Opinión

El pequeño soldado


El principio no se sabe muy bien, nadie lo puede precisar. No había ninguna cámara de televisión cuando ocurrió el accidente. Tampoco es hijo de ningún miembro del gobierno o diputado para que saliera en los medios. Parece que atropellaron al niño. Hoy ya no se recuerda si fue un atropello. Dos semanas después, todos los datos son confusos, habría que revisar los registros del hospital y, tal como están las cosas ahora, no se puede pedir más. Sin mucha precisión, la doctora me dice que tendría unos diez años, pero asegura, eso sí lo puede asegurar, que presentaba un politraumatismo incluyendo un trauma cráneo encefálico grave. El pronóstico no podía ser muy halagüeño. Si no se ponían todos los medios médicos posibles a su disposición, y si no tenía un poco de suerte o le rozaba la mano de Dios, el niño moriría. Ni siquiera los medios aseguraban su salvación. La mano de Dios tenía sus propios planes, y eso no lo podíamos saber.
La segunda parte se hizo en carrera. Nadie sabe cómo llegó a Managua, pero debió de ser a contrarreloj. Nadie puede asegurar si venía de Estelí o de Matagalpa. Simplemente dicen que venía de los departamentos, ese otro país del que se habla en Managua con lejanía en la voz (“de los departamentos”, es decir, de la pobreza, de la Nicaragua profunda, de los tiempos de comida no garantizados, de la desnutrición, de los hospitales sin especialistas, de allá tan lejos).
Lo acompañaban la mamá y un tío del niño, según me cuentan. Al llegar a Managua irían en una exhalación al Hospital “Lenín Fonseca”. La carta del otro hospital del departamento que traen dice que tiene que ser allí, porque es donde se atienden estos casos. El niño aún está con vida. Está haciendo por su parte lo que puede: presentarle batalla a la muerte, y la primera parte de este itinerario la ha cumplido como un campeón; ha soportado un viaje largo no exento de retrasos, de sustos, de virajes, de frenazos. No es fácil manejar con urgencia hacia Managua a algunas horas. El niño podría haberse quedado en el camino, y ha llegado ganándole tiempo a la muerte.
La mamá seguramente lo cubre con una toalla. Las he visto tantas veces a la puerta de los hospitales con sus hijos en brazos bajo una toalla que ataja el daño del sol. Juntos se presentan en el portón del “Lenín Fonseca”. A partir de acá, empezamos a conocer mejor los hechos, la parte que aún se recuerda. Allí están cerradas las puertas. Seguramente habrían oído hablar de la huelga médica, pero la misma lucha ingente del niño que se debate bajo la toalla debía abrir aquellas puertas. Quién podría no tener corazón y profesionalidad para atenderlo. Si vieran su figura de pequeño soldado herido.
No señora, aquí no podrá ser atendido, busque que le miren donde pueda. Tal vez en La Mascota. Pero el papel dice que es el “Lenín Fonseca”, no La Mascota. Correr de nuevo, sin entender nada, pensar en qué habrá podido hacer su pequeño soldado herido bajo la toalla para que esos hombres de blanco se pongan en su contra, para que le nieguen la posibilidad de la vida. Pensar en qué ha hecho ella, a quiénes tiene en su contra, a quién le debe pagar para que este niño se atienda, para que le vengan a ayudar en su pelea solitaria. Pedir que le lleven a La Mascota. Ya el día está avanzado. El niño sigue cumpliendo su parte, pero está más débil, apostó las fuerzas en la parte más difícil, la de la carretera. En Managua se suponía que otros vendrían a luchar con él. Había vivido diez años; son pocos o muchos, según se mire; para una vida es poco tiempo, para la muerte, nunca se sabe. Morirse de niño tiene que ser una gran pregunta hacia el misterio, cuando aún todavía están intactas las ganas de seguir descubriendo sorpresas. La muerte siendo niño debe ser un mal sueño. Debe dar miedo, mucho miedo, no a la muerte, sino que duela, que duela y haga que no se pueda seguir jugando. Todo lo triste duele. La muerte es triste porque lloran quienes te ven, tan pequeño, irte muriendo. No puedo seguir escribiendo sobre esto, ustedes perdonen. Sepan pues la parte final de esta historia.
En La Mascota, después de alguna discusión, lo dejan pasar. No han dejado de atender a los niños a como pueden. A la hora que hablo con la doctora tendría que haber más de 100 médicos trabajando y sólo hay 25. Aún así, me dice que la mayoría vienen y atienden con horarios no tan fijos como antes, porque medio se sigue trabajando, medio se sigue en huelga. En el hospital infantil la huelga no ha tenido tanto efecto, pero duele demasiado. Al final, no pasó mucho tiempo y terminó muriéndose. Él ya debió sentir que no le quedaban más opciones.
La mano de Dios estaba esperando en el otro lado. Debía estar esperándole. Tiene que haber estado esperándole, porque nada de esto es justo, ni la actuación de esos médicos que en el portón del “Lenín Fonseca” dejaron de ser médicos y de tener humanidad en el mismo instante que se negaron a atender al niño envuelto en la toalla; ni tampoco es justa la actitud de un gobierno que ve cómo estos niños pasan disputándose la vida por las calles sin ofrecer una solución para detener esta pelea desigual. Desde las ventanas de la casa de la Presidencia, o desde los ministerios de Salud y de Hacienda no pueden conformarse y esgrimir la impotencia con razones de FMI.
No fue sólo una consecuencia de la huelga, ni de la dejación de los médicos o del gobierno, no fue la víctima de una injusticia social con un sector de la población, sino de una injusticia contra él, dirigida hacia un sufrimiento injusto. No podemos decir tampoco que fue la mano de Dios, no la vimos. Fue un asesinato perpetrado por la espalda de muchos. Cuando escribo este artículo parece que han llegado, médicos y gobierno, por fin al límite de un acuerdo. Casi todas las semanas se ha anunciado y a la siguiente se rompe. Dejen de permitir tanta muerte, dejen de matar con el silencio, el conformismo y la impotencia. Que sea el principio de una solución final. No nos cierren las puertas de la salud y de la vida. A todos nos dolieron los golpes que dieron contra los médicos, a todos, algunos de ellos amigos queridos. Pero sobre todo, lo que nos duele es que son demasiados muertos, no sólo por esta situación reciente, sino porque llevamos años sin atención digna, y ese crimen tiene detrás responsabilidades políticas que todavía no se han pedido. Han pasado ministros y ministras de Salud y ha sucedido lo mismo.
Al niño lo habían dejado solo en el último lance, él se fue con todo, esperando que al final vinieran a ayudarlo a quedarse acá, en su departamento, a dilucidar con su vida lo que pudiera o le dejaran llegar a ser, todavía algunos años de juego por delante, o de trabajo. Nadie sabe de dónde venía, cómo vivía. Aprendió a pelear con la muerte por sí solo, y nadie le explicó cómo hacerlo. Él tampoco pudo explicarnos cómo hizo. Le cerramos algo más que los portones. Imagino que le contaría a Dios, en el otro lado, que él, por su parte, había puesto todo lo posible, y le dedicaría una sonrisa diciéndole: “¿Verdad que me porté bien?”. Lo imagino porque nadie sabe bien qué pudo ocurrir después con este niño, y uno no puede aceptar la muerte de los niños sin más, y por eso prefiero verlo cruzar como un pequeño soldado herido ese otro lado donde las puertas sí le estaban abiertas. Nadie puede decir que no sea así. Tampoco viene Dios y nos lo cuenta.