Opinión

Una comarca poética entre Dios y el Hombre


La obra poética de Raúl Orozco (Managua, 4 de agosto de 1946), se yergue sólida como columna de basalto en el vasto territorio de la singular poesía nicaragüense. Raúl Orozco no es un publicador de libros. En los cortos, felices e infelices años de su rebelde, iconoclasta y subversiva existencia ha publicado cinco libros de poesía: Pequeño tiempo, 1973; Suprimo mi silencio, 1974; Torrente de acero, 1991; Asociación para delinquir, 1997, y Música de la música, 2005.
Sobra anotar que la crítica literaria ha guardado silencio frente a la trascendental obra de Orozco, incluyendo la que pueden escribir sus amigos, salvo honrosas excepciones. En mi caso, le agradezco la oportunidad que me ha brindado Raúl, de escribir e intentar comunicar a ustedes parte de los sentimientos y pensamientos provocados en mí --como lector y crítico literario-- por Música de la música.
La poesía de Música de la música va de cabo a rabo, del alfa al omega, como una nota musical dilatada por un diapasón, que recorre todo el texto estableciendo dos isotopías, generadoras y vibrantes. Al inicio del libro encontramos La Homilía de Dios, soberbio texto donde escuchamos la palabra de Dios (julio, 2004). Al final del libro hallamos Música de la Música (noviembre, 2000-diciembre, 2001); poema que sirve de título a la colección, y en donde se expresa el hombre a través de la palabra poética. Del descubrimiento de esta estructura bipolar --isotópica-- nace la hipótesis para interpretar este prodigioso texto que utilizo como título de este escrito: Música de la música de Raúl Orozco: Una comarca poética entre Dios y el Hombre.
Recordemos que para nuestra cultura judeo-greco-cristiana, en el principio, en el nacimiento del sonido, era el Verbo. Dios en el momento genésico, en el momento de creación del universo es verbo, es palabra y como toda palabra creativa es palabra poética. Así, esta colección unitaria de poemas, abre sus páginas con un soberbio poema titulado La Homilía de Dios. En mi entender, éste es uno de los paradigmas textuales de la poesía nicaragüense del siglo XXI.
Lo califico de soberbio no para endilgar un epíteto fácil o un elogio que por exagerado no llegue a significar nada. No. Lo llamo soberbio en su connotación de pecado capital y de problema teológico. La soberbia es el pecado favorito de Luzbel. El error arcangélico que abrió un abismo entre su belleza y la perfección omnímoda de Dios.
Sólo un poeta como Raúl Orozco, poseedor de una visión poderosa sobre la realidad y la totalidad de la trascendencia, puede cometer el pecado de soberbia al intentar que Dios hable en sus versos. En la poesía nicaragüense hemos visto sudar por las axilas a Dios en el poema de Alfonso Cortés o a Dios burlarse de nosotros con una metafísica sonrisa en el texto de Erasmo Aguilar. No es fácil, aunque sea para escribir un poema colocarse en las sandalias de Dios, hacerlo hablar y que estas palabras homiléticas no nos parezcan una impostación, una falsificación, un arte de ventriloquia. Esto esta logrado con una efectiva economía en este poema por Orozco.
Los lectores sentimos, en este poema, vivamente la voz de Dios hablándonos de la nada, del tiempo, de la inutilidad de los afanes del ser humano y del zumbido del universo. Sin dejar de comunicar un tono propio de un Abba, la palabra más cariñosa que existe en hebreo para decir Papito o Papacito Dios. Y en este eje paradigmático donde por virtud del lenguaje poético concurren correspondencias metafóricas, encuentro como referencia y antecedente del zumbido del universo, a la musiquilla de las pobres esferas de William Blake (Inglaterra, 1757-1827), un poeta místico terrible en sus alucinadas visiones y profundas intuiciones.
Esta referencia inevitable y fácil de descubrir, enriquece este texto de Orozco que es prolífico en su red intertextual. Es obvio el tono admonitorio del texto comparable sólo al logrado por Joaquín Pasos en Canto de Guerra de las Cosas.
Es menos obvia la correspondencia intertextual de la sintaxis poética en toda la obra de Orozco, más allá de La Homilía de Dios y de Música de la música. Su sintaxis es una de las más elaboradas y efectivas de la poesía nicaragüense, siendo caudataria --y al ir en esta poderosa corriente la enriquece-- de las maneras de componer sintagmas poéticos de don Francisco de Quevedo y Villegas, del camarada César Vallejo y del amigo Carlos Martínez Rivas. Autores que sé son tenidos en alta estima y están muy bien aprovechados en su productividad por el Maestro Raúl Orozco.
Desde el punto de vista filosófico, el poema ancla en la dialéctica hegeliana del todo (Dios) y la nada. Una totalidad y un no lugar donde se realizan los inútiles afanes de los humanos. Afanes que Dios no puede ocultarse a él mismo, ni ocultárnoslo a nosotros y que conducen a la nada y que no sirven para nada. Pero no nos internemos en el espeso bosque de la filosofía salvo que deseemos morir de aburrimiento.
Al final del libro está Música de la Música, un memorable poema portador en contrapunto de la palabra del poeta que al fin y al cabo es un hombre. El poeta es el vinoso puente entre los sagrado y lo profano. Un ser humano especial, según Martin Heiddeger, destinado a ser la conexión entre los dioses y el ser humano. En Música... se expresa un hablante lírico humano respondiendo sobre los avatares de la ciencia, la tecnología, sobre audaces teorías científicas contemporáneas como la del caos y la física cuántica. Se nos entregan imágenes sobre la condición humana, sobre la bella levedad del ser, la luz del amor y el zarpazo de lo erótico.
Texto donde, frente a la nada metafísica y los afanes humanos inútiles explicadas en La Homilía de Dios por Yavé mismo, se levanta la pequeña pero dulce voz del humano apostando por el todo de los seres. Incluyendo seres, entes y cosas. Dotándolas de un ser vital. Las cosas tienen un ser vital marcó Rubén Darío en El Coloquio de los Centauros y en Música de..., el hablante retoma esa perspectiva vital.
El libro se estructura como un diálogo entre Dios y el Hombre a través de la poesía de Raúl Orozco. El hablante de Música de la Música, reivindica el todo pletórico de sentido para los humanos, el todo vital, el todo cósmico, el todo sin lógica ni razones para ser otra cosa. Porque el ser no se justifica por sus razones, el ser es. Estos para mi son dos poemas extraordinarios que están en un tablero de ajedrez en posición de jaque mate mutuo, aunque lo binario del juego obviamente no permita esta situación táctica que sólo la poesía puede alcanzar.
En este libro Música de la Música, entre esos dos polos extraordinarios de fuertes y dulces voces dialécticas, Orozco funda una vez más la bella comarca de su poesía. En esa comarca encontramos el tema del poder en Fuego I; la muerte en Día de Difuntos, que trata sobre una muerte adentro de la vida, la muerte dentro del yo y la perdurabilidad del muerto en la posibilidad del recuerdo...
Y aquí me obliga hacer paréntesis el lúcido texto Fiesta sin violines, que es la lectura de una guerra contemporánea, la guerra de Estados Unidos en contra de Irak. Una guerra, vista como un evento teológico. Los terribles bombardeos que oscurecen con humo tanto el cielo, por los millones de barriles de petróleo quemados, que terminará por impedirle la visión a Dios. Toda esta melopea se realiza bajo un desolador leit motiv: Fiesta sin violines. Este poema, dice de una triste fiesta de la muerte organizada por el poder imperial. Poder merecedor de la maldición y el castigo contenido en la frase bíblica: Mene, mene, tekel, Uparsin, Contado, contado, dividido, Pesado. Daniel 5: 24-29
Hay mucho en la comarca poética fundada por Raúl Orozco entre la palabra de Dios y la del ser humano. Quizá como lector crítico sólo estoy sombreándola y empobreciéndola al ofrecer mi limitado punto de vista. Por eso, esta noche, tenemos a nuestro querido hermano Raúl Orozco, para que con su presencia y con su particular manera de decir sus poemas nos convide a viajar por su comarca. Una comarca que juzgo eterna como la poesía, el amor y la vida.