Opinión

Decisión de Montealegre abre espacio histórico


Danilo Aguirre

La paz, o al menos la ausencia de guerra en Centroamérica, se logró bajo dos premisas fundamentales: desaparición o neutralización de las fuerzas represivas y acceso al gobierno por la vía electoral.
Esto dejaba implícito que las organizaciones políticas de los sectores enfrentados en la lucha armada que se extinguía tendrían la oportunidad de llevar adelante sus proyectos económicos y sociales, en la medida que los votos de los ciudadanos les dieran acceso a gobernar.
Contra la viabilidad sostenida de estos acuerdos han conspirado dos factores que nuestras sociedades políticas se han negado a enfrentar.
Por un lado, los partidos políticos etiquetados como de izquierda sólo han tenido la oportunidad de ver pasar el desgaste y las frustraciones de los gobiernos llamados de derecha, y cuando vislumbran las posibilidades de ganar la Presidencia de la República, sienten que cae sobre sus aspiraciones todo el peso de su enemigo histórico y la satanización interna de que un triunfo de esa izquierda conllevará una especie de diluvio universal o las diez plagas de Egipto.
Por el otro lado, la incapacidad de la clase política que alcanzó los acuerdos de paz, para comprender que había que despojar a los que alcanzaran el gobierno de la tradicional discrecionalidad y autocracia, sembrando de instituciones democráticas a nuestros países para que la sociedad civil tuviera la posibilidad real de controlar el uso del poder, facilita que las campañas de terror sobre el retorno al pasado prendan con facilidad en amplios sectores de la población y todo termine como ha ocurrido en Nicaragua, en elecciones polarizadas y signadas por el miedo.
Esta vez la decisión de Eduardo Montealegre de hacer prevalecer las bases que dieron lugar a su candidatura presidencial, por encima del reiterativo determinismo de juntar a las “fuerzas democráticas”, abre una nueva etapa política para los resultados de las elecciones de noviembre.
Montealegre rechazó “el fin” de “derrotar a Daniel Ortega”, justificado “en los medios”, como el de regresar a un partido del que fue expulsado por denunciar el control familiar del mismo y su utilización para partidizar y corromper las instituciones.
Este hecho, unido a la participación electoral de Herty Lewites, encamina el proceso a que por primera vez en la historia de Nicaragua la elección presidencial se resuelva en una segunda vuelta.
Más importante aún, es casi seguro que la Asamblea Nacional se integre con varias bancadas fuertes y que algunas de ellas se junten para rediseñar el Estado nicaragüense.
Un país con instituciones democráticas fuertes que limiten y controlen el uso del poder es la mejor garantía para desterrar el voto del miedo, ya que gane quien gane no podrá cambiar las bases estructurales de democracia y libertad, independientemente de su proyecto socioeconómico, como ocurre en los países más avanzados del mundo.