Opinión

La batalla por el Mar Caribe


La región del Caribe se nos presenta hoy como una confluencia de pueblos, culturas, lenguas, religiones, economías diversificadas e ideologías políticas plurales. Un verdadero mosaico de culturas, en suma.
Esta identidad cultural fue tejida durante los últimos cinco siglos y es, en gran medida, el resultado de la colonización y de la esclavitud, las cuales generaron un gran movimiento de migración internacional, voluntario y forzado a la vez, en el Mar Caribe. El mar mismo ha sido objeto de una serie de guerras y de confrontaciones entre potencias que querían la hegemonía política y marítima en la región. Es en ese sentido que el historiador dominicano Juan Bosch definía al Mar Caribe como una «frontera imperial». En efecto, desde la época histórica que llamamos tiempos modernos hasta nuestros días, el Mar Caribe ha sido una zona geopolítica de primer rango. Si bien todos los mares del mundo pueden revelar su importancia geopolítica, la del Mar Caribe es significativa por distintos conceptos. El Mar Caribe ha sido, desde el siglo XVI, lo que otorga prestigio de potencia a un Estado capaz de tener una cierta influencia en las relaciones internacionales. A partir del momento en que ese Estado llega a dominar el Mar Caribe es promovido como potencia y reconocido como tal.
En el transcurso de los últimos cinco siglos, la batalla por la dominación del Mar Caribe ha sido dura y feroz.
Después de los sucesos del “descubrimiento”, España ha dominado, de punta a punta, el Mar Caribe y, en consecuencia, toda América del Sur. Esa dominación fue ratificada por el Tratado de Tordesillas, firmado en 1494 entre España, Portugal y la Iglesia Católica como mediadora. La dominación española duró todo el siglo XVI. A comienzos del XVII, la hegemonía de España sobre la región comenzó a ser cuestionada por diferentes monarcas europeos, como bien lo ilustra la frase de Francisco 1º, rey de Francia: “Que me muestren el testamento de Adán que me excluye de ese reparto”. Una alusión directa al Tratado de Tordesillas. A partir de ahí los monarcas del Viejo Continente no tardaron en promover, por todos los medios, los viajes, llamados de descubrimiento, al Nuevo Mundo. Inglaterra, Francia, los Países Bajos, Suecia, Dinamarca... se lanzaron resueltamente a la carrera. Algunos tuvieron más éxito que otros, y durante todo el siglo XVII el Mar Caribe se convirtió, abiertamente, en un campo de batalla entre las potencias europeas que querían su parte del pastel caribeño. Durante el siglo XVIII surgieron dos cabezas de puente claramente diferenciadas: Inglaterra y Francia. En el siglo XIX Inglaterra se convirtió en la dueña indiscutible de los mares, con un dominio completo sobre el Caribe y el control de una infinidad de islas y territorios a lo largo del litoral caribeño.
A fines de ese mismo siglo, las nuevas potencias como Alemania y los Estados Unidos de América procuraron tener un apeadero estratégico en el Caribe. Sólo los Estados Unidos lo lograron. Después de la guerra cubano-hispanoamericana (1895-1898), que consagró la derrota de España y su salida definitiva como potencia en el Caribe, los EU tomaron el relevo. En el siglo XX el Mar Caribe estuvo bajo la dominación americana. Este mar, desde el punto de vista estratégico, es considerado como la tercera frontera de los Estados Unidos de América.
Como se puede ver, el Mar Caribe nunca ha pertenecido verdaderamente a los caribeños que lo habitan. Sin embargo, se pueden adueñar, poco a poco, de ese gran patrimonio común. Gracias al desarrollo de la soberanía política, el Caribe pertenecerá cada vez más a los caribeños, quienes también podrán apropiarse del espacio que corresponde a esa región. Para lograrlo, comencemos por defender el medio marino que se degrada continuamente a causa de los daños provocados por unos y otros. Ésa es la última batalla que deben librar por el Mar Caribe sus propios habitantes.
El doctor Watson Denis es el Consejero Político de la Secretaría de la Asociación de Estados del Caribe. Los puntos de vista expresados no son necesariamente los puntos de vista oficiales de la AEC.
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