la débil y frágil economía de los nicaragüenses más pobres.
El enriquecimiento de unos cuantos (ahora conocemos sus nombres y apellidos) se ha realizado a costa de una deuda social, cuyas dimensiones son gigantescas, y que se ha configurado a la vista y paciencia de quienes se rasgaron oportunamente las vestiduras, frente a la corrupción de gobiernos anteriores, de los cuales, según ha quedado demostrado, solamente eran una continuidad estructural.
Mientras los ministros y personeros de este gobierno han desgastado su voz para explicarnos cien veces que “no existen recursos” para resolver las demandas elementales planteadas en educación o en salud, una banda de delincuentes de saco y corbata asaltó a pleno día a la población, a vista y paciencia de quienes debieron evitarlo, con la autoridad que les confería su responsabilidad de administradores públicos y gobernantes. Y cada vez que sectores de la sociedad civil reclamaron frente a la desmesurada proporción de la carga impuesta sobre los ciudadanos, quienes debieron protegerlos, nos recordaron indignados que teníamos la obligación, como país, de honrar las deudas con la banca, para demostrar “nuestra seriedad” con los inversionistas nacionales y extranjeros.
En el colmo de la ironía, según lo afirmado por los periodistas encargados de la investigación sobre el caso que nos ocupa, el gobierno ha usado fondos destinados a aliviar la pobreza, para “honrar” las obligaciones financieras con los banqueros asaltantes.
Es como si a plena luz del día, una pandilla de barrio asaltara a un ciudadano, y después del asalto, la patrulla de la Policía, en vez de perseguir al delincuente, persiguiera a la víctima, para obligarla a entregar los últimos centavos que le quedaron en alguno de los bolsillos y que su victimario no pudo quitarle por la prisa del atraco.
Y por supuesto, el Fondo Monetario Internacional bendijo la operación porque su lógica siempre ha sido la de enriquecer aún más a los millonarios inescrupulosos, pero no permitir ni un centavo de subsidio para los miserables que engendra el modelo económico que nos han impuesto.
Ahora, seguramente, comenzará el baile de máscaras: escucharemos muchas promesas de personajes públicos sobre una “investigación a fondo”. Los partidos políticos harán del asunto otro argumento electoral. Se trasladarán las culpas y las responsabilidades entre unos y otros. Surgirán diez mil problemas y “obstáculos legales”, por los cuales, el aparato institucional no podrá recuperar para el pueblo lo robado. Habrán embajadores que no se indignarán frente a este caso sangrante de corrupción, ni señalarán a nadie como candidato a desvisarlo por su complicidad en semejante patraña pública, y nos recomendarán “prudencia” y “ponderación” para no “desestabilizar” al país, ni enviarle “señales equivocadas” a la inversión extranjera. Los tribunales y el Poder Judicial se confesarán, otra vez, impotentes para hacer justicia a las víctimas, mientras siguen departiendo, discretamente, con los victimarios. Dueños de importantes periódicos y cadenas de televisión, guardarán silencio cómplice para no perjudicar al candidato de sus sueños, mientras la frustración y la impotencia siguen alimentando un sordo clamor, resentimiento y exasperación social, que tarde o temprano, terminará en estallido.
Finalmente, en la última escena el Presidente de turno cumplirá su promesa de pasar a la historia, pero exactamente por las razones opuestas a las que nos anunció cuando asumió su cargo, para desgracia de este país.
Así funciona, la democracia de los banqueros.