Opinión

Reeleccionismo: un modus vivendi


He estado leyendo un libro interesante, “El poder, la propiedad, nosotros...”, de Carlos Fonseca Terán. Cuando aborda las discusiones internas en el Frente Sandinista, inmediatamente después de la victoria electoral de la UNO en 1990, señala que alguien planteó que debía temerse la posibilidad de que un partido político revolucionario como el FSLN se convirtiera, al perder el poder y pasar a la oposición cívica, legal y pública, en un partido de correligionarios.
Si la lucha contra la reelección de los Somoza fue parte vital de la lucha antisomocista, ¿por qué en la actualidad no puede un partido de izquierda ser el revitalizador de esa lucha, como una manera de evitar los abusos del poder? Una manera de educar a la militancia de cualquier partido es precisamente impedir la reelección para que el caudillismo, con su consecuente mesianismo acompañante, no prospere ni se fortalezca y más bien desaparezca.
Se ha dicho en algunas ocasiones que a los buenos alcaldes hay que permitirles reelegirse para que sigan haciendo un buen trabajo en sus municipios; que si es necesario cambiar la Constitución Política hay que hacerlo, porque actualmente la Carta Magna impide la reelección de un edil. Prohibir la reelección en los gobiernos locales es un gran paso positivo que debería ser imitado en todos los poderes e instancias del Estado, en todos los partidos políticos, en las ONG y en la empresa privada, sin excepción alguna.
Si la consulta popular o la elección primaria democratiza la vida interna en un partido político, también es cierto que aumenta las contradicciones internas, las luchas de intereses, la competencia individualista por sobrevivir en términos económicos y el papel de los grupos de presión. Estos fenómenos se supone que son más comunes en los partidos de derecha por su propia naturaleza. Pero en un partido revolucionario esos antivalores no deben estimularse y, por el contrario, supuestamente deben ser combatidos. Como bien señala Fonseca Terán en su obra, la competencia electoral interna por los cargos públicos es en el fondo una acción individualista. Y para mí, se ha vuelto un modus operandi y un modus vivendi.
Un partido de izquierda en Nicaragua debería proponerle a la nación, como un compromiso, reducir el número de diputados, magistrados, contralores, ministros y viceministros; además de reducir los megasalarios y eliminar los cargos de suplentes en todas las funciones públicas. Un partido de izquierda debe proponer transformar las leyes que rigen a los funcionarios públicos electos por el voto popular para que no abandonen sus funciones para las cuales fueron electos y no asuman otros cargos públicos que pueden ser asumidos por otras personas mejor preparadas. Eso ayudará a combatir el cálculo político oportunista que toma en cuenta cuántos años faltan para terminar, por ejemplo, una diputación y aprovecha una elección municipal para ser candidato a alcalde y asegurarse otro puesto público por lo menos por cuatro o cinco años más.
No olvidemos que si una institución política impulsa elecciones primarias municipales o para diputaciones, entonces está obligada a llevarlas a cabo para elegir al candidato presidencial. Esa norma es casi matemática. En ese sentido, Alejandro Martínez Cuenca y muchos disidentes merecen nuestro respeto.
Hasta las organizaciones estudiantiles universitarias deberían impedir la reelección bajo cualquier circunstancia, especialmente si se trata de profesionales que han concluido una carrera y que están estudiando otra, únicamente con el objetivo de utilizar los cargos estudiantiles como fuente de ingresos y plataformas de lanzamiento de candidaturas políticas. Ésta es una de las más notorias expresiones del oportunismo político estudiantil o juvenil que merece atención.
Por otro lado, curiosamente, el Partido Conservador ha dado un paso positivo al eliminar el halo celestial a una buena cantidad de viejos líderes, verdaderas momias políticas de triste recuerdo para el pueblo de Nicaragua, con el fin de permitir que las decisiones de los nuevos liderazgos no necesiten el visto bueno de gente que debería estar jubilada de la política desde hace décadas.
Todos estos vicios, si no se empiezan a eliminar en casa, seguirán vigentes como parte de la “cultura” política oportunista que el sistema actual impone y defiende. Y que, incluso, hace que muchos miembros o militantes de los partidos vean a éstos como fuentes de empleo (que en realidad lo son). Que nadie vaya a salir con la tontería aquella del jugador zurdo que debe jugar a la política con guante derecho, para adaptarse, sobrevivir y luchar contra el sistema.
Concluyendo, en Nicaragua un partido de izquierda debe ser el abanderado de la ética del servicio y no de la estética del poder, como ha señalado Frei Betto, y no debe asumir el concepto de los diputados mexicanos que piensan que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error. Si no es así, entonces no se contribuirá a resolver el problema del poder y de la transformación revolucionaria de la sociedad nicaragüense, los cuales son objetivos del libro de Fonseca Terán.