Opinión

¿Qué tan acertados son sus analistas predilectos?


A diario los expertos nos bombardean con sus opiniones sobre temas tan variados como los insurgentes iraquíes, los cocaleros bolivianos, los funcionarios del Banco Central Europeo y el Politburó de Corea del Norte. ¿Pero qué tanta credibilidad deberíamos dar a la opinión de los expertos?
El punto de vista optimista dice que mientras los que venden su conocimiento compitan vigorosamente por el interés de los compradores conocedores (los medios de comunicación), los mecanismos del mercado asegurarán el control de la calidad. Los analistas que llegan a las columnas de opinión de los periódicos o a la radio y la televisión deben tener una buena trayectoria; de otra manera habrían sido eliminados.
Sin embargo, los escépticos advierten que los medios de comunicación imponen las opiniones que llegan a nuestros oídos y que tienen menor interés en el debate razonado que en alimentar los prejuicios populares. Como consecuencia, la fama podría estar correlacionada negativamente y no positivamente con la exactitud de largo plazo.
Hasta hace poco, nadie sabía quién tenía la razón, porque nadie mantenía un registro. Pero los resultados de un proyecto de investigación de 20 años ahora sugieren que los escépticos están más cerca de la verdad.
Describo en detalle el proyecto en mi libro Expert Political Judgment: How Good Is It? How Can We Know? La idea básica fue solicitar miles de predicciones a cientos de expertos sobre el futuro de docenas de países y después calificar la precisión de las predicciones. Lo que encontramos es que no sólo los medios de comunicación no logran eliminar las malas ideas, sino que frecuentemente las favorecen, en particular cuando la verdad es demasiado sucia como para presentarla en un paquete agradable.
Las evidencias se clasifican en dos categorías. Primero, tal como los escépticos lo advirtieron, cuando las multitudes de expertos forcejean en busca de los reflectores, muchos tienden a asegurar que saben más de lo que en realidad saben. Los analistas que predicen maravillas y los agoreros de las tragedias son los que más exageran sus conocimientos.
Entre 1985 y 2005, los profetas de los booms hicieron predicciones a 10 años que abultaron las probabilidades de que hubiera grandes cambios positivos tanto en los mercados financieros (ej. un índice industrial Dow Jones de 36,000) como en la política mundial (ej. tranquilidad en Oriente Medio y un crecimiento dinámico en el África Subsahariana). Asignaron un 65% de probabilidades a escenarios rosas que sólo se cumplieron en un 15% de las veces.
En el mismo período, los agoreros de la fatalidad tuvieron un desempeño aún más pobre, que exageraba la probabilidad de cambios negativos en todos los asuntos en que los expertos del boom subrayaban lo positivo, y otros más (sigo esperando la inminente desintegración de Canadá, Nigeria, India, Indonesia, Sudáfrica, Bélgica y Sudán). Asignaron una probabilidad de 70% a escenarios sombríos que se cumplieron tan sólo un 12% de las veces.
Segundo, como lo advirtieron otra vez los escépticos, los que hablan de más rara vez pagan el precio de equivocarse. En efecto, los medios de comunicación colman de atención a los exagerados mientras olvidan a sus colegas modestos.
Podemos ver este proceso en claro contraste si clasificamos a los analistas como “erizos” o “zorros”, apegándonos al filósofo Sir Isaiah Berlin. Los erizos son pensadores de ideas grandes enamorados de las teorías grandiosas: liberalismo, marxismo, ambientalismo, etc. Su seguridad en sí mismos puede ser contagiosa. Ellos saben cómo dar impulso a un argumento multiplicando las razones por las que ellos están en lo correcto y los demás se equivocan.
Con ello ganan la aclamación de los medios. Pero no saben cuándo accionar los frenos de la mente para hacer concesiones a otras opiniones. Toman demasiado en serio sus teorías. El resultado: los erizos cometen más errores, pero acumulan más menciones en Google.
Los zorros eclécticos son mejores para reprimir su entusiasmo ideológico. Se sienten cómodos con la prolongada incertidumbre de saber quién tiene la razón incluso en los debates más ríspidos, aceptan que ignoran algunas cosas y conceden legitimidad a opiniones contrarias. Salpican sus conversaciones con calificativos lingüísticos que limitan el alcance de sus argumentos: “pero”, “sin embargo”, “aunque”.
Los zorros cometen menos errores porque evitan las grandes simplificaciones. Los zorros a menudo estarán de acuerdo con los erizos hasta cierto punto, antes de complicar las cosas: “Sí, mi colega tiene razón al decir que la monarquía saudita es vulnerable, pero recuerden que los golpes de Estado son raros y que el Gobierno tiene muchos medios para acallar a la oposición”.
Imagine que su trabajo como director de un medio de comunicación depende de la expansión de su audiencia. ¿A quién escogería: a un experto que equilibra argumentos contradictorios y concluye que el resultado más probable es más de lo mismo, o a un analista que mantiene a los espectadores en el filo de la butaca hablando de islamistas radicales que toman el control y provocan que suban los precios del petróleo?
En suma, las cualidades que hacen que los zorros sean más precisos también los hacen menos populares.
En este punto, los escépticos dicen burlonamente que tenemos los medios que merecemos. Pero eso es injusto. Ninguna sociedad ha creado todavía un método plenamente confiable para mantener un registro de la expertocracia. Incluso los ciudadanos que valoran la precisión no tienen forma de saber que la están sacrificando cuando cambian el canal de los zorros aburridos a los erizos carismáticos.
Aquí, entonces, hay una propuesta modesta que se aplica a todas las democracias: el mercado de ideas funciona mejor si a los ciudadanos les resulta más fácil ver el equilibrio entre precisión y entretenimiento, o entre precisión y lealtad hacia un partido político. ¿Leerían más a los analistas que tuvieran una mejor trayectoria? Si es el caso, los expertos se podrían adaptar a la transparencia al mostrar más humildad, y el debate político podría empezar a ser menos estridente.
Es un hecho que no es fácil crear métodos para mantener un registro que sea creíble en todo el espectro de la opinión razonable. Pero en un mundo en el que, como dijo Yeats: “Los mejores carecen de toda convicción, en tanto que los peores están llenos de apasionada intensidad”, vale la pena intentarlo.
Philip E. Tetlock, autor de Expert Political Judgment: How Good Is It? How Can We Know?, es profesor de Administración de Empresas, Ciencia Política y Psicología en la Universidad de California en Berkeley.
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