Opinión

A cuatro bandas vence Nicaragua


En medio de los dimes y diretes de los preparativos electorales, de las caras viejas y las nuevas que se perfilan en el horizonte de nuestro futuro, los nicaragüenses haríamos bien en no perder de vista lo que García Márquez llamaba “el nudo de nuestra soledad”, es decir, el dramático estado de pobreza y disfuncionalidad de nuestro país.
Con casi 50% de nuestra población subsistiendo bajo la línea de pobreza, con los indicadores de desarrollo humano más bajos de América Latina (sólo Haití está por debajo de nosotros), con crisis energética, de transporte, de salud; con una democracia estancada por instituciones débiles y partidarizadas, tenemos en nuestras manos una nación agonizante; un país desangrado y desesperanzado cuyo principal capital: su gente está emigrando en masa ante la falta de perspectivas. Ni los gobiernos desde arriba o desde abajo de Daniel Ortega; ni los gobiernos liberales de 1996 hasta nuestros días han demostrado ser capaces de solucionar nuestros problemas. Igual que en muchos otros países de América Latina, los llamados “partidos fuertes” han fracasado. El mismo peso de su estructura partidaria burocratizada, el sistema de prebendas y clientelismo con que conservan la lealtad de quienes los apoyan, la tozudez de líderes que, a pesar de su obvio desgaste, se consideran “indispensables” ha hecho que estos partidos sólo puedan ofrecerle a sus pueblos más de lo mismo: grandes aparatos partidarios, cuyo objetivo fundamental para ser electos presidentes no es el buen gobierno, sino la sobrevivencia de sus costosos y maleados aparatos de poder.
Considerando el desastre que ha significado para los nicaragüenses el binomio del sandinismo arcaico y del liberalismo corrupto es necesario que no caigamos en la trampa de considerar estas elecciones como otro ejercicio de “todos contra Daniel Ortega”. El discurso enarbolado por el embajador de Estados Unidos, Paul Trivelli, de que es necesario que se unan las “fuerzas democráticas”, bajo el supuesto de que con los liberales divididos Ortega podría volver a gobernar Nicaragua, es un discurso miope que pretende mantenernos para siempre dentro del círculo vicioso del miedo, del dicho aquel de “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Si eso funciona para los intereses de los Estados Unidos, para nosotros, habitantes de este país, es una receta triste y nefasta, que nos condena a tener como presidente a cualquiera que los Estados Unidos pueda llamar, como llamó Roosevelt a Somoza: “nuestro hijo de puta”.
Contrario a todo ese discurso que llama a la unidad contra el sandinismo arcaico de Ortega, hay que considerar la oportunidad extraordinaria que representa para nuestro país el que en estas elecciones de 2006, los nicaragüenses podamos optar por nuevas alternativas. Para enfrentar a los caudillos y a estos partidos “fuertes” de nuestra desgracia, la consigna más adecuada es aquella de “divide y vencerás”. Claro que no vencerán los gringos, ni los caudillos --por eso sus ataques y su meter miedo a quienes favorecemos la idea de las cuatro bandas--, los que venceremos seremos los nicaragüenses.
El surgimiento de fuerzas nuevas, al contrario de como lo analizan personajes interesados de nuestra política que achacan todo lo que no les conviene a fuerzas externas, era de esperarse. Suele suceder en la historia política de los pueblos, cuando los partidos fuertes se vuelven autocráticos y traicionan sus principios. Quienes disienten del rumbo torcido se desprenden de estas manzanas podridas y buscan cómo recuperar la salud del árbol originario. Es así y no de otra forma que surgen las dos nuevas alianzas que se perfilan como favoritas en estas elecciones: la Alianza MRS, del sandinismo moderno, con Herty Lewites a la cabeza y la alianza ALN-PC liderada por Eduardo Montealegre. Ninguna de ellas es santo de la devoción de la embajada americana. Al contrario, altera el juego conocido que han jugado dentro del bipartidismo que los EU sí favorecen.
Ambos partidos nuevos se han definido a partir de su oposición al contubernio político Alemán-Ortega, que tanto daño ha causado a nuestras instituciones y a nuestro país. Ambos partidos han demostrado su independencia ampliamente. Su existencia y su resistencia a las presiones y ataques de los “partidos fuertes” es un viento novedoso y esperanzador en nuestro panorama político viciado y oscuro. La elección a cuatro bandas constituye una apertura del juego democrático, que es de enorme trascendencia para la vida cívica del país. Que haya quienes lo consideren un “problema” y no vean el efecto sano de que los nicaragüenses tengamos más opciones obedece a un fatalismo que niega al pueblo nicaragüense su capacidad de decidir y que se deja guiar, no por lo que le conviene al país, sino únicamente por su miedo al retorno al poder de Daniel Ortega.
Y, sin embargo, que la opción a cuatro bandas aumente las posibilidades de que Daniel Ortega salga electo es una falacia. Pues, si se piensa que el voto liberal se dividirá, no podemos olvidar que también el voto independiente, sandinista o no, tiene la opción que representa Herty Lewites. De hecho, en el escenario planteado, apuntalar la opción de Herty viene a ser la vía segura para debilitar el otro caudillismo y garantizar que ni el designado de Alemán ni Ortega retornen al poder en Nicaragua.
Con un programa de justicia social, de un sandinismo moderado, democrático, moderno, que se inserta dentro de los aires de cambio que han venido llevando al poder en América Latina a otros gobiernos salidos de la izquierda, Herty Lewites representa en Nicaragua, la alternativa que ha llevado a Lula, a Tabaré Vásquez, a Kischner y a Michele Bachelet a gobernar en Latinoamérica. Herty Lewites es, además, una de las pocas personas en Nicaragua que, en sus funciones públicas, ha dejado un récord incuestionable de eficiencia y buen uso de los recursos disponibles. Su lema en la Alcaldía: Soluciones, no confrontaciones representa el tipo de política pragmática y respetuosa que fue su sello como edil de la ciudad.
Los nicaragüenses tenemos, pues, cualquiera sea nuestra tendencia política, una oportunidad cívica en estas elecciones, que no admite desperdicio. En una elección a cuatro bandas podemos VOTAR DIFERENTE, no votar por lo malo conocido, sino darle a nuestro futuro la oportunidad de lo bueno por conocer.
El voto a cuatro bandas, entonces, significará el DEBILITAMIENTO sustantivo de las opciones de los caudillos, la derrota de éstos y una asamblea multipartidaria donde no puedan darse ya más los contubernios espurios para alterar la constitución y mal gobernar el país.
Derrotar las opciones que representan el pasado está en nuestras manos. Dividiendo el poder que los caudillos consideran absoluto, venceremos.