Opinión

Responsabilidad por la educación en tiempos de elecciones


IDEUCA
La Educación ha de representar para el país una tarea prioritaria que trasciende los procesos políticos de sucesión en el poder. Es, por excelencia, la mejor oportunidad que tiene el país, sus partidos políticos, la sociedad civil y el Estado mismo para servir de punto de encuentro de todos los sectores, trascendiendo cualquier oportunismo, coyunturalismo o interés de corto alcance.
En este sentido, la Ley General de Educación recién aprobada por la Asamblea Nacional representa el referente educativo por excelencia que guiará la educación del país, por encima de los proyectos políticos que puedan presentar los partidos. Tal referente, construido con los aportes y consensos de múltiples actores participantes en el Foro Nacional de Educación, representa la plataforma de lanzamiento de la educación del país hacia un mayor desarrollo centrado en el cumplimiento de compromisos de equidad, calidad, pertinencia y eficiencia. Por ello se merece que el Ejecutivo supere la tentación fácil del veto, en honor de ubicar la educación del país como la gran tarea de todos, a la vez que desde el Foro Nacional de Educación apostamos a su mejoramiento.
Nos adentramos en el terreno, cada vez más complejo, del escenario electoral. El país requiere de elecciones democráticas, trasparentes y responsables, además, que la Educación se constituya en el eje dinamizador de cualquier propuesta de lucha para vencer la pobreza y lograr el desarrollo. Este tiempo de elecciones nacionales afecta, de manera particular, el futuro de la administración de la educación del MECD y del Inatec.
Aunque las aguas torrenciales que guían a los partidos políticos aún no logran calmarse, es preciso que encuentren, pronto, el remanso necesario que les posibilite, como responsabilidad y obligación patriótica, ofrecer al electorado una propuesta efectiva y responsable para el desarrollo del país, ubicando en el centro de la misma a la educación como la plataforma desde la cual adquiera sentido el quehacer del desarrollo.
Por desgracia, varios fenómenos se cruzan en el camino en estos tiempos de esperanza y de búsqueda. Mencionemos, a continuación, algunos de los más visibles. En este contexto, es evidente que, al echar una mirada a dependencias, direcciones y oficinas de las instituciones educativas estatales públicas se aprecie que el interés por la educación parece decaer, sentándose a esperar desde una burocracia recrudecida a los nuevos inquilinos que les corresponda guiar los destinos de la educación del país. Pareciera que el reloj de la educación se detuviera e incluso caminara de retroceso, a pesar de la urgencia con que los pobres demandan más y mejor educación.
Puesto en la balanza el poco interés que se muestra por la educación, sopesado a la par de las preocupaciones manifiestas por conservar cargos o asegurar otros horizontes profesionales, se pone en evidencia que la intensidad y responsabilidad que requiere la educación y sus programas, la prisa que el pueblo tiene por su educación y los avances requeridos para el logro de las metas propuestas por las políticas educativas, todo pareciera opacarse, devaluarse, diluirse, sucumbir frente a intereses subjetivos y de diversa índole, que no son precisamente los de la educación.
Lo anterior se expresa de múltiples maneras: incumplimiento de metas en las políticas públicas, retrasos injustificados en la ejecución presupuestaria y de proyectos; incremento del desorden, incomunicación, especulación, aislamiento interno y externo; inoperancia en la puesta en escena de estrategias educativas de largo plazo, abandono de la iniciativa, ausencia en espacios de concertación educativa, ausencia en la participación en escenarios de intercambio y discusión internacional, etc. En fin, más que defender los intereses de la educación, lo importante es defender el cargo y buscar horizontes seguros. Es posible que el discurso nos pretenda convencer de lo contrario, de lo importante que es “dejar la casa en orden”, pero la práctica habla por sí misma.
Este fenómeno, harto común en el escenario educativo estatal, mantiene ciertas similitudes con la situación que suelen presentar universidades públicas en tiempos de elecciones internas. En la práctica, antes que los consejos universitarios inauguren estos procesos eleccionarios establecidos por la Ley 89, que regula a las instituciones de Educación Superior, ya resuenan en pasillos, oficinas y departamentos intereses, zancadillas, propuestas académicas subsumidas y manejadas por intereses de partidos políticos. Ya el ambiente académico parece entumecerse y enrarecerse, los intereses de la academia se trastocan quedando en segundo plano, se enervan ánimos e intereses particulares. Los relojes académicos parecieran caminar en contra de las manecillas del reloj; las propuestas populistas se abren camino ofreciendo el facilismo y el oportunismo, mientras los intereses académicos más genuinos suelen quedar socavados, vencidos por proyectos más “atractivos” fundados en dádivas, concesiones y comodidades. Al final, los medios se trastocan en medios y los medios en fines.
Es muy frecuente apreciar que este escenario electoral --más que responder a programas de Gobierno claramente difundidos, compartidos y enriquecidos por el ámbito académico con base en criterios de calidad, eficiencia y excelencia de la ges-tión-- responda al grado de simpatía que tienen los candidatos y candidatas y a la fuerza externa que inyecten determinados partidos. La situación interna se agrava aún más, en tanto las elecciones internas coinciden con las nacionales, poniéndose de manifiesto en carteleras y murales el predominio de la propaganda partidaria respecto de la difusión de programas académicos.
Frente a este escenario es importante reconocer que también en las instituciones educativas estatales se encuentran funcionarios con alto nivel de responsabilidad, eficiencia y entrega a la labor educativa, interesados en que las políticas y programas educativos no se interrumpan, y que se abran puertas y ventanas por las que penetren nuevos aires para la educación. Ojalá que su liderazgo logre animar a los pusilánimes para que entiendan que “la educación tiene prisa” y no admite compases de espera.
En el escenario universitario, aún con el fenómeno mencionado, es importante reconocer que se ha progresado en la preocupación y ocupación académica, en la calidad de la docencia y la investigación, y que la presencia de grupos con alto nivel de preparación y prestigio académico podría ejercer mayor incidencia en estas etapas cruciales, de manera que se constituyan en una gran oportunidad para hacer valer propuestas académicas de excelencia, promoviendo un debate que sirva a los propósitos de enriquecer, legitimar y dar sostenibilidad a aquellos programas basados en la calidad y la excelencia de los servicios educativos y en la integralidad y alto nivel de humanismo de quienes los encabezan.