Opinión

La pelea del siglo


Fue el día que Mayorga perdió con Tito Trinidad. Mucha gente lo estaba celebrando con gritos de rencor contra Mayorga a la puerta de sus casas. Todavía no se había dado el campanazo final, y aunque todo el mundo sabía cómo iba a terminar aquel espectáculo sórdido, aún las miradas se aferraban a todos a los monitores de las casas y de las cantinas en espera de cualquier cosa. La calle principal de La Fuente estaba vacía a esas horas.
Debían de faltar diez minutos para el fin de la pelea. Yo lo vi mientras tanto irse cuidadosamente en dirección al Huembes, al principio escorado hacia el borde de la acera, como si al contacto con el asfalto le asaltara una memoria peligrosa. Pero luego, con aquello de que no pasaban luces suicidas, ni le tocaban el claxon, ni le gritaban, agarró confianza y se fue adueñando de aquel espacio limpio. Poco a poco fue ocupando el centro. De lejos parecía llevar un paso cadencioso, pero al doblar cerca de él, sin asustarlo, aquel caballo en realidad era un puro temblor, bajaba con los pasos de un enfermo con miedo a resbalarse. Parecía que lo acababan de empapar con un balde de agua helada, como para espantarlo, como si su figura esquelética tuviera algo inquietante. El pobre animal traía el susto en los ojos, un miedo muy viejo que sólo las miradas de estos equinos pueden transmitir, unos ojos abiertos y enormes, llenos de miedo y vida, que parecían contradecir a gritos la posible muerte que se disputaba el resto del cuerpo, sobreviviente no por mucho más tiempo. Sólo hueso y piel sobre el asfalto.
Suponer lo que había sido no era difícil. Seguramente un caballo de carretón, que había cargado todo y más de lo que pudiera empujar desde el Huembes o el Oriental por esa carretera que ahora bajaba como en un itinerario aprendido a golpes. Si la imaginación fuera a más, alguno hasta podría recordar haberlo visto entre el sudor y el polvo, pero animado por miles de gargantas en el Estadio Nacional llegando él primero a la meta de las carreras del Ben-Hur, ese invento incomprensible y cruel de Pedro Solórzano. Pero todo eso era mucho suponer al verlo así, desarmado, apenas una sombra en lo oscuro, abandonado, tratando de encontrar por instinto la salida de La Fuente a esas horas en que los mercados estaban cerrados.
Acabó el último asalto de la pelea, que muchos tildaron exageradamente como la del siglo. Los gritos contra Mayorga se oían ahora con más fuerza porque la gente empezaba ya a salir a las calles. Todo lo que había dicho el boxeador días antes, todo lo que había ocurrido (la acusación de violación, las carreras ilegales) habían puesto a su país en su contra. Fue la pelea del morbo, cuando los seguidores de él estuvieron en su contra desde el principio. El morbo era saber si a pesar de todo, ganaba.
Creo que en el fondo, Mayorga debe percibir, mientras pasea en su deportivo, que hay algo del estilo que él lleva en muchos jóvenes nuestros, no sólo de Nicaragua sino de la América Latina, en los Estados Unidos. Su dinero rápido, derrochado a montones, apurando simplemente la vida lo antes posible, y usando las armas de una violencia simple verbal y física contra lo que se le interponga para mal o para bien. Mayorga pasea un poco de todos nosotros, una parte que nos sale en él.
Esa noche, Mayorga se peleó con Tito en las calles de La Fuente. Sucedió rápido, de la entrada hacia el sur, por donde sube a tres córdobas y a riesgo de muerte la 262. Un grupo los rodeó a voces, y no pasaron cinco minutos sin que las apuestas de a peso empezaran a llover. Los dos habían discutido por algo, pero al calor del ron, aquella discusión les trasladó al Madison Square Garden en un segundo por arte de magia. Se quitaron las camisas, y la bulla de los que le rodeaban le dieron ánimos. Podrían tener 20 años, pero parecían de 40. Trataron de imitar los gestos, los desplantes y las defensas que acababan de ver hacer a Tito y Mayorga sobre el ring. Los golpes eran fallidos, la mayoría, pero los que acertaban se lograban oír, carne y hueso, más allá del círculo de los apostadores. Violencia de rencores, alcohol, despecho, viejas deudas con los recuerdos, era una noche de las desesperaciones. Dándonos de golpes contra nosotros mismos. La primera sangre empezó a verse, la primera caída, los gritos aún más agudos. Menos mal que al que estaba en el suelo le dio vuelta todo. Sabía que sus puños no volverían a encontrar a su oponente en aquellas condiciones. Estaba vencido. Cuando se recuperó un poco, despreció la ayuda y se fue de allí lleno de furia, mientras los otros en son de burla subían en hombros al ganador.
No puede dejar de verlo irse calle abajo. A veces parecía escorarse como si fuera a caerse de costado, pero volvía sobre sí en carrera. No le tomó mucho tiempo llegar a la altura del caballo que embocaba la salida de La Fuente. Se topó con su sombra como de sorpresa. El caballo lo miró con su espanto, y éste creyó que le atacaba, y para apartarlo de sí, ensayó el golpe que le hubiese gustado dar en la pelea perdida, y descargó la fuerza de su derrota sobre el lomo del pobre animal que recibió aquello como el golpe de gracia. Con un grito de dolor casi humano, se terminó desparramando sobre el asfalto cuando apenas le quedaba un trote para salir de allí. El boxeador, tomado y perdedor, se fue rápido, con algún dolor en el puño, sin mirar atrás. Algunas personas se acercaron en silencio para observar si el lomo del animal se movía, por si aún respiraba. No le quedaba fuerza.
Hoy recordé todo aquello, porque en noches como la de hoy, uno tiene una sensación parecida al dolor de los golpes de los puños cerrados. Y parece que en la televisión y en las aceras, se apuesta en parte sobre los huesos y la piel nuestra, y la de esta tierra que se quiere y se sufre de la misma manera.

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