Opinión

El nica: ¿un haragán?


Con frecuencia se oyen comentarios entre los nicaragüenses, sobre todo en las ruedas políticas, que los compatriotas nuestros son haraganes, que no quieren trabajar, que el sandinismo los hizo a todos vividores y que por eso el país no progresa. Semejantes comentarios, vengan de donde vengan, obligan a darle pensamiento a tales aseveraciones e investigar qué tan ciertas son esas apreciaciones. En este sentido, me aventuro a emitir mi opinión en un área tan sensible y muy politizada, sobre todo que ya estamos en campaña presidencial, pero vale la pena arriesgarse.
Para abordar el tema hay que hacer un poco de historia sobre las condiciones y prestaciones laborales de los trabajadores. El Código del Trabajo en los años anteriores al sandinismo era lesivo. El salario mínimo del campo y de la ciudad no cubría la canasta básica, que tenía menos componentes de la que se usa actualmente. El obrero del campo ganaba siete córdobas al día más un tiempo de comida (arroz, frijoles y guineo cuadrado), y si fallaba un día a la semana no tenía derecho a que se le pagara el séptimo día. En este particular muchos patrones no permitían que se trabajara el sábado (4 horas) para no pagar el séptimo día.
En la ciudad, el salario mínimo era de 12 córdobas al día, pero para las domésticas el salario era de 280 córdobas mensuales con dormida y comida, siendo el horario de trabajo sin hora de entrada ni de salida; aun cuando el código especificaba que la jornada era de 48 horas por semana, a las domésticas no se les aplicaba.
El sector de la construcción era el mejor pagado gracias a su organización laboral. Los obreros de este sector, agrupados como Scaas (Sindicato de Carpinteros, Armadores, Albañiles y Similares), habían logrado negociar un acuerdo laboral justo, pero este sindicato se proyectó a otros como el de los maestros, y fueron considerados “comunistas” y, por tanto, perseguibles. En ésta época, yo trabajaba para una firma constructora (NAP), la cual tenía varios proyectos en proceso, y como los dueños de los proyectos entregaban jugosos premios a los constructores por cada día que los proyectos se adelantaban a la fecha de entrega, entonces la gerencia “autorizaba generosamente” las horas extras, pero cuando la planilla mostraba que el pago de horas extras eran casi equivalente al pago de horas normales, el dueño de la empresa se negaba a pagar y daba orden de eliminar todo el pago de las horas extras. Esto era normal en NAP y en otras empresas constructoras, sobre todo cuando las construcciones eran en el área rural, como fue en la construcción de viviendas en el proyecto hidroeléctrico de la Represa Santa Bárbara en el corazón del departamento de Matagalpa. Cuando los obreros rurales (campesinos) protestaban a la patronal, el mismo dueño de la empresa llamaba a la Guardia Nacional.
Otro caso en la vida rural era el famoso puntero o toro. Este personaje era escogido por el dueño de la finca para las labores agrícolas. Cuando se rozaba el potrero o se hacía la limpieza de los cafetales, al puntero se le pagaba un córdoba más que a los otros. Su labor era jalar al equipo al máximo, pues si el puntero hacía una ronda de 100 metros, por ejemplo, todos los demás tenían que hacer lo mismo, aunque eso implicara que los demás trabajaran más de 8 horas sin que les pagaran por tiempo extra.
Estos abusos eran frecuentes porque no había una definición exacta de medida. El Código del Trabajo no aclara cuánto es una jornada o una tarea, sino que esto quedaba a criterio del patrón. Lo mismo sucedía con la que llegaba a lavar y planchar. La tarea era “variable”, en algunas casas era de 30 piezas; en otros lugares era de tres docenas. Algunos patrones consideraban un pantalón y una camisa de adulto como una pieza, otros cuatro pantalones de niños como una pieza; una colcha, una pieza, etc., de tal suerte que una lavandera necesitaba más de ocho horas para hacer una tarea. En todos los casos de dependencia, el régimen alimentario de todos estos obreros no consideraba comer carne.
Este esquema injusto es mucho más amplio y desgarrante; entonces, no hay por qué asustarse que el sandinismo haya creado conciencia en los trabajadores para que reclamen sus derechos.
Para miles de compatriotas que vivimos en los Estados Unidos de Norteamérica, lavar y secar (pero no planchar) son operaciones fáciles porque es una máquina la que las hace, pero quienes tienen que hacerlo en una piedra donde se destruyen las manos sí pueden dar testimonio de lo rudo y mal pagado que es ese trabajo. Ser doméstica en USA es una tarea ingrata para quienes nunca habían hecho esa labor por considerarse de clase media o alta, sin embargo, su horario de trabajo no trasciende las 40 horas semanales; regresan a su casa y pueden ver a sus hijos por la noche o el fin de semana. Pero en Nicaragua la doméstica no tiene ningún derecho, y actualmente su jornada de trabajo es al menos de 12 horas diarias.
Este esquema de cosas implica que cada persona busque cómo sobrevivir. En los meses de noviembre, diciembre y enero es cuando hay más escasez de trabajadores en Nicaragua. ¿Por qué? Los cafetaleros se quejaron este año de que la cosecha se iba a perder por falta de brazos. Pareciera cierto que el nica es haragán, según se desprende de las declaraciones de los finqueros. Entonces, cómo explicamos los miles y miles de obreros agrícolas que viajan a Costa Rica y a El Salvador a cortar café y no lo hacen en Nicaragua. Esto sólo se explica en que nuestros empresarios explotan al trabajador y éstos no quieren ser humillados más. En cambio, en Costa Rica se expresan del trabajador nica como muy responsable.
Según el Banco Central de Nicaragua, las remesas familiares que vienen de Costa Rica superan los 200 millones de dólares. Es indudable que estas remesas son el excedente que les queda a nuestros compatriotas y lo destinan para ayudar a su familia en Nicaragua. Estos obreros agrícolas que buscan vida en el exterior regresan a ver a la familia con dinero en sus bolsillos y cargando toda clase de electrodomésticos como regalos a la familia. Al contrario, a los obreros agrícolas que se quedan en el país haciendo las mismas labores no les queda nada. En buena medida habría que hacer una conclusión a priori que los 200 millones de dólares que ellos envían a Nicaragua representan el valor de la explotación que los empresarios nicaragüenses le roban al obrero agrícola.
Esto no es un secreto; observen que a lo largo de la historia laboral en Nicaragua para que haya un incremento en el salario mínimo es necesario hacer huelgas y desorden de todo tipo, donde la voz del sector empresarial es siempre en contra del obrero.
Históricamente, para que el obrero en general, los maestros, médicos y personal de salud, etc. puedan obtener un aumento salarial tienen que recibir primero una buena garroteada, someterse a huelgas, etc., mientras los políticos liberales o sandinistas hacen sólo promesas sin que nadie renuncie a sus megasalarios y dicen ser amigos de los oprimidos. Entonces, el nica no es haragán ni vivián. Háganle justicia y el país tendrá otro gallo que le canta. No son Alemán, ni Ortega, ni Bolaños, ni cualquiera de los candidatos presidenciales quienes pueden detener las protestas, pues la injusticia produce una espiral de violencia creando liderazgos que llevan a radicalizar las protestas, que siendo justas no faltan politiqueros que las bautizan como movimientos comunistas.