Opinión

El escriba del horror - CULTURA

Un hombre prepara la edición de un informe sobre las matanzas y torturas de una dictadura latinoamericana. En su nueva novela (Insensatez), el salvadoreño Horacio Castellanos Moya analiza el repugnante atractivo de la crueldad.

El País
En un momento relativamente tranquilo en la situación política de América Latina --si tenemos en cuenta el cerrojo de dictaduras criminales que se extendía por el subcontinente hace unos 25 años-- varios escritores --y algunos de las generaciones más jóvenes-- están haciendo del horror y la violencia el asunto central de sus obras narrativas.
Lo vemos, por ejemplo, en los guatemaltecos Dante Liano y Rodrigo Rey Rosa, en la impactante Dos veces junio, del argentino Martín Kohan (publicada por Sudamericana de Buenos Aires y lamentablemente inédita en España), en la que aparece la despiadada sordidez de la dictadura de Videla bajo el manto festivo del Mundial de Fútbol de 1978.
Con Insensatez, lanzada originalmente por la filial mexicana de Tusquets en 2004, Horacio Castellanos Moya incide en el horripilante catálogo de atrocidades cometidas en El Salvador durante la larga dictadura militar. Pero --como también es característico en los autores mencionados-- lo aborda a través de un desdoblamiento, de un hiato entre los hechos y su relación, que le permite abrir una escena donde el espanto se refleja en una mueca patética, dolorosa pero algo cómica, estremecedora, y al mismo tiempo grotesca.
El narrador es un hombre al que un amigo contrata para corregir y preparar la edición de un informe de más de mil páginas que, bajo el patrocinio de la Iglesia, denuncia las despiadadas matanzas de indígenas, torturas de estudiantes y otras atrocidades por el estilo cometidas por los esbirros del régimen. El país y el momento no están del todo determinados --aunque en un momento diga que se ha visto obligado a "emigrar a este país, vecino del mío"--, como dando a entender que, aunque los casos que ese informe contiene deben ser rigurosamente ciertos, otros equivalentes podrían hacerse en Guatemala, Nicaragua, Uruguay, Argentina, Chile...
El narrador es un neurótico sobresaltado que apenas puede asumir el enfrentamiento cara a cara con la vileza más profunda a que ese trabajo lo obliga. Lo que no le impide emprender aventuras eróticas con sus compañeras de alojamiento, en la sede del arzobispado. El desliz de una noche lo lleva a un complejo delirio paranoide que, finalmente, resulta esconder una amenaza muy real.
Castellanos Moya juega con la veladura de unos hechos cuya crueldad resultaría, de otro modo, inenarrable, imposible de tratar como argumento literario más allá del testimonio o del panfleto. El escriba --un personaje con larga prosapia literaria-- no es aquí un justiciero ni una víctima, en cierto modo "preferiría no hacerlo", como el famoso personaje de Mellville; pero, además de necesitar el dinero, hay algo sordo, un magnetismo demencial que amalgama todas las polaridades del asco y que lo atrapa en esa labor. Por eso lleva una libreta en la que va anotando frases sueltas de esos testimonios de la masacre, sobre todo de los indios que, en su castellano arcaico y desmembrado, retratan imágenes que ninguna voluntad de olvido puede sepultar.
Castellanos Moya juega con la confrontación entre los dos planos --la barbarie de la historia y la mueca del destino individual del escritor que, fatalmente, se verá arrastrado por ella-- para darle a su novela una ligereza, una legibilidad nueva. Sin por ello ocultar la imposibilidad del olvido, la dimensión insoslayable de la culpa. Con la melancolía que el final patético y cómico del libro parece dejar sobre la mesa: el circuito fatal de la violencia y su denuncia, el carnaval de los asesinos a cuyo festín todos estamos forzosamente invitados.
Asco y violencia en América Central
La novela escrita en América Latina podría historiarse como el catálogo de estrategias posibles para representar, asumir, alejar o incluso parodiar la violencia y la crudeza de la realidad política y social.
Todas las formas del realismo han sido exploradas y forzadas hasta sus límites para representar el carácter letal y al mismo tiempo volátil, sin rostro, de las formas del horror. Visiblemente, la narrativa latinoamericana más reciente se aleja tanto de los expedientes mágicos "made in Macondo" como de los procedimientos más conocidos de la literatura de denuncia y compromiso político.
Como señaló Roberto Bolaño (en Entre paréntesis, Anagrama, 2004), en Castellanos Moya el horror y la corrupción vibran en cada minucia cotidiana, en cada página de sus novelas y cuentos. De allí el curioso aire de ligereza y hasta de comicidad de sus ficciones, atormentadas, sin embargo, por la violencia de la historia.
Insensatez tiene una visible continuidad con el tercero de esos títulos --la historia de un paramilitar que, tras el final de la guerra civil, se convierte en asesino a sueldo--; y, sobre todo, con El asco, libro de 1997 por el cual su autor fue invitado a abandonar El Salvador. El asco era un homenaje explícito a Thomas Bernhard; y, de hecho, lo que podríamos denominar "la solución Bernhard" es evidente en Insensatez: no la denuncia de lo abominable como una esperanza de regeneración, sino la inutilidad del asco como posición existencial, donde todo se convierte en nihilismo y neurosis, en angustia individual frente a la irrevocable desgracia social.
La prosa de Castellanos Moya, que tiende al periodo largo, con multitud de subordinadas que se abren y se arrastran entre sí, parece buscar ese efecto de resumen imposible, de pensamiento disperso, de imparable giro en el vacío de la ansiedad, en el polo opuesto de la sensatez y el cartesianismo de quien pretenda razonar la barbarie y buscarle vías de solución. Hasta el título de la novela suena a parodia de un bolero: de una melodía dulce y de una danza enloquecida y letal.