Opinión

Entraron por la puerta trasera


América Latina ha dejado de ser el patio trasero de Estados Unidos para convertirse en una pieza fundamental dentro del proceso de transformación social estadounidense. Además, es un actor activo en la configuración geopolítica del continente americano. Estos cambios se deben a la inmigración hispana y a la emergencia de las izquierdas y de los populismos por la obsesión de Washington en la lucha contra el terrorismo.
Los vecinos del Sur no sólo han desafiado a Washington en muchas de sus posturas, sino que sus más de 35 millones de emisarios están transformando el American dream que esconde la pesadilla del déficit presupuestario, una exorbitante deuda externa, una dependencia energética y de materias primas foráneas, la menguante clase media en beneficio de una clase rica a la que cada vez se favorece más en detrimento de los pobres que vieron hundirse sus casas en Nueva Orleans.
El 11 de septiembre, el fracaso de Iraq, el Katrina, el conocimiento público de abusos de derechos humanos en Guantánamo y en las prisiones secretas han supuesto duros golpes que han provocado una crisis de identidad. Si no, ¿por qué amenazaría tanto a los políticos que los hispanos cantaran una versión de su himno en español?
En lugar de ver en la inmigración hispana una fuerza social, Estados Unidos la percibe como una amenaza. Por el momento, la situación de inseguridad y de miedo a la amenaza terrorista invisible mantiene unidos a los estadounidenses en contra de ese “enemigo” tan visible que suponen los hispanos. Sólo las organizaciones de derechos humanos dentro y fuera del país han alzado la voz contra las milicias que custodian las fronteras y que disparan cuando lo creen oportuno.
Hartos de no ver reconocido su trabajo, millones de hispanos paralizaron el país el 1 de mayo, con el objetivo de que el resto de los ciudadanos norteamericanos vieran lo que representa la población hispana para el funcionamiento del país. En la limpieza, en la construcción, en la cocina o en la jardinería, el trabajo de estas personas es imprescindible.
No sólo hacen trabajos elementales para el engranaje de una locomotora mundial, sino que consumen y pagan impuestos directos. Si alguien se queja de que no pagan impuestos sobre la renta es porque ignora que es imposible cuando se vive y se trabaja de manera ilegal. Éste es el caso de 12 millones de personas que reciben cada vez más apoyo jurídico y de la iglesia cristiana.
El movimiento hispano encauza una muy necesaria revisión de los derechos civiles de millones de personas que sólo se recogen como derechos políticos y que es preciso convertir en derechos sociales. Resulta contradictorio que la mayor potencia mundial no cubra los cuidados médicos más fundamentales de todos sus ciudadanos, y deje desprotegidos a millones. En las calles de las grandes ciudades siguen viviendo miles de personas sin hogar por la falta de opciones y por no poder seguir el ritmo de una sociedad tan materialista y tan competitiva. La discriminación racial sigue siendo un lastre de la sociedad que la controvertida discriminación positiva no ha resuelto. Así, el movimiento hispano internacionaliza la lucha por los derechos humanos, nos lega el mensaje de que la clave de la verdadera globalización está en la migración y en el diálogo.
Resulta contradictorio que una gran nación rechace aquello mismo que hizo posible su desarrollo hacia lo que es quizá la potencia más poderosa de la historia. Porque, a diferencia de los países latinoamericanos, los colonizadores ingleses no sólo no se mezclaron con los americanos autóctonos, sino que casi los exterminaron del todo. Hoy, los indios norteamericanos sólo existen en reservas al margen de la sociedad. Después, en el siglo XIX y a principios del XX llegaron los italianos, los irlandeses, los alemanes y los chinos. En Nueva York vive gente que procede de más de 180 países diferentes, cuando son 191 los que componen la ONU.
Como dice el escritor chileno Ariel Dorfman, en realidad a los estadounidenses les amenaza que su país se convierta en una nación bilingüe, pero mientras no se reconozca de manera legal su trabajo como se hizo con los inmigrantes alemanes el siglo pasado, seguirán protestando en su lengua.
Periodista
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