Opinión

El Código Da Vinci y otros escándalos alternos - CULTURA

El escritor nicaragüense radicado en la ciudad de México comenta acerca de “los síntomas de la extemporaneidad de las hogueras”, a propósito del súper best sellers de Dan Brown, El código Da Vinci, y los desprecios y ataques que ha suscitado en “los sectores fundamentalistas de la Iglesia Católica”

Moisés Elías Fuentes

En plena Semana Santa de este 2006 la National Geographic Society ha estrenado en su canal de televisión por cable el documental El evangelio prohibido de Judas, y en el número de mayo de su revista publica un extenso reportaje sobre el mismo tema. El 17 de mayo se presenta fuera de concurso en el Festival de Cannes El Código Da Vinci ( The Da Vinci Code, Estados Unidos, 2006), adaptación cinematográfica de la novela homónima del escritor estadounidense Dan Brown, misma que se estrena a nivel mundial el 19 del mismo mayo.
El escándalo suscitado por la novela de Dan Brown (New Hampshire, EU 1964) conlleva los síntomas de la extemporaneidad de las hogueras. Puesta en el mercado en marzo de 2003, la novela de Brown anduvo desde un inicio con paso firme y ha vendido ya 40 millones de ejemplares, a los que seguramente se sumarán otros varios millones con el estreno de la esperadísima adaptación cinematográfica. De poco han valido los desprecios y los ataques de los sectores fundamentalistas de la Iglesia Católica (y de grupos recalcitrantes en otras iglesias de la religión cristiana), que han prevenido sobre las herejías contenidas en el libro y, por ende, en la película.
Tampoco han valido de mucho los denuestos y críticas al trabajo de investigación de National Geographic en la difusión del Evangelio de Judas: el “daño” o el “beneficio” –según sea visto- ya están hechos. El problema, como dicen varias voces tanto creyentes como no creyentes, es que se generan más incertidumbres que bases para una relectura crítica y razonada de la religión cristiana.
En 2003, coincidiendo con la aparición del libro de Brown, la historiadora inglesa Lynn Picknett publicó su libro María Magdalena: la diosa prohibida del cristianismo, un extenso, bien documentado y a ratos brillante trabajo sobre la posible identidad de la enigmática compañera (¿de vida, de fe, de enseñanzas?) de Jesús. A diferencia de la novela de Brown, el trabajo de Picknett no tuvo mayor difusión y se restringió al campo de los interesados en la llamada historia alterna o alternativa, lo que en buena medida revela los límites y las carencias de El Código Da Vinci.
En efecto, el libro de Brown es en realidad un trabajo comercial, pensado por el novelista y su editor, Jason Kaufmann, en la mesa de ejecutivos de la Doubleday –subsidiaria de la poderosísima transnacional de ediciones Random House-, y no en el escritorio del autor o en la sala de la biblioteca pública. El Código Da Vinci es ante todo un logrado producto comercial, catapultado por una eficaz campaña mediática que incluyó un tiraje inicial de 300 000 ejemplares y 10 000 ejemplares de cortesía que se obsequiaron entre periodistas, críticos literarios, distribuidores y libreros, documentales televisivos y una cantidad impresionante de entrevistas y reportajes dedicados al escritor. Pero también otros dos factores contribuyeron y contribuyen al éxito de la novela.
Por una parte la novela se ha beneficiado de los escándalos por pederastia, corrupción económica, intolerancia social, pedofilia e injerencia en política en que se han visto envueltas las diversas iglesias cristianas. Por otra parte, la aparición de sectas y la necesidad de una renovación crítica y razonada de los dogmas cristianos para ajustarse a las nuevas corrientes del pensamiento y de las actividades humanas. Ambos factores se han conjugado para permitir la fluencia libre de ideas (no siempre originales o sustentables) contrarias a los dogmas eclesiásticos. Significativamente, Brown y sus editores no han aprovechado debidamente ninguno de estos factores y se han dedicado a la mera explotación del libro –y ahora de la película– en tanto fenómeno de ventas, lo que habla de la caducidad del mismo.
Más profunda y más inteligente ha sido la labor de Nat Geo en la promoción del Evangelio de Judas, haciendo hincapié en la necesidad y el derecho histórico de conocer otras versiones del cristianismo y en el cuestionamiento a los cánones establecidos por la Iglesia Católica, refrendados por las otras iglesias cristianas que nunca han hecho un rescate o una revisión crítica de los textos desdeñados o prohibidos por los padres de la iglesia. El rescate y el estudio de documentos tan valiosos como los Rollos del Mar Muerto, los Manuscritos de Nag Hammadi y ahora el Evangelio de Judas han corrido a cargo de estudiosos no precisamente vinculados a las iglesias cristianas, las que han preferido continuar la difusión de dogmas que resultan cada vez más estrictos y fuera de lugar en las sociedades contemporáneas. No deja de ser al menos paradójico que mientras los líderes políticos se solazan atacando a los fundamentalistas del mundo islámico, los religiosos cristianos se revelan fundamentalistas al rechazar con auténtica furia a todo aquel que critica sus cánones, su idea de la “religión verdadera”.
Si para algo debe servir el escándalo de El Código… o la “vindicación” de Judas Iscariote es para crear un clima propicio para la polémica inteligente, para la aportación de ideas, de juicios de valor, de confrontación, de rescate de las otras corrientes del pensamiento cristiano, más allá de los dogmas establecidos por el obispo San Ireneo de Lyon.
La crisis de nuestra era se manifiesta por la preeminencia de los extremismos: entre los que añoran el regreso de la hoguera, la pera oral o la silla de clavos y la de quienes sueñan con la emergencia del reino de la irresponsabilidad moral y el libertinaje, se pierde bastante del avance real de las ideas. Si Jesús, el Cristo, hubiera sido en verdad esposo de María la Magdaleniense, ¿esto implicaría que debemos entregarnos a la indolencia moral y a la deshonestidad y la deslealtad? Si en cambio esto no fuera más que una especulación desafortunada, ¿esto justificaría que deben desollarse, descoyuntarse o sepultar en mazmorras infectadas a los que así hayan pensado? ¿No sería más interesante el intercambio, la confrontación, la comprensión de las ideas? En todo caso, aunque no se llegara a algún consenso satisfactorio para todas las partes, sería mejor eso que acabar en la soledad espiritual o en la cuna de Judas.