Opinión

Voces del mundo

Del 25 al 30 de abril, la escritora nicaragüense Gioconda Belli participó en Nueva York en el II Festival “Voces del Mundo” del PEN Club Internacional. Junto a figuras como la ganadora del Premio Nobel, Toni Morrison, el escritor africano Chinua Achebe, la novelista inglesa Zadie Smith y el presidente del Festival, Salman Rushdie, entre otras. Gioconda aportó la visión latinoamericana en la discusión del tema del evento: Fe y Razón, y escribió sus impresiones para El Nuevo Diario

El verso de T.S. Eliot: “Abril es el mes más cruel”, tiene diferentes lecturas según la latitud en la que uno habite. Para nosotros, en Nicaragua, la crueldad de abril carece de ironía. Abril es el mes de las quemas, del calor sofocante. En cambio, el abril de Eliot se refiere a la belleza de la primavera. El poeta quería hacer un contraste entre la aridez interior del ser apesadumbrado y la vitalidad del mes que marca el fin del frío invierno del norte. En Nueva York, este abril, pensé en Eliot. La ciudad, cubierta de un cielo límpido y azul, los árboles del gigantesco Parque Central luciendo sus hojas recién aparecidas, los tulipanes altos y encendidos en las aceras, marcaban el contraste para las discusiones que se dieron en el marco del Festival “Voces del Mundo”. En nuestro planeta, actualmente, la fe y la razón --que desde la Ilustración en el siglo XVII delimitaron sus territorios-- han vuelto a entrar en una feroz competencia. Mientras, por un lado, el fanatismo religioso se torna violento, por el otro, los dogmas económicos de un capitalismo que se rige únicamente por el arbitrio del mercado, amenazan la identidad cultural, la noción de patria y las tradiciones éticas que han sido el asidero de la humanidad. Mientras la ciencia pone vehículos en Marte, el fanatismo religioso lo mismo obliga a las mujeres en el Medio Oriente a taparse con la burkha, que niega a las madres cuyas vidas corran peligro en un embarazo la posibilidad del aborto terapéutico.
¿Qué papel juega la literatura en la exploración y reconciliación de estas corrientes aparentemente antagónicas de pensamiento? ¿Cómo puede la palabra desenredar tanto entuerto y salvar las distancias, y los muros que los seres humanos parecemos empeñados en construir entre nosotros, ya sea en nombre de Dios o del dinero?
Hace mucho ya que la calidad profética de la poesía y la autoridad que, históricamente, ha concedido la imaginación a los creadores, han dejado de ser tomados en cuenta en los medios masivos del Primer Mundo. La idea de Salman Rushdie al organizar, durante su período como Presidente del PEN Club Internacional, esta reunión anual de autores del mundo, ha sido precisamente la de restablecer la vigencia de los intelectuales como mediadores culturales, como “traductores”, si se quiere, de estos complejos problemas.
Más que a través de obras sociológicas o de tratados económicos, los seres humanos hoy en día, nutrimos nuestro universo de ideas a través de los libros, los reportajes periodísticos, las películas. Los autores contemporáneos son intermediarios cruciales en el proceso de conocimiento mutuo de los seres humanos que habitamos en esta aldea global. Justo es, entonces, que se fomenten oportunidades como ésta, que permiten un rico diálogo entre realidades dispares. La otra idea detrás de este Festival, según me explicó Rushdie, es intentar romper la insularidad norteamericana llevando al propio Nueva York y a la esfera de acción de los principales intelectuales de Estados Unidos, las voces de otros contemporáneos suyos que viven y practican la literatura en muy distintas circunstancias. Efectivamente, este año, participaron en el Festival 135 escritores de 33 países, y si el año pasado el público osciló entre las 8 y las 10 mil personas, este año se calcula que bien pueden haber asistido a los 54 eventos del festival, más de 15 mil. Esto, sin contar los muchos miles que estuvieron atentos a través de medios electrónicos.
Tuve el honor de ser incluida en el evento central del Festival: una lectura en la que participaron: Chinua Achebe (África), Martin Amis y Zadie Smith (Inglaterra), Roberto Calasso (Italia), E.L. Doktorow y Toni Morrison (EE.UU.), Duong Thu Huong (Viet Nam), Ayu Utami (Indonesia), David Grossman (Israel) y el propio Salman Rushdie. El teatro, el Town Hall de NY, estaba lleno a su plena capacidad de 1,700 personas. Fuimos alternándonos para salir al escenario, cada uno leyendo su propia noción de lo que Fe y Razón significaba. Muchos leyeron fragmentos de novelas, de cuentos, poemas. Otros, como yo, preparamos textos especiales para la ocasión. Se habló allí del dolor de la discriminación, de los mitos que cada cual construye para justificar sus propias nociones culturales, de la fe que sostiene a quienes sufren la sensación de vacío de la vida moderna, de lo inaceptable de juzgar a los demás con varas de medir elaboradas a través de otras experiencias e historias, de la intolerancia del Islam y la arrogancia imperial de Bush. Era como asistir a un concierto donde, a través de las palabras, salían al escenario los aspectos redentores o temibles de la naturaleza humana.
Al día siguiente, por la noche, se realizó una especie de lectura de los ausentes. Un grupo de nosotros leyó textos de autores a quienes en algún momento se les negó la visa para entrar a Estados Unidos. Se leyó a Graham Greene, a Neruda, a Darío Fo, Tariq Ramadan, Mahmoud Darwish, Nelson Mandela, Doris Lessing. Yo escogí leer un fragmento de la lección de García Márquez cuando recibió el Premio Nobel, y llevé un saludo de Dora María Téllez, a quien se le negó la entrada a Estados Unidos el año pasado.
El viernes 28, en un salón muy hermoso de la Biblioteca Pública de Nueva York, hablamos sobre las revoluciones. Adam Michnik, editor del periódico Gazeta Wyborcza, primer periódico independiente de Polonia, contó su visión desde la perspectiva de la experiencia de Solidaridad y Lech Walesa. G.M. Tamas, húngaro, habló sobre la revolución fallida de 1956; Baltasar Garzón, el juez español que procesó a Pinochet, hizo una interesante exposición sobre la transición española hacia la democracia; yo, por mi parte, además de hablar de la revolución sandinista, traje a colación una revolución olvidada: la revolución femenina que es, a mi juicio, el acontecimiento cultural más importante del siglo XX, el que más ha incidido sobre el diario vivir de las poblaciones del mundo que no continúan atrapadas en una visión medieval de la mujer.
A la par de estos eventos, hubo mesas redondas sobre la ciudad global, un homenaje a Rulfo, al chileno Roberto Bolaño, mesas sobre los límites de la tolerancia, el multiculturalismo, sobre mujeres escritoras, sobre los crímenes de honor, sobre los problemas con las traducciones, sobre temas relacionados con lo que significa la creación y la literatura en el mundo de hoy.
Pensé en el poema de Ernesto Cardenal en el que narra de la reunión que organizó el rey sabio Nezahualcoyotl en Texcoco, para discutir con filósofos y artistas cuál era el verdadero sentido de la vida. De aquella reunión de nuestra América pre-colonial, la poesía de la época da cuenta de que los sabios, al cabo de días de debates, llegaron a la conclusión de que el propósito de la vida eran las flores y los cantos. Dijo Nezahualcoytl:
¿Con qué he de irme?
¿Nada dejaré en pos de mí sobre la tierra?
¿Cómo ha de actuar mi corazón?
¿Acaso en vano venimos a vivir,
a brotar sobre la tierra?
Dejemos al menos flores
Dejemos al menos cantos
Eso dejó para mí esta reunión. Y también me dejó en la memoria la imagen de Nueva York el 29 de abril: la ciudad intransitable, cerrada casi por una gigantesca manifestación, donde personas de todos colores, de todas las edades, llenaron las calles demandando la salida de las tropas norteamericanas de Irak.
Al menos flores, al menos cantos. Mi fe y mi razón están con la humanidad.
Managua, mayo 9, 06