Opinión

Panamá y la tajada de sandía


A mediados del siglo XIX, los gringos del Este viajaban al Oeste a buscar oro, pero los indios belicosos de las praderas norteamericanas los mataban, los usaban la ruta del Cabo de Hornos pasaban frío, vómitos y miedos, en cambio los que viajaron por Panamá gozaron de clima tropical, buenos hospedajes, mujeres pudorosas y otras que no lo eran, mulatas extraordinarias y cantinas que alborotaban el almizcle a los viajeros entre los que hubo algunos que creyéndose superiores maltrataban a los nativos en cuyas venas hervía sangre rebelde.
El Ferrocarril Interoceánico calmó la Ruta de Cruces y la violencia se trasladó a las ciudades terminales de Panamá y Colón, donde violencias, como la del 15 de abril de 1856 originada por una tajada de sandía, alteraban la calma.
Jack Oliver llegó al puesto donde José Manuel Luna vendía sandía en trozos, tomó una tajada, la saboreó y sin pagar se retiró con aires de perdonavidas. José Manuel reclamó su pago recibiendo un insulto como respuesta.
José Manuel todavía conciliador agregó: “Cuidado que aquí no estás en Estados Unidos, págame mi real y estamos al corriente…”
Un tiro es lo que te voy a dar, respondió el gringo con la mano sobre la culata de su revólver. José Manuel, sin pensar en su desventajosa situación, cogió el cuchillo de partir sandías y enfrentó al atrevido. La prudencia aconsejaba perder el “real”, no así la sangre nativa que hirviendo en sus venas lo transformó de un manso cordero en un tigre dispuesto a defender su honor y su orgullo sin importar las consecuencias.
Otro norteamericano pagó el real para calmar los ánimos, pero el gringo apuntó con el arma a José Manuel. Miguel Abraham, un panameño que estaba cerca de un manotazo, le arrebató el revólver salvando la vida a Luna; el gringo y sus compañeros atacaron a Abraham, quien amenazándolos con un revólver que portaba, logró huir perseguido por los norteamericanos y éstos eran perseguidos por Luna, que acudía a defender a su salvador.
Se armó una batalla sangrienta que ni el Gobernador Granadino ni el Cónsul de los Estados Unidos, que llegaron al lugar de los hechos, pudieron calmar y se retiraron entre balas, gritos, ayes e insultos de los combatientes.
El saldo fue de cuatro gringos muertos entre sangre y fango y un montón de heridos con arma blanca, porque, no teniendo los panameños en la contienda armas de fuego, gringo que calcaban, gringo que ensartaban con sus machetes.
Lo curioso, lo injusto, lo insólito lo deplorable es que siendo los panameños los agredidos fueron obligados por los Estados Unidos a indemnizar a los agresores, hecho bochornoso que relataremos en otro artículo.
Quienes queremos a Panamá y su gente recordamos con admiración este hecho histórico envuelto en la rebeldía de Urracá, cuya sangre circula en las venas de se pueblo noble que rechaza la agresión, venga de donde venga como la ocurrida un día 15 de abril, pero de 1856.

Abogado